EL SILENCIO DUERME
-Mamá, llámame para lo que sea, ¿vale?
-Mamá, pon la alarma. No se te olvide.
-No os preocupéis, hijos.
Marcharos ya, los niños llevan todo el día sin vosotros.
escuchó cerrar la puerta y suspiró tranquila.
Estaba demasiado mareada para estar con gente, necesitaba estar sola y en silencio.
Los últimos días habían sido largos y angustiosos; todos estaban cansados, necesitaban recuperar sus vidas y aprender a caminar… sola.
Cerró la puerta con llave, dio la alarma, gestos cotidianos, nada novedosos aunque sí el ruido de sus pasos por el pasillo.
Entró en el baño y lo primero que hizo fue mirarse al espejo.
No conocía a la mujer que allí veía. Demacrada, pálida, ojerosa, los ojos sin vida y unos surcos en la frente y en la comisura de los labios, profundos.
Pensó que debía ser ella, lo que pasaba es que hacía mucho tiempo que no se miraba.
Había vivido mecánicamente, entregada a Ramón que se había olvidado de ella misma.
Se lavó la cara con agua fresca, se puso el camisón colgado detrás de la puerta y apagó la luz.
Fue a dirigirse hacia su dormitorio, pero a medio camino cambió de opinión y se fue a la habitación de Álvaro.
Siempre la había parecido una estancia luminosa, alegre y decorada con buen gusto.
No cambió de ella ni un ápice a pesar de que ya Álvaro no viviera allí.
Se acostó; las sábanas estaban frías y lo agradeció.
No cerró los ojos, no podía dormir.
Estaba tan agotada que el propio cansancio la mantenía en alerta.
Escuchó los ruidos de la casa, vio las sombras de las luces de otras ventanas hasta que en una hora imprecisa se durmió.
Le despertó el sonido del teléfono; no sabía ni dónde estaba, no reconocía nada.
Se levantó despacio y justo cuando alcanzó el teléfono, éste dejó de sonar, hecho que la molestó sobremanera, pero pronto cambió de sensaciones.
El día estaba lluvioso, muy gris como a ella le gustaban; le recordaba mucho a su Galicia natal y no comprendía que a la gente ese tipo de días les molestara…
“Eran tan hermosos y decadentes”, pensó mientras el teléfono volvía a sonar.
-Diga…
-Mamá, soy Paula.
-Buenos días, hija ¿Qué hora es?
-Las doce, mamá. Me tenías preocupada, te he llamado varias veces.
¿A qué hora te paso a buscar para ir a votar?
-¿Qué día es hoy?
-Domingo, mamá y hay que ir a votar a Ignacio.
Cuando colgó recordaba todo. No la apetecía salir, ni ver a nadie, ni siquiera votar y menos encontrar a conocidos y aguantar condolencias.
Pero ella era educada, dócil, amante de sus hijos, de la familia, no les podía dar esquinazo.
Abrió el armario, sacó una camisa blanca, un pantalón negro y, del joyero, el collar de perlas.
Pronto estuvo preparada y con ganas de huir de aquella casa.
De repente todo la recordaba a Ramón y no podía aguantar tanta memoria, tantos años, tanto de todo…
Lo más desagradable no fue tener que ir a votar sino que las casualidades son a veces escabrosas.
No había mirado hacia ninguna parte, Paula la llevaba casi en vuelo, hasta le dio los sobres preparados.
Lo triste es que cuando les llegó la vez, una voz demasiado conocida, le pidió el DNI.
Sintió como si el tiempo se parara y retrocediera diez años atrás.
La voz volvió a repetir la solicitud. Carmen, abrió el bolso y sacó el DNI.
Antes de entregarlo miró la fecha de nacimiento y mentalmente calculó los años que tenía.
Cincuenta y cuatro, cifra que repitió mentalmente varias veces y se dijo”Carmen qué joven eres y cuánto de sí se ha dado la vida… Claro, recuerda que te casaste con dieciocho ¡Qué barbaridad! Si eras una cría y Ramón,
¿cuántos años te llevaba? Quince, y treinta y seis años de casados… ¡Qué horror, cuántos!...
Y cuatro hijos, Carmen. Ignacio, Álvaro, Teresa y Paula…
-Mamá, entrega el DNI
-Ay, sí, perdón, y ahí es cuando Carmen levantó la vista y clavó los ojos en aquella mujer que estiraba la mano.
Vio la sortija de brillantes, aquella que Carmen pensó que era un regalo sorpresa para ella y sin embargo…
Marisa se conservaba bien, es más, y eso le dolió más que reconocer que esa mujer estaba estupenda, es que cuando la miró sin decir palabra pero diciendo todo, vio que no había dolor en aquella mujer, ni rastro de insomnio, ni ojos inflamados de llanto ¡Qué va! Estaba tan fresca.
Paula no sabía nada de aquella mujer, bueno, no sabía nada de su padre.
Para sus hijos, Ramón fue el padre perfecto… Y así seguiría, pensó Carmen.
Remover la mierda nunca fue lo suyo… Pero realmente, ¿qué era lo suyo? Carmen movió la cabeza.
Ella no fue nadie para sí misma, sin embargo para los demás fue una mujer dulce, enamorada, disciplinada, excelente ama de casa… Pero,
¿acaso eso le importaba? Pues no. Hizo lo que se esperaba de ella, nada más.
Paula tendió dos sobres a su madre: uno sepia y otro blanco. Carmen fue a cogerlos cuando se preguntó por qué estaba votando al PSOE…
“¿Acaso, Carmen comulgas con las ideas de ese partido? Pues no… Entonces ¿para qué les votas? Ignacio es el tercero en la lista para diputado… Vale, vótalo y a las Cortes generales vota a quién te dé la gana…”
-Perdón, perdón, es que me acabo de dar cuenta que no he metido bien las papeletas- no dio tiempo a más, Carmen salio huyendo ante la cara atónita de su hija Paula y la sonrisa gélida de Marisa.
Carmen, refugiada entre unas cortinas, trataba de pensar… “Vota a PU, por un mundo más justo. No sé quienes son, pero su nombre me gusta…”
Volvió por donde había venido y con una sonrisa amplia dijo “Ya estoy preparada” Después cogió del brazo a Paula con fuerza y salieron a la calle.
No dejó subir a Paula a casa, con carantoñas la forzó a irse.
Cuando abrió la puerta su gesto era de determinación, algo le impulsaba a tomar esa actitud.
Se puso un Martín, encendió un cigarrillo y comenzó a llamar uno a uno a sus hijos y por último a su cuñada Fátima, hermana de Ramón.
-Fátima, querida. Mañana vienes los chicos a llevarse lo que quieran de su padre.
Pásate pasado mañana por si te quieres llevar también un recuerdo de tu hermano- no la dejó reaccionar, tampoco dejó a sus hijos preguntar; simplemente les dio una orden.
Cuando terminó, se fue primero al despacho de Ramón y comenzó a sacar todos sus enseres; desde una pluma de oro hasta su bloc de notas.
Éste último se abrió sin querer por el día veintitrés de noviembre. Es decir, tres días después.
Miró la anotación con la letra inconfundible de su marido y ponía: cumpleaños de Marisa.
Recoger regalo en joyería… “Será cabrón, pensó Carmen” Al lado de la anotación estaba el resguardo de la joyería Zúñiga.
Rápidamente olvidó la nota y se dirigió al dormitorio de matrimonio.
Con la misma determinación, vació el armario de su marido y todos los cajones.
Con cuidado lo llevó todo al salón y ordenándolo con esquito esmero, quitó las fotos de Ramón y cerró la puerta.
Se tomó un vaso de leche con una pastilla de Zolpidem y se acostó.
Oyó reiteradamente sonar el teléfono pero no hizo amago de descolgar.
Cuando despertó, eran las ocho y diez de la mañana del día siguiente.
Se puso un café bien cargado y se sentó en la terraza. Era una mañana hermosa, el cielo gris brotando nubes de algodón empapadas de agua contrastaba con el verdor de sus plantas.
No parecía otoño, pero Carmen tampoco semejaba a una mujer que había enterrado a su esposo tres días atrás aunque algo le hacía presagiar que estaba en el preludio de una nueva vida.
Había guardado durante años sus pequeños dramas secretos, ya era el momento de incinerarlos como a Ramón.
La falta de tiempo para ella misma había matado sus horas; no era tarde para empezar a vivir en armonía consigo misma.
Sus hijos la necesitaban, se es madre hasta que una se muere, pensó, pero ellos tenían sus vidas.
Carmen había cumplido con lo que se esperaba de ella. Sin duda pasarían algunos meses hasta que la herencia de Ramón quedara como él quería; ella aguardaría… y después comenzaría su vuelo.
Cuando terminó el café, se arregló y se fue directamente a la joyería con el resguardo que encontró en el bloc de notas de Ramón.
La dependienta, una vez transmitido el pésame, le entregó dos pequeños paquetes indicándola que su difunto esposo ya los había pagado.
No preguntó lo qué era, no la interesaba; ya no.
La hora de comer llegó rápida. Antes de ir a casa, Carmen entró en el Corte Inglés y compró comida preparada.
Al llegar, preparó una bonita mesa con pequeños bouquets de margaritas blancas tal como le gustaba a Ramón…
“Todo por mis hijos” se dijo Carmen.
A las dos en punto sus cuatro hijos estaban en casa; sus caras de preocupación lo decían todo.
Carmen no pudo reprimir una sonrisa de ternura al observarlos, para ella seguían siendo sus polluelos, siempre sería así.
-No pasa nada, hijos. Simplemente me apetecía estar a solas con vosotros y dejaros tranquilos al saber que estoy bien y daros algunas cosas de papá.
Álvaro e Ignacio, id a salón y coged lo que queráis de papá… Ah, os he puesto un par de fotos también de papá por si os las queréis llevar.
Y para vosotras, papá tenía dos encargos en la joyería. No sé lo qué es, así que escoged cada una un paquete.
Fue una comida maravillosa, hasta hubo risas recordando anécdotas de Ramón, vivencias divertidas…
Sí, sin duda sus hijos habían tenido una infancia feliz, no les había faltado el cariño de sus padres ni su apoyo y calor.
El resto, pensó Carmen, no vale nada… nada.
A las cuatro de la tarde sus hijos salieron pitando hacia sus trabajos.
Teresa se hizo la remolona y se quedó la última. Estrecho con todas sus fuerzas a su madre y le dijo:
-Mamá, gracias por ser como eres y guardar los secretos de papá.
Tu silencio ha dormido el tiempo necesario. Ahora vive, mamá… Todos te queremos muchísimo.
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miércoles, 10 de octubre de 2012
EL SILENCIO DUERME
martes, 11 de septiembre de 2012
mi terraza
en mi terraza:
La pequeña casa estaba situada a orillas del mar, con sólo dar un salto estaría en la playa, pero nunca se había atrevido a bajar, se conformaba con observar como las olas iban y venían sin cesar.
Aquella tarde era una más, con la única diferencia de que no dejaba de llover.
Palmira se encontraba en la terraza de su casa, sostenía una taza de té y simplemente miraba la vida pasar.
Antes, aquella playa siempre estaba llena de gente, daba igual que fuese lunes, martes, jueves o domingo, era raro no ver a alguien.
Pero desde hace algún tiempo y desde que había empezado a llover, parecía que todo el mundo se había olvidado de aquél lugar.
A Palmira no le gustaba mucho la compañía, prefería estar sola, se sentía mejor.
Llevaba años deseando que ocurriese algo para que aquella playa se convirtiese en el lugar tranquilo y silencioso donde ella siempre había querido estar.
Y parecía que ahora lo había conseguido.
Era extraño , pensaba Palmira, deseas algo durante mucho tiempo, y cuando lo tienes, ya no lo quieres.
El problema era que llevaba tanto tiempo estando sola y sin hablar con nadie que ya no recordaba como se hacía, y tampoco le quedaban amigos, ni familia, no había ningún vecino a la vista, y desde luego, tampoco podía hablar con desconocidos.
Ya nadie pasaba por allí.
Mientras bebía el último sorbo de té, se imaginaba bajando por las escaleras a la playa.
Constantemente tenía el mismo pensamiento, pero antes de que sus pies diesen el último paso, se daba cuenta de que ya no le quedaba té,
y volvía a la realidad. Tenía unas escaleras que llevaban directamente a la playa, y nunca había sido capaz de bajarlas.
La absurda idea de bajar a hablar con alguien era algo que le obsesionaba de una manera que no llegaba a entender, más aún ahora, pues a pesar de no haber nadie, esa sensación seguía inundando sus pensamientos por mucho que intentase evitarlo.
Y es que a Palmira nunca se le dieron bien las palabras.
Cuando era pequeña lo único que quería era crecer, hacerse mayor lo más rápidamente posible, porque pensaba que así dejaría de sentirse perdida,
como si todo dependiese del tiempo y de nada más.
No era feliz, pero tampoco una persona desgraciada; para eso tendría que haber perdido algo, y nunca había tenido nada suyo.
Volvió a la terraza con más té y a lo lejos divisó a una persona.
Después de tanto tiempo alguien se había atrevido a pasar por allí
¿Significará algo? A lo mejor era una señal.
De pronto tuvo un recuerdo. Se encontraba sentada en su terraza, mirando al mar.
No llovía. Hacía un sol espléndido.
La playa estaba llena, todo el mundo parecía estar distraído, esperando a alguien, todos tenían algo que hacer o algún sitio a donde ir.
La gente reía, pero nadie la miraba. Todos tenían prisa.
Mientras tanto, Palmira permanecía en su silla esperando.
Esperar, esperar y esperar era lo único que sabía hacer.
Esperar a que le ocurriese algo.
Algo como esa persona inmóvil que se encontraba frente a ella mientras sostenía un paraguas bajo la lluvia.
Si, seguro. Esta es la señal pensó.
sábado, 11 de agosto de 2012
mi primer cigarrillo
mi 1er cigarrillo:
Vivimos en un pequeño pueblo donde hay todo lo que hay y no hay más.
Mis padres nos abandonaron el día que yo nací, a sí que tuve que crecer bastante rápido.
Mi amigo fran dice que una noche su padre dijo que iba a comprar tabaco y nunca volvió.
Desde entonces su madre se pasa las noches en la ventana de su habitación esperando a que regrese.
Al principio el se sentaba a su lado para que no se sintiese tan sola, pero a medida que iban pasando los días, las semanas, y los meses, fue entendiendo que aunque su madre estuviese en la habitación de al lado, la sentía más lejos que a su padre, el cual ni siquiera estaba en casa.
Pancho nunca ha hecho nada de eso. En realidad nunca habla de ellos, no tenemos ninguna foto, y lo único que sé es que no se llevaron la casa porque no les entraba en el coche, o eso es lo que dice siempre mi hermano.
Por mi parte todo está bien, la gente se extraña, pero ¿cómo se puede echar de menos algo que nunca se ha conocido?
Lo malo de los lugares pequeños es que todo el mundo se conoce y todo lo que hagas o lo que no hagas, va a ser comentado por los demás.
Aunque no les incumba, aunque no sepan ni la mitad, pero es así.
Es como una especie de tópico que perdurará por los siglos de los siglos sin que nadie pueda hacer nada al respecto.
Me gusta sentarme en los escalones de la plaza y observar como la gente va de aquí para allá.
Entonces, una sensación extraña recorre todo mi cuerpo dejándome los pelos de gallina y el ánimo un poco hundido.
Siempre es lo mismo. Creo que tengo miedo de acabar en este pueblo cuando sea mayor.
No me gusta pensar en el futuro, pero no puedo evitarlo.
Pancho dice que no existe, que lo mejor es vivir en el presente porque la vida da tantas vueltas que los planes te cambian cuando menos te lo esperas.
Entonces, ¿para qué molestarse en hacerlos? Sé que sólo dos personas se han marchado del pueblo, y también sé que ninguno de los dos ha vuelto jamás por aquí.
A lo lejos distinguí la figura de Pancho, le hice un gesto con la mano para que se acercara y se sentó a mi lado.
Sacó uno de sus cigarrillos del bolsillo y lo encendió.
Desde que tengo uso de razón no recordaba a mi hermano sin un cigarrillo en la mano, era como si se hubiesen convertido en una extensión más de su cuerpo.
¿Crees que un día de estos harás como el padre de Toso, te irás a comprar tabaco y ya no volverás más?le dije.
Mi hermano me miró y abrió su cajetilla, Sacó un pitillo y me lo ofreció.
Yo lo cogí con miedo, lo encendí y empecé a fumar.
Notaba perfectamente como el humo entraba por mi boca y bajaba por la garganta.
Al principio tosía un poco, pero a la tercera calada ya me había acostumbrado a su sabor e incluso resultaba agradable.
“¿Te gusta?”- dijo mi hermano-.
Lo dudé un poco pero respondí que si.
Reímos, pues los dos sabíamos que yo mentía, pero ¿acaso a alguien le gusta su primer cigarrillo?
miércoles, 11 de julio de 2012
esto nos separa
esto nos separa:
Aquél día no estaba tranquila.
Mi reloj marcaba las 21:13 para cuando me decidí a salir del portal.
Eché un vistazo rápido a la calle y a lo lejos vi un taxi verde que se acercaba.
Si lo cogía antes del semáforo, podía correr el riesgo de que se pusiese en rojo y me tocase esperar.
En cambio si lo cogía unos metros después, todo sería más rápido.
Pero venía tan deprisa que no tuve tiempo ni de pensar.
Levanté mi mano y paró, paró haciendo que el taxi que venía detrás, el tuyo, tuviese que interrumpir su rumbo y esperar para continuar.
Yo, que ya había puesto en marcha mi imaginación pensando que mi taxi se había parado, y a propósito, justo en el semáforo para que se pusiese en rojo y así tener que esperar.
y que como consecuencia de ello otro taxi se había parado, un taxi con alguien dentro, alguien que podía ser cualquier persona pero que para mí siempre tenía el mismo nombre.
Rápidamente bajé la mirada y me subí en mi taxi. Otra vez me sorprendía pensando en ti.
Una vez dentro decidí seguir imaginando que lo eras, imaginé que me habías visto y le pedías a tu taxista que nos siguiera.
Querías verme Y curiosamente el destino también lo quería porque continuabais detrás en todo momento.
Pero nunca conseguía verte la cara.
Por otro lado también cabía la posibilidad de que no lo fueras, seguramente sería así.
Pero esa noche, a diferencia de todas las demás, necesitaba engañarme.
Mucha gente vive en una película sin querer saberlo, se creen lo que quieren creerse pero en realidad sólo son actores manejados por ellos mismos que permanecen en el anonimato porque les da miedo ser descubiertos.
Se preparan concienzudamente cada papel y si corrigen sus defectos y trabajan bien, pueden llegar a encontrar el papel de sus vidas, ese que les haga por fin dejar de fingir para convertirse en las personas que siempre han querido ser.
Nunca llegué a saber quién iba dentro de ese taxi.
Varias calles después dejasteis de estar detrás para perderos por Madrid.
Pensar que tal vez estamos predestinados y que incluso el mismísimo universo quiere que nos encontrarnos me ayuda a olvidar lo que realmente sé.
Y es que necesito un motivo mucho más grande que tú, o que yo, para creerme que por muchas veces que te equivoques, vas a cambiar.
lunes, 11 de junio de 2012
la investigacion criminal
Leo en Las benévolas, de Jonathan Littell, una escena en la que un comando alemán llega a un pueblo de Ucrania, recién ocupado, a efectuar un registro (estamos en la Segunda Guerra Mundial).
Al sonido bronco de las voces en alemán, una mujer embarazada sale corriendo y chillando de una casa, víctima de un ataque de pánico.
Los soldados alemanes, por gesto reflejo, al oír aquellos chillidos se llevan el fusil ante la cara, apuntan y ¡¡pumba!!, dejan a la mujer seca.
Miradas de reproche entre ellos; consternación general.
Pero aún es posible hacer algo, pese a todo: la asesinada está en muy avanzado estado de gestación.
Los soldados del sonderkomando cogen entonces el cadáver, se lo llevan a una casa cercana, lo ponen encima de una mesa y uno que tiene nociones de enfermería consigue practicar una cesárea y extraer al niño.
Pero aparece en aquel momento el jefe del comando.
Abre la puerta de una patada: “¿Qué coño estáis haciendo?”, dice (“¿Haushavenhafen?”, imagino) y tomando al recién nacido de los pies, lo voltea en el aire y lo estampa contra el pico de una estufa.
Luego sale de la cabaña frotándose las manos.
Las benévolas es una obra de ficción.
Es decir, que para su composición, además de todos los documentos que pudiera recopilar, Littell ha tenido que valerse de su imaginación, de su capacidad evocativa, de su memoria y también de algunos elementos tradicionales.
De algo así como el inconsciente colectivo; o la memoria de la especie.
Porque yo este episodio del soldado que entra de repente en la habitación donde se encuentra un niño, lo toma de brazos de su madre, que lo esta amamantado, o de la mesa donde acaba de nacer —de la postura más indefensa, en resumen— y lo mata casi sin mediar palabra contra una pared o contra un mueble, lo he leído en muchísimos libros. Me lo he encontrado en cientos de relatos escritos a todo lo largo de la Historia.
Lo he leído ambientado en nuestra Guerra Civil, y aplicado a ambos bandos (“…llegaron las hordas rojas y, cogiendo al niño…”; “…irrumpieron los fascistas y el que los mandaba agarró al niño de los pies…”).
Lo he leído contra el fondo de la Primera Guerra Mundial, de la Revolución Rusa; aplicado a los sans culottes de la Revolución Francesa, a los familiares de la Inquisición española; y ni te cuento, amigo bloguero, en la Edad Media: ese parecía ser el método preferido en la represión de los cátaros, de los priscilianos, de los arrianos…
El viejo mito, en suma, del soldado que entra de pronto, furioso, en la habitación y mata al inocente niño de un brutal golpe.
Yo creo que el ser humano es bueno y noble por naturaleza.
Lo digo en serio.
Es verdad que hay mucho hijo de puta suelto, sobre todo mucho listo y mucho “espabilao”, pero creo que, por lo general, el ser humano está movido a la compasión y a la ternura con sus semejantes, al menos con los recién nacidos.
El asesinato de tal manera de un niño es algo que se sabe va a impactar sobremanera en quien lee o en quien escucha, que le va a hacer soltar una lágrima o apretar los puños de indignación. Aún digo más: el asesinato tan cruento de un niño, en algún momento de la Historia, ha hecho que se transforme en paradigma del terror, que los hombres, a manera de venganza, lo hayan convertido en inolvidable para siempre y en todas las latitudes.
Ahora bien:
¿se mato alguna vez a un niño así?
Yo, en mi humildad, durante mucho tiempo me dediqué a investigarlo, remontando el curso de la Historia.
Y he aquí que hace años descubrí un episodio, este sí documentado y con testigos ciertos (porque el mito siempre se ha sustentado sobre “alguien me contó”, “se dice que”, “uno lo vio”), que pudo dar origen a la leyenda.
Cuando mataron al emperador Calígula, sus asesinos (gente, por lo demás, sensata, pero enceguecida por la furia) entraron en la cámara imperial y, según coinciden muchos testimonios, tomaron a su pequeña hija de un pie y la empotraron contra una pared.
Aquello, es de imaginar, debió causar un horror inmenso en la gente de entonces, por ser la niña hija de un emperador, por ser quien mandaba a los soldados un tipo tenido por valiente y ecuánime, y por hallarse el ambiente en ebullición con las excentricidades y crueldades del césar.
Aquel crimen, transmitido de boca en boca, debió causar una impresión vivísima.
Un espanto hondo y perdurable.
Un horror eterno.
Al sonido bronco de las voces en alemán, una mujer embarazada sale corriendo y chillando de una casa, víctima de un ataque de pánico.
Los soldados alemanes, por gesto reflejo, al oír aquellos chillidos se llevan el fusil ante la cara, apuntan y ¡¡pumba!!, dejan a la mujer seca.
Miradas de reproche entre ellos; consternación general.
Pero aún es posible hacer algo, pese a todo: la asesinada está en muy avanzado estado de gestación.
Los soldados del sonderkomando cogen entonces el cadáver, se lo llevan a una casa cercana, lo ponen encima de una mesa y uno que tiene nociones de enfermería consigue practicar una cesárea y extraer al niño.
Pero aparece en aquel momento el jefe del comando.
Abre la puerta de una patada: “¿Qué coño estáis haciendo?”, dice (“¿Haushavenhafen?”, imagino) y tomando al recién nacido de los pies, lo voltea en el aire y lo estampa contra el pico de una estufa.
Luego sale de la cabaña frotándose las manos.
Las benévolas es una obra de ficción.
Es decir, que para su composición, además de todos los documentos que pudiera recopilar, Littell ha tenido que valerse de su imaginación, de su capacidad evocativa, de su memoria y también de algunos elementos tradicionales.
De algo así como el inconsciente colectivo; o la memoria de la especie.
Porque yo este episodio del soldado que entra de repente en la habitación donde se encuentra un niño, lo toma de brazos de su madre, que lo esta amamantado, o de la mesa donde acaba de nacer —de la postura más indefensa, en resumen— y lo mata casi sin mediar palabra contra una pared o contra un mueble, lo he leído en muchísimos libros. Me lo he encontrado en cientos de relatos escritos a todo lo largo de la Historia.
Lo he leído ambientado en nuestra Guerra Civil, y aplicado a ambos bandos (“…llegaron las hordas rojas y, cogiendo al niño…”; “…irrumpieron los fascistas y el que los mandaba agarró al niño de los pies…”).
Lo he leído contra el fondo de la Primera Guerra Mundial, de la Revolución Rusa; aplicado a los sans culottes de la Revolución Francesa, a los familiares de la Inquisición española; y ni te cuento, amigo bloguero, en la Edad Media: ese parecía ser el método preferido en la represión de los cátaros, de los priscilianos, de los arrianos…
El viejo mito, en suma, del soldado que entra de pronto, furioso, en la habitación y mata al inocente niño de un brutal golpe.
Yo creo que el ser humano es bueno y noble por naturaleza.
Lo digo en serio.
Es verdad que hay mucho hijo de puta suelto, sobre todo mucho listo y mucho “espabilao”, pero creo que, por lo general, el ser humano está movido a la compasión y a la ternura con sus semejantes, al menos con los recién nacidos.
El asesinato de tal manera de un niño es algo que se sabe va a impactar sobremanera en quien lee o en quien escucha, que le va a hacer soltar una lágrima o apretar los puños de indignación. Aún digo más: el asesinato tan cruento de un niño, en algún momento de la Historia, ha hecho que se transforme en paradigma del terror, que los hombres, a manera de venganza, lo hayan convertido en inolvidable para siempre y en todas las latitudes.
Ahora bien:
¿se mato alguna vez a un niño así?
Yo, en mi humildad, durante mucho tiempo me dediqué a investigarlo, remontando el curso de la Historia.
Y he aquí que hace años descubrí un episodio, este sí documentado y con testigos ciertos (porque el mito siempre se ha sustentado sobre “alguien me contó”, “se dice que”, “uno lo vio”), que pudo dar origen a la leyenda.
Cuando mataron al emperador Calígula, sus asesinos (gente, por lo demás, sensata, pero enceguecida por la furia) entraron en la cámara imperial y, según coinciden muchos testimonios, tomaron a su pequeña hija de un pie y la empotraron contra una pared.
Aquello, es de imaginar, debió causar un horror inmenso en la gente de entonces, por ser la niña hija de un emperador, por ser quien mandaba a los soldados un tipo tenido por valiente y ecuánime, y por hallarse el ambiente en ebullición con las excentricidades y crueldades del césar.
Aquel crimen, transmitido de boca en boca, debió causar una impresión vivísima.
Un espanto hondo y perdurable.
Un horror eterno.
domingo, 11 de marzo de 2012
MAX AUB Y EL COJO
MAX AUB Y EL COJO
– Estamos de cuentos y quiero aprovechar para comentar otro que, desde que lo leí, hace algunos años,
no deja de rondarme de vez en cuando, o de cuando en vez.
Se llama "El cojo" y es de Max Aub, uno de los grandes, realmente grandes escritores españoles.
Está ambientado en la Guerra Civil y cuenta que a un hombre cojo, como indica el titulo (no demasiado afortunado, todo hay que decirlo),
un tipo pobre de toda la vida, la República le concede unas tierras expropiadas a un ricachon.
La guerra avanza, los franquistas cercan el pueblo y el cojo, hasta allí reacio,
se ve obligado a tomar el fúsil con verdadera fe para defender la tierra que le han dado y poder el día de mañana dejársela a sus hijos,
y estos a sus nietos, y que de este modo la familia nunca vuelva a pasar hambre.
El cuento es emotivo y lo parece tanto más porque maneja una verdad sencilla y apela a una justicia simple,
arraigada en la tierra y que parece propia de los viejos tiempos del Dios del Sinaí.
Sin embargo, al poco de leerla, me asaltó la duda.
Frente al cojo que defiende la parcela, está, en persona y también fusil en ristre, aquel ricachon al que le expropiaron y que quiere recuperar su finca.
También a su familia, en algún momento, quizás en el Medievo, le concedió el rey aquellas tierras,
también su tatarabuelo luchó por conservarlas y dejarlas en herencia a sus descendientes,
para que, poco a poco, fueran prosperando.
También a él, si bien se mira, le asiste la razón.
Mucho me temo que acabarán mis días sin que le haya encontrado la solución a este cuento.
Lo más parecido a ella me la ofreció cierto día un compañero del trabajo, exaltado no recuerdo ahora mismo por qué.
“Odio a los ricos”, proclamaba, “odio a los ricos”.
“¿Por qué?”,
le pregunté.
“Porque yo no lo soy”.
– Estamos de cuentos y quiero aprovechar para comentar otro que, desde que lo leí, hace algunos años,
no deja de rondarme de vez en cuando, o de cuando en vez.
Se llama "El cojo" y es de Max Aub, uno de los grandes, realmente grandes escritores españoles.
Está ambientado en la Guerra Civil y cuenta que a un hombre cojo, como indica el titulo (no demasiado afortunado, todo hay que decirlo),
un tipo pobre de toda la vida, la República le concede unas tierras expropiadas a un ricachon.
La guerra avanza, los franquistas cercan el pueblo y el cojo, hasta allí reacio,
se ve obligado a tomar el fúsil con verdadera fe para defender la tierra que le han dado y poder el día de mañana dejársela a sus hijos,
y estos a sus nietos, y que de este modo la familia nunca vuelva a pasar hambre.
El cuento es emotivo y lo parece tanto más porque maneja una verdad sencilla y apela a una justicia simple,
arraigada en la tierra y que parece propia de los viejos tiempos del Dios del Sinaí.
Sin embargo, al poco de leerla, me asaltó la duda.
Frente al cojo que defiende la parcela, está, en persona y también fusil en ristre, aquel ricachon al que le expropiaron y que quiere recuperar su finca.
También a su familia, en algún momento, quizás en el Medievo, le concedió el rey aquellas tierras,
también su tatarabuelo luchó por conservarlas y dejarlas en herencia a sus descendientes,
para que, poco a poco, fueran prosperando.
También a él, si bien se mira, le asiste la razón.
Mucho me temo que acabarán mis días sin que le haya encontrado la solución a este cuento.
Lo más parecido a ella me la ofreció cierto día un compañero del trabajo, exaltado no recuerdo ahora mismo por qué.
“Odio a los ricos”, proclamaba, “odio a los ricos”.
“¿Por qué?”,
le pregunté.
“Porque yo no lo soy”.
miércoles, 11 de enero de 2012
destino o bien casualidad
destino o bien casualidad:
Tengo una amiga que está obsesionada con el número 32.
Lo ve por todas partes. Si mira el reloj son y 32, si abre un libro es la página 32, si sale a la calle y pasa un autobús es el 32, las matrículas de los coches acaban en 32, habla con alguien que tiene 32 años, faltan 32 día para irse a tal sitio, o 32 kilómetros para llegar a tal otro.
Y así con millones de cosas. Es como si el 32 estuviera siempre con ella.
Yo no creo que el 32 la esté persiguiendo, lo que pasa es que por algún motivo ella está obcecada con ese número y ya no ve ninguno más.
A lo largo de su vida se han cruzado en su camino miles de números, pero no les ha prestado atención porque ella sólo quiere ver el 32.
Continuamente pienso en ello y a veces quiero decirle que no significa nada, simplemente es un número como otro cualquiera.
Aunque ella no sé porqué, cree que siempre estaba presente en su vida, y puede ser, pero del mismo modo que pueden estar el 1 el 35 o el 73.
Un día, mientras daba vueltas al asunto, le propuse hacer un pequeño juego que se me había ocurrido: durante una semana, yo iba a elegir un número, que al final decidimos que fuera el 11, y tenía que apuntar en un papel cuantas veces me había encontrado con ese número.
Ella tenía que hacer lo mismo con el 32. Lo que quería demostrarle es que si una persona está siempre pensando en lo mismo, al final lo acaba viendo en todos los sitos.
Pero en realidad, no es más la presencia de ese número en su vida, como lo puede ser cualquier otro.
Mi experimento no funcionó.
Durante esa semana ni me acordaba del número 11, pero cada vez que veía un 32 automáticamente me acordaba de ella.
Entonces ¿puede que realmente tenga razón, tanta que incluso yo también estoy siendo víctima de sus pensamientos?.
No, no puedo rendirme, no quiero, y me niego a creer en el destino.
Me gustan las casualidades, los hechos fortuitos que suceden porque sí y sin que tengan explicación.
¿Por qué nos empeñamos en querer definirlo todo? Con lo bien que sienta vivir el momento y no pensar, sólo actuar.
Antiguamente se creía que el rey tenía origen divino. “Su destino es ser el rey porque así lo manda Dios”, pero nadie podía afirmar con seguridad la existencia de un Dios, ni siquiera hoy en día lo estamos, aunque lo creamos.
A sí que aceptar que el 32 está ahí de una forma especial es como afirmar que nuestro destino está escrito, que alguien lo ha puesto ahí por algo, y que nos envía señales para que sepamos que aún sigue en marcha, que no ha cambiado y sobre todo, que no vamos a poder escapar.
Pero eso hoy en día ya no tendría ningún sentido… ¿O sí?
sábado, 17 de diciembre de 2011
Fue solo una noche pero unica
La última vez que lo vio lo único que el llevaba puesto era su olor, el de ella.
De esto pasaron ya mas de 4 años y su recuerdo seguía intacto en la memoria negandose a partir al país del olvido, ese lugar pacífico donde permanecen las cosas poco importantes; o demasiado como para llevarlas con uno a todos lados.
Fue solo una noche pero unica.
Se encontraron casualmente, si es que la casualidad existe, en un bar cualquiera a medianoche.
Era una noche clara y la brisa era agradable al cuerpo.
Ella llevaba una musculosa blanca que resaltaba sus pequeños dotes femeninos y el largo pelo negro suelto y mal peinado.
No tenia mayores intensiones que tomar un trago e irse a casa y desear que mañana fuese un mejor dia.
Estaba cansada de un trabajo que no le aportaba mas que lo necesario para vivir dia a dia, agotada de discutir por lo que consideraba sus derechos basicos y agobiada de sentir que la ciudad se le habia convertido en un lugar inhospito.
Perdida y dividida entre sus pasiones, que ya no recordaba bien cuales eran, y sus necesidades se pidio una cerveza y luego otra.
Estaba alli hacia ya mas de una hora y no lo vio venir.
No era de esa clase de hombre que con solo mirar se te hierve la sangre.
Simple, demasiado comun y demasiado alto.
"Te puedo invitar una cerveza?"
" mmmm....acabo de tomarme dos.
No respondo por mi si sigo de largo"
" te pido otra entonces" y sonrio
Pero una sonrisa asi no se ve todos los dias y se dejo llevar quien sabe por que instinto.
A la cuarta cerveza ya se sintio mas suelta y el le parecio mas sabio que todos los hombres que habia conocido hasta entonces y se encontro en su casa, en su cama y en sus brazos.
Hasta aca no habia nada nuevo.
Pero la sorpresa fue la de sus piernas cuando se abrieron tiernas a la entrega y disfruto de un roce incomparable que la llevo a lugares no habitados.
Se permitio el placer de la lujuria que uno se permite a veces solamente con un desconocido y no quedo rincon del cuerpo sin tocar ni besos sin destino.
Lo vio mirarla con la mirada fija y tensa mientras la comia entera a carne viva. Relamio sus labios y su vientre muchas veces mas de las posibles mientras cabalgaba por praderas infinitas y tocaba el infinito sin saberlo.
Los senos rigidos se adormecieron luego y la risa vino sola y espontanea como respuesta unica posible a esa magia inigualable de la que no habia sido participe hasta entonces.
El problema fue que se apago la risa cuando se dio cuenta que no iba a olvidarse tan facil de esa noche, de esos toques, de esos ojos.
Y mucho menos aun de esa sonrisa.
Se vistio y partio, como correspondia, sin nombre ni mas datos que una direccion cualquiera a la que no tendria derecho a recurrir.
El se paro sin apuro ni tardanzas a cerrarle la puerta y darle un beso.
Y asi quedo enganchada en una historia que bien podria haber soñado y no vivido, pero al haberla vivido condenada a buscar esos brazos.
De esto pasaron ya mas de 4 años y su recuerdo seguía intacto en la memoria negandose a partir al país del olvido, ese lugar pacífico donde permanecen las cosas poco importantes; o demasiado como para llevarlas con uno a todos lados.
Fue solo una noche pero unica.
Se encontraron casualmente, si es que la casualidad existe, en un bar cualquiera a medianoche.
Era una noche clara y la brisa era agradable al cuerpo.
Ella llevaba una musculosa blanca que resaltaba sus pequeños dotes femeninos y el largo pelo negro suelto y mal peinado.
No tenia mayores intensiones que tomar un trago e irse a casa y desear que mañana fuese un mejor dia.
Estaba cansada de un trabajo que no le aportaba mas que lo necesario para vivir dia a dia, agotada de discutir por lo que consideraba sus derechos basicos y agobiada de sentir que la ciudad se le habia convertido en un lugar inhospito.
Perdida y dividida entre sus pasiones, que ya no recordaba bien cuales eran, y sus necesidades se pidio una cerveza y luego otra.
Estaba alli hacia ya mas de una hora y no lo vio venir.
No era de esa clase de hombre que con solo mirar se te hierve la sangre.
Simple, demasiado comun y demasiado alto.
"Te puedo invitar una cerveza?"
" mmmm....acabo de tomarme dos.
No respondo por mi si sigo de largo"
" te pido otra entonces" y sonrio
Pero una sonrisa asi no se ve todos los dias y se dejo llevar quien sabe por que instinto.
A la cuarta cerveza ya se sintio mas suelta y el le parecio mas sabio que todos los hombres que habia conocido hasta entonces y se encontro en su casa, en su cama y en sus brazos.
Hasta aca no habia nada nuevo.
Pero la sorpresa fue la de sus piernas cuando se abrieron tiernas a la entrega y disfruto de un roce incomparable que la llevo a lugares no habitados.
Se permitio el placer de la lujuria que uno se permite a veces solamente con un desconocido y no quedo rincon del cuerpo sin tocar ni besos sin destino.
Lo vio mirarla con la mirada fija y tensa mientras la comia entera a carne viva. Relamio sus labios y su vientre muchas veces mas de las posibles mientras cabalgaba por praderas infinitas y tocaba el infinito sin saberlo.
Los senos rigidos se adormecieron luego y la risa vino sola y espontanea como respuesta unica posible a esa magia inigualable de la que no habia sido participe hasta entonces.
El problema fue que se apago la risa cuando se dio cuenta que no iba a olvidarse tan facil de esa noche, de esos toques, de esos ojos.
Y mucho menos aun de esa sonrisa.
Se vistio y partio, como correspondia, sin nombre ni mas datos que una direccion cualquiera a la que no tendria derecho a recurrir.
El se paro sin apuro ni tardanzas a cerrarle la puerta y darle un beso.
Y asi quedo enganchada en una historia que bien podria haber soñado y no vivido, pero al haberla vivido condenada a buscar esos brazos.
viernes, 7 de octubre de 2011
sentada en su terraza mirando
Isabel puede pasarse horas sentada en su terraza mirando a la gente pasar.
Ella dice que no se aburre.
Todos los días a las cuatro de la tarde se levanta de su siesta, se prepara un té y se sienta en la misma silla, ubicada en la zona más sur de su casa.
El primer y el tercer domingo de cada mes la familia viene de visita y su hogar se llena de ruidos de nietos y alegría.
Pero aún en estas ocasiones, a las cuatro de la tarde, pide disculpas y se retira a su terraza.
Hace ya años que se acostumbró a su rutina.
“Si mis hijos tienen tantas obligaciones que no pueden cambiar, pues yo también tengo las mías y no las pienso mover”, se confiesa a sí misma.
La idea de establecer los encuentros el primer y el tercer domingo de cada mes se debe, según ellos, a una cuestión puramente logística.
Hubo que explicarla a Isabel qué significaba la logística, puesto que no cuenta con registro alguno de dicho término entre lo que son para ella las habituales profesiones de su época.
Finalmente y luego de largas explicaciones, comprendió que dicho vocablo significa que con el fin de poder cumplir con todas las obligaciones habidas y por haber resulta más conveniente marcar de antemano los términos del contrato familiar y las visitas mínimas necesarias a fin de mantener las relaciones de una manera cómoda. Después de varios intentos frustrados de convencerlos a venir también sin más aviso que unas horas previas para que ella pudiese retocarse el peinado y comprar algunas galletitas y no recibirlos con las manos vacías, decidió ceder.
Qué no hace una madre por sus hijos y más aún por sus nietos.
Pero nunca le gustó la idea de tener que ser parte de las actividades agendadas de sus hijos.
Así que en parte por amor y en parte para devolverles el favor, a las cuatro de la tarde, sin fallas ni pretextos, aún en medio de un almuerzo familiar, una gripe o bajo un rayo, Isabel acude a su cita obligada sin descuido.
La terraza de Isabel es pequeña.
Su piso ornamentado con azulejos de cerámica azul, verde y blanco y un decorado estilo árabe ya está gastado y algunas baldosas rotas.
En la baranda aún se pueden ver restos de pintura que un día supo ser de color verde oscuro y que pide a gritos un retoque.
El óxido amenaza con terminar de cortar los bordes pero nadie más que ellos mismos parecen percatarse.
No hay allí más que una pequeña mesita con base de acero y tablero de vidrio, que conoció mejores épocas y dos sillas haciendo juego sin pintar.
Desde la calle se puede ver la terraza de Isabel con sus elegantes plantas colgantes ofreciendo sus enormes hojas verdes.
En ella abundan los helechos, las mala madre, amor de hombre y bacopas cubiertas con sus pequeñas y tiernas flores blancas.
En una época el amor de hombre se enfermó y no dio hojas, pero con los cuidados intensivos y las bondades de las manos de su dueña fue recuperando de a poco la energía y vitalidad y volvió a dar follaje casi por milagro.
Es que con amor, constancia y paciencia pocas son las cosas que uno no puede mejorar.
Isabel sabe con exactitud cuánta agua necesita cada una de ellas y cuándo están por enfermarse, sabe de sus antojos y sus pretensiones, de sus cortezas y de sus esencias y hasta cuál es su música predilecta para cada ocasión.
Durante las mañanas escuchan la radio con ella y por las tardes se deleitan con Wagner y Tchaikovski.
Son sus amigas y sus confesoras, las más etéreas extremidades de su alma.
Se entienden.
En la esquina del balcón hay un viejo gomero de tres metros de largo que ya ha sido curvado por su propio peso.
Una vez cada dos semanas Isabel limpia una por una las hojas del gomero con trozos de algodón embebido en agua fresca y en cada limpieza se le va un paquete entero y varias horas de arduo trabajo.
Hasta arriba no llega.
Pero Isabel no está sola con las plantas y el gomero.
Además está Manuelita, su gata siamés que se quedo ciega de tanto mirar por el balcón.
Así que como Manuelita no puede ver, ella le cuenta todo lo que ocurre abajo con lujo de detalles.
Hace siete años que están juntas.
La fecha exacta de nacimiento de Manuelita no se sabe.
En realidad no tiene trascendencia puesto que, como toda buena hembra, es de suponer que luego de ver salir sus primeras canas hubiese decidido sacarse algunos años de encima y el número siete es un buen número para una gata.
Manuelita es coqueta y juguetona y en sus mejores épocas se paseaba sugestivamente por las barandas del balcón.
Cuando este aún era de color verde oscuro.
El ronroneo de su cuerpo es el mejor calmante cuando Isabel se siente tensa y le late fuerte el corazón.
Entonces no tiene más que recostarse y Manuelita entiende.
Se sube a su regazo y acaricia el mismo con las piernas brindandole un suave masaje mientras acompaña el movimiento con un delicado y profundo ronroneo.
A los pocos minutos ya Isabel se siente como nueva y le devuelve el favor con un largo cepillado en el pelaje.
Hoy es tercer domingo del mes de Octubre y ya se siente el calorcito en el aire.
La familia debe de estar por llegar en cualquier momento.
Los olores impregnan la casa desde ayer por la tarde, momento en que Isabel comenzó con los preparativos.
Por la mañana fue a la feria y compró todo lo necesario para preparar sopa de cebolla a la crema, ravioles de ricota con salsa blanca y latarta de manzana que es su especialidad.
Si bien la cocina la deja exhausta, no hay forma de convencerla de que ellos vienen a verla a ella y que no hace falta que los reciba siempre con un almuerzo de película.
Ella insiste que así la educaron, así creció y así también quiere morir y que mientras le den las fuerzas no quiere tampoco que nadie traiga nada a su mesa. “Para mí es un placer verlos comer la comida que yo preparo”, contesta orgullosa ante los reclamos y pedidos de abstención de sus hijos, “estoy segura que mis nietos disfrutan de lo que les preparo y ese es para mí el mejor regalo que Dios me puede dar”.
Es que en realidad no hay nadie en el mundo capaz de preparar los platos de la abuela mejor que ella, no solo por el sabor sino también por los colores y los olores que de ellos emanan.
Hoy como siempre se encargó de poner impecablemente el mantel blanco de seda, un centro de mesa cargado de flores frescas, la loza de porcelana de hace 50 años que nadie se explica cómo consigue conservar intacta, los pesados cubiertos de plata, las copas de cristal que recibió de regalo para su quinto aniversario de casada tras suplicarle a Pedro que las comprara en la tienda del gallego Hermenegildo que estiró la pata una noche de lujuria con una mujer que no era la suya, la jarra gruesa de vidrio con agua mineral y la infaltable botella con soda para ella.
En el fondo de la mesa colgado sobre la pared en posición horizontal se halla un enorme espejo que tiene el efecto no solamente de agrandar el ambiente sino que también tiene la capacidad de potenciar los ruidos del salón.
El marco del espejo es de madera rústica y está trabajado a mano meticulosamente con exquisitos relieves y cubierto con laca color bronce. Isabel siempre se sienta espaldas a él porque sabe que si lo tiene en frente no podrá controlarse de la intensión continua de observarse y eso la vuelve torpe y le molesta.
Prefiere ver como su nuera queda atrapada cual Narciso en su propia imagen y al mantenerse ocupada en su reflejo se olvida de hacer esa clase de comentarios que la vuelven loca, como el último vestido que se compró en su último viaje a América, como ella suele decir olvidándose por completo que el país donde reside queda en este mismo continente, sólo que en la dirección contraria a la que hubiese deseado.
Isabel es orgullosa y nunca deja que la ayuden con nada.
A la única que la deja asistir en las nimiedades de los preparativos es a Beatríz, su nieta mayor que acaba de cumplir los doce.
Guarda la esperanza de que aprenda a atender bien una casa y pueda hacer uso de esos conocimientos cuando le haga falta.
Porque según la abuela una mujer debe saber atender a su marido y ocuparse de que nunca falte nada aún cuando quiera hacer carrera, que la casa es el reino y la carrera un espejismo según ella.
Y Beatríz no contesta. No niega ni acepta, sonríe porque quiere a la abuela y a su lado se siente en buenas manos.
Sabe ella a pesar de su corta edad que para éstas cosas no hay una respuesta única y que todavía no hay necesidad de decidir.
Así que se limita a disfrutar y aprender y tratar de aprehender cada gesto, cada detalle.
Si le preguntan a Bea como quien quiere ser cuando sea grande responde sin dudar que como la abuela Isa pero no sabe decir bien porqué.
Lo que Beatríz no sabe es que lo que quisiera tener es su seguridad y esa mezcla exacta de rudeza y ternura que hacen imposible que te enojes con ella.
Beatríz es en cambio tímida y se siente débil.
Pero la abuela sabe que el tiempo hace milagros porque también en su juventud supo ser frágil y llorona.
“Es que al final una se queda sin lagrimas”, le explica cuando Bea le pregunta "abui, como llegaste a ser así tan fuerte?".
"Una llora tanto tanto tanto que se queda seca por un tiempo.
Hasta la próxima lluvia que te moja el pelo y esas gotas que te tocan se hacen lágrimas nuevas.
Y con el tiempo el corazón se cura un poquito y otro y otro y cuando ya no necesitas más de esas lagrimas se las pasas a alguien para que las use", le contesta Isabel.
Antes Beatríz se quedaba a dormir en lo de la abuela y se leían cuentos. Se quedaban despiertas hasta altas horas de la noche hasta que caían las dos profundamente dormidas en la misma cama.
Pero cuando Bea cumplió los diez,
Isabel tuvo serios problemas de espalda y ya no la dejaron venir más.
"Para no cargar a la abuela", le decían, pero ninguna de las dos se quedó muy a gusto con la excusa.
De todas formas encontraban siempre la manera de escabullirse a solas y mantener sus tan gustosas conversaciones de adultas, en las que la abuela le contaba sus secretos y Bea absorbía cada dato como un manjar del cielo.
En unos instantes llegarían todos y comerían en media hora lo que Isabel había preparado durante un día entero.
Luego servirá la torta de manzana y ofrecerá café para todos.
Para ella se preparará un té porque según dice el café le cae mal. Sin embargo cuando le ataca el dolor de cabeza es lo único que se lo quita, un poco de cafeína como remedio que nadie más parece conocer pero tampoco le discuten.
Eso si, el té con cuatro cucharaditas de azúcar para que le endulce la vida un poco más. Nunca hay nada demasiado dulce asegura.
Es por esa misma razón que las tartas y los postres de la abuela son los favoritos de los chicos puesto que siempre agrega el doble de endulzante a lo establecido en las recetas.
Y como siempre, lo mejor quedará para el final.
Para las cuatro de la tarde, cuando ya todos estén tirados en el sillón con la barriga llena y el corazón contento y los más pequeños estén corriendo por los cuartos con los juguetes nuevos que la abuela les compra cada reunión.
Es entonces que Isabel acudirá a su cita pero esta vez acompañada por su nieta.
Beatríz estrenará un vestido nuevo de color pastel como es su costumbre y se sentará en una silla a la sombra del gomero. Isabel arrimará su té a la mesa y Manuelita se ubicará entre sus piernas esperando que le cuente lo que pasa alrededor, ronroneando sin molestar a las visitas.
Y así estarán horas, en silencio o charlando de mujer a mujer.
O simplemente, mirando a la gente pasar.
Ella dice que no se aburre.
Todos los días a las cuatro de la tarde se levanta de su siesta, se prepara un té y se sienta en la misma silla, ubicada en la zona más sur de su casa.
El primer y el tercer domingo de cada mes la familia viene de visita y su hogar se llena de ruidos de nietos y alegría.
Pero aún en estas ocasiones, a las cuatro de la tarde, pide disculpas y se retira a su terraza.
Hace ya años que se acostumbró a su rutina.
“Si mis hijos tienen tantas obligaciones que no pueden cambiar, pues yo también tengo las mías y no las pienso mover”, se confiesa a sí misma.
La idea de establecer los encuentros el primer y el tercer domingo de cada mes se debe, según ellos, a una cuestión puramente logística.
Hubo que explicarla a Isabel qué significaba la logística, puesto que no cuenta con registro alguno de dicho término entre lo que son para ella las habituales profesiones de su época.
Finalmente y luego de largas explicaciones, comprendió que dicho vocablo significa que con el fin de poder cumplir con todas las obligaciones habidas y por haber resulta más conveniente marcar de antemano los términos del contrato familiar y las visitas mínimas necesarias a fin de mantener las relaciones de una manera cómoda. Después de varios intentos frustrados de convencerlos a venir también sin más aviso que unas horas previas para que ella pudiese retocarse el peinado y comprar algunas galletitas y no recibirlos con las manos vacías, decidió ceder.
Qué no hace una madre por sus hijos y más aún por sus nietos.
Pero nunca le gustó la idea de tener que ser parte de las actividades agendadas de sus hijos.
Así que en parte por amor y en parte para devolverles el favor, a las cuatro de la tarde, sin fallas ni pretextos, aún en medio de un almuerzo familiar, una gripe o bajo un rayo, Isabel acude a su cita obligada sin descuido.
La terraza de Isabel es pequeña.
Su piso ornamentado con azulejos de cerámica azul, verde y blanco y un decorado estilo árabe ya está gastado y algunas baldosas rotas.
En la baranda aún se pueden ver restos de pintura que un día supo ser de color verde oscuro y que pide a gritos un retoque.
El óxido amenaza con terminar de cortar los bordes pero nadie más que ellos mismos parecen percatarse.
No hay allí más que una pequeña mesita con base de acero y tablero de vidrio, que conoció mejores épocas y dos sillas haciendo juego sin pintar.
Desde la calle se puede ver la terraza de Isabel con sus elegantes plantas colgantes ofreciendo sus enormes hojas verdes.
En ella abundan los helechos, las mala madre, amor de hombre y bacopas cubiertas con sus pequeñas y tiernas flores blancas.
En una época el amor de hombre se enfermó y no dio hojas, pero con los cuidados intensivos y las bondades de las manos de su dueña fue recuperando de a poco la energía y vitalidad y volvió a dar follaje casi por milagro.
Es que con amor, constancia y paciencia pocas son las cosas que uno no puede mejorar.
Isabel sabe con exactitud cuánta agua necesita cada una de ellas y cuándo están por enfermarse, sabe de sus antojos y sus pretensiones, de sus cortezas y de sus esencias y hasta cuál es su música predilecta para cada ocasión.
Durante las mañanas escuchan la radio con ella y por las tardes se deleitan con Wagner y Tchaikovski.
Son sus amigas y sus confesoras, las más etéreas extremidades de su alma.
Se entienden.
En la esquina del balcón hay un viejo gomero de tres metros de largo que ya ha sido curvado por su propio peso.
Una vez cada dos semanas Isabel limpia una por una las hojas del gomero con trozos de algodón embebido en agua fresca y en cada limpieza se le va un paquete entero y varias horas de arduo trabajo.
Hasta arriba no llega.
Pero Isabel no está sola con las plantas y el gomero.
Además está Manuelita, su gata siamés que se quedo ciega de tanto mirar por el balcón.
Así que como Manuelita no puede ver, ella le cuenta todo lo que ocurre abajo con lujo de detalles.
Hace siete años que están juntas.
La fecha exacta de nacimiento de Manuelita no se sabe.
En realidad no tiene trascendencia puesto que, como toda buena hembra, es de suponer que luego de ver salir sus primeras canas hubiese decidido sacarse algunos años de encima y el número siete es un buen número para una gata.
Manuelita es coqueta y juguetona y en sus mejores épocas se paseaba sugestivamente por las barandas del balcón.
Cuando este aún era de color verde oscuro.
El ronroneo de su cuerpo es el mejor calmante cuando Isabel se siente tensa y le late fuerte el corazón.
Entonces no tiene más que recostarse y Manuelita entiende.
Se sube a su regazo y acaricia el mismo con las piernas brindandole un suave masaje mientras acompaña el movimiento con un delicado y profundo ronroneo.
A los pocos minutos ya Isabel se siente como nueva y le devuelve el favor con un largo cepillado en el pelaje.
Hoy es tercer domingo del mes de Octubre y ya se siente el calorcito en el aire.
La familia debe de estar por llegar en cualquier momento.
Los olores impregnan la casa desde ayer por la tarde, momento en que Isabel comenzó con los preparativos.
Por la mañana fue a la feria y compró todo lo necesario para preparar sopa de cebolla a la crema, ravioles de ricota con salsa blanca y latarta de manzana que es su especialidad.
Si bien la cocina la deja exhausta, no hay forma de convencerla de que ellos vienen a verla a ella y que no hace falta que los reciba siempre con un almuerzo de película.
Ella insiste que así la educaron, así creció y así también quiere morir y que mientras le den las fuerzas no quiere tampoco que nadie traiga nada a su mesa. “Para mí es un placer verlos comer la comida que yo preparo”, contesta orgullosa ante los reclamos y pedidos de abstención de sus hijos, “estoy segura que mis nietos disfrutan de lo que les preparo y ese es para mí el mejor regalo que Dios me puede dar”.
Es que en realidad no hay nadie en el mundo capaz de preparar los platos de la abuela mejor que ella, no solo por el sabor sino también por los colores y los olores que de ellos emanan.
Hoy como siempre se encargó de poner impecablemente el mantel blanco de seda, un centro de mesa cargado de flores frescas, la loza de porcelana de hace 50 años que nadie se explica cómo consigue conservar intacta, los pesados cubiertos de plata, las copas de cristal que recibió de regalo para su quinto aniversario de casada tras suplicarle a Pedro que las comprara en la tienda del gallego Hermenegildo que estiró la pata una noche de lujuria con una mujer que no era la suya, la jarra gruesa de vidrio con agua mineral y la infaltable botella con soda para ella.
En el fondo de la mesa colgado sobre la pared en posición horizontal se halla un enorme espejo que tiene el efecto no solamente de agrandar el ambiente sino que también tiene la capacidad de potenciar los ruidos del salón.
El marco del espejo es de madera rústica y está trabajado a mano meticulosamente con exquisitos relieves y cubierto con laca color bronce. Isabel siempre se sienta espaldas a él porque sabe que si lo tiene en frente no podrá controlarse de la intensión continua de observarse y eso la vuelve torpe y le molesta.
Prefiere ver como su nuera queda atrapada cual Narciso en su propia imagen y al mantenerse ocupada en su reflejo se olvida de hacer esa clase de comentarios que la vuelven loca, como el último vestido que se compró en su último viaje a América, como ella suele decir olvidándose por completo que el país donde reside queda en este mismo continente, sólo que en la dirección contraria a la que hubiese deseado.
Isabel es orgullosa y nunca deja que la ayuden con nada.
A la única que la deja asistir en las nimiedades de los preparativos es a Beatríz, su nieta mayor que acaba de cumplir los doce.
Guarda la esperanza de que aprenda a atender bien una casa y pueda hacer uso de esos conocimientos cuando le haga falta.
Porque según la abuela una mujer debe saber atender a su marido y ocuparse de que nunca falte nada aún cuando quiera hacer carrera, que la casa es el reino y la carrera un espejismo según ella.
Y Beatríz no contesta. No niega ni acepta, sonríe porque quiere a la abuela y a su lado se siente en buenas manos.
Sabe ella a pesar de su corta edad que para éstas cosas no hay una respuesta única y que todavía no hay necesidad de decidir.
Así que se limita a disfrutar y aprender y tratar de aprehender cada gesto, cada detalle.
Si le preguntan a Bea como quien quiere ser cuando sea grande responde sin dudar que como la abuela Isa pero no sabe decir bien porqué.
Lo que Beatríz no sabe es que lo que quisiera tener es su seguridad y esa mezcla exacta de rudeza y ternura que hacen imposible que te enojes con ella.
Beatríz es en cambio tímida y se siente débil.
Pero la abuela sabe que el tiempo hace milagros porque también en su juventud supo ser frágil y llorona.
“Es que al final una se queda sin lagrimas”, le explica cuando Bea le pregunta "abui, como llegaste a ser así tan fuerte?".
"Una llora tanto tanto tanto que se queda seca por un tiempo.
Hasta la próxima lluvia que te moja el pelo y esas gotas que te tocan se hacen lágrimas nuevas.
Y con el tiempo el corazón se cura un poquito y otro y otro y cuando ya no necesitas más de esas lagrimas se las pasas a alguien para que las use", le contesta Isabel.
Antes Beatríz se quedaba a dormir en lo de la abuela y se leían cuentos. Se quedaban despiertas hasta altas horas de la noche hasta que caían las dos profundamente dormidas en la misma cama.
Pero cuando Bea cumplió los diez,
Isabel tuvo serios problemas de espalda y ya no la dejaron venir más.
"Para no cargar a la abuela", le decían, pero ninguna de las dos se quedó muy a gusto con la excusa.
De todas formas encontraban siempre la manera de escabullirse a solas y mantener sus tan gustosas conversaciones de adultas, en las que la abuela le contaba sus secretos y Bea absorbía cada dato como un manjar del cielo.
En unos instantes llegarían todos y comerían en media hora lo que Isabel había preparado durante un día entero.
Luego servirá la torta de manzana y ofrecerá café para todos.
Para ella se preparará un té porque según dice el café le cae mal. Sin embargo cuando le ataca el dolor de cabeza es lo único que se lo quita, un poco de cafeína como remedio que nadie más parece conocer pero tampoco le discuten.
Eso si, el té con cuatro cucharaditas de azúcar para que le endulce la vida un poco más. Nunca hay nada demasiado dulce asegura.
Es por esa misma razón que las tartas y los postres de la abuela son los favoritos de los chicos puesto que siempre agrega el doble de endulzante a lo establecido en las recetas.
Y como siempre, lo mejor quedará para el final.
Para las cuatro de la tarde, cuando ya todos estén tirados en el sillón con la barriga llena y el corazón contento y los más pequeños estén corriendo por los cuartos con los juguetes nuevos que la abuela les compra cada reunión.
Es entonces que Isabel acudirá a su cita pero esta vez acompañada por su nieta.
Beatríz estrenará un vestido nuevo de color pastel como es su costumbre y se sentará en una silla a la sombra del gomero. Isabel arrimará su té a la mesa y Manuelita se ubicará entre sus piernas esperando que le cuente lo que pasa alrededor, ronroneando sin molestar a las visitas.
Y así estarán horas, en silencio o charlando de mujer a mujer.
O simplemente, mirando a la gente pasar.
sábado, 17 de septiembre de 2011
robando sueños ajenos
Esta historia es la historia de una mujer que era tan pero tan pero tan pobre que ni sueños tenía.
Ella no sabía lo que era un sueño propio.
Sabe uno sin que se lo expliquen demasiado que los sueños son el alimento del alma y tan necesarios como un plato caliente una vez al día,
un techo más o menos fijo y algo de ropa que nos cubra el cuerpo.
Pero esta mujer, que se llamaba Marta era muy muy muy pobre.
Así que iba por la vida agarrándose de los sueños ajenos pensando que podía hacerlos suyos.
Robó sueños de gente que se descuidó , se llevó de mostradores sueños que ya estaban envueltos para regalo con tarjeta y todo,
pisoteó otros que encontró en su camino y que le parecieron insulsos y despreció a los que quisieron compartir con ella de buena fé.
Y todo eso al final para nada porque no importaba qué fueran ni para qué, no sabía ni siquiera cómo usarlos.
Pero un día pasó algo sorpresivo que cambió el rumbo de las cosas.
Ya cansada de ir tras sueños que no comprendía y de no encontrarles sentido, y además,con una frustración de novela,
salió Marta a despejarse un poco y a caminar sin rumbo.
Caminó y caminó y fue tanto lo que anduvo que llegó a un lugar en el que no había estado nunca.
Llegó al mar. Entonces tocó la arena y se mojó en el agua y se baño desnuda y se sintió hechizada.
Y de golpe se dió cuenta que ya no se sentía pobre.
Porque la pobreza en el caso de Martita era más bien un estado interior, que es la más cruda de todas las pobrezas.
Y se llenó de ganas, de deseo y de coraje y nadó.
Nadó hasta quedar agotada. Se tiró en la arena y se quedó dormida.
Y soñó dormida y soñó después también despierta.
Y se compró una casita chiquitita en la playa y ya nunca más tuvo necesidad de andar por la vida robando sueños ajenos ni pedirlos de prestado.
Ella no sabía lo que era un sueño propio.
Sabe uno sin que se lo expliquen demasiado que los sueños son el alimento del alma y tan necesarios como un plato caliente una vez al día,
un techo más o menos fijo y algo de ropa que nos cubra el cuerpo.
Pero esta mujer, que se llamaba Marta era muy muy muy pobre.
Así que iba por la vida agarrándose de los sueños ajenos pensando que podía hacerlos suyos.
Robó sueños de gente que se descuidó , se llevó de mostradores sueños que ya estaban envueltos para regalo con tarjeta y todo,
pisoteó otros que encontró en su camino y que le parecieron insulsos y despreció a los que quisieron compartir con ella de buena fé.
Y todo eso al final para nada porque no importaba qué fueran ni para qué, no sabía ni siquiera cómo usarlos.
Pero un día pasó algo sorpresivo que cambió el rumbo de las cosas.
Ya cansada de ir tras sueños que no comprendía y de no encontrarles sentido, y además,con una frustración de novela,
salió Marta a despejarse un poco y a caminar sin rumbo.
Caminó y caminó y fue tanto lo que anduvo que llegó a un lugar en el que no había estado nunca.
Llegó al mar. Entonces tocó la arena y se mojó en el agua y se baño desnuda y se sintió hechizada.
Y de golpe se dió cuenta que ya no se sentía pobre.
Porque la pobreza en el caso de Martita era más bien un estado interior, que es la más cruda de todas las pobrezas.
Y se llenó de ganas, de deseo y de coraje y nadó.
Nadó hasta quedar agotada. Se tiró en la arena y se quedó dormida.
Y soñó dormida y soñó después también despierta.
Y se compró una casita chiquitita en la playa y ya nunca más tuvo necesidad de andar por la vida robando sueños ajenos ni pedirlos de prestado.
jueves, 1 de septiembre de 2011
la bolsa negra de cuero
Estaba oscuro adentro de la bolsa negra de cuero pero ella no se daba cuenta.
Leticia estaba encandilada por los brillos que se veían dentro.
Llegó allí totalmente fascinada por los colores falsos de lo que pareció ser el mejor de los tesoros.
El hombre de la bolsa, le mostró uno a uno y estratégicamente sus caudales.
Al principio fue un pequeño anillo de dulzuras y una caja de bombones.
Luego un paseo a la luz de la luna con encajes de estrellitas.
Y más tarde regalos suculentos de cosas a las que ella no podía acceder tan facilmente.
A cambio le pidió la entrega de todo su tiempo y pensamientos.
La exclusividad sin distinciones en todos los aspectos.
Creyó Leticia que sus privaciones valían la pena, encandilada por el aspecto fuerte y seductor de quién parecía ser la perfecta imagen
de lo que toda mujer soñaba.
No vió que caía en una trampa y sin pensarlo dos veces se dejó llevar por la ilusión, por un deseo que se volvió obsesión al poco tiempo.
Sus días eran para esperar un llamado, un pedido, un encuentro.
La transformación fue paulatina pero notoria.
Para todos menos para ella. Y no quiso escuchar y se volvió sorda.
En su mundo no hubo más lugar, espacio ni aire que no fuese para él.
Tonta como una quinceañera sin experiencia quedó también ciega.
Le cubrieron los brillantes falsos la mirada.
La facilidad de conseguir respuestas le cubrieron los sentidos.
Y cayó dentro de aquel saco mareada de esperanzas. Necesitada y torpe.
Los días pasaron y empezó a sentir asfixia, el aire adentro de aquel saco de piedritas de colores no llegaba a sus pulmones y pidió salir pero nadie parecia escuchar su voz debilitada.
Su voz interna que en un principio le quiso avisar del peligro había quedado ronca. Ronca de gritar en vano.
Quiso abrir la bolsa y tomar un poco de aire pero no consiguió abrirla y pensó.
Entonces pensó. Hacía demasiado calor adentro y el aire era pesado y se sentía sin fuerzas.
Se miró las manos flacas de no haber comido varios días y vio que sus uñas estaban tan largas como garras.
Empezó a hacer cortes de a poquito para que él no se diera cuenta.
Sospechó que si su intento de escape era demasiado obvio otra bolsa más gruesa sería al único lugar al que llegaría y actuó con cuidado.
Cuando el agujero fue lo bastante grande como para salir de allí, esperó que el hombre de la bolsa se quedara dormido.
Entonces salió pero no se dio por satisfecha.
Cosió el saco para que quedara entero nuevamente y puso todos los brillantes, los diamantes y demás regalos dentro.
Lo ató entonces al cuello de aquel hombre con siete vueltas de hilo de plata, que no se puede cortar más que con la muerte,
para que sepa de por vida lo que pesan las falsas esperanzas.
Entonces sí salió por la puerta principal de aquella casa que nunca había sido suya, triste pero orgullosa de sí misma,
Jurándose que nunca más en lo que le quedara de vida volvería a reírse frente a alguien que le dijera que los cucos en realidad existen.
Leticia estaba encandilada por los brillos que se veían dentro.
Llegó allí totalmente fascinada por los colores falsos de lo que pareció ser el mejor de los tesoros.
El hombre de la bolsa, le mostró uno a uno y estratégicamente sus caudales.
Al principio fue un pequeño anillo de dulzuras y una caja de bombones.
Luego un paseo a la luz de la luna con encajes de estrellitas.
Y más tarde regalos suculentos de cosas a las que ella no podía acceder tan facilmente.
A cambio le pidió la entrega de todo su tiempo y pensamientos.
La exclusividad sin distinciones en todos los aspectos.
Creyó Leticia que sus privaciones valían la pena, encandilada por el aspecto fuerte y seductor de quién parecía ser la perfecta imagen
de lo que toda mujer soñaba.
No vió que caía en una trampa y sin pensarlo dos veces se dejó llevar por la ilusión, por un deseo que se volvió obsesión al poco tiempo.
Sus días eran para esperar un llamado, un pedido, un encuentro.
La transformación fue paulatina pero notoria.
Para todos menos para ella. Y no quiso escuchar y se volvió sorda.
En su mundo no hubo más lugar, espacio ni aire que no fuese para él.
Tonta como una quinceañera sin experiencia quedó también ciega.
Le cubrieron los brillantes falsos la mirada.
La facilidad de conseguir respuestas le cubrieron los sentidos.
Y cayó dentro de aquel saco mareada de esperanzas. Necesitada y torpe.
Los días pasaron y empezó a sentir asfixia, el aire adentro de aquel saco de piedritas de colores no llegaba a sus pulmones y pidió salir pero nadie parecia escuchar su voz debilitada.
Su voz interna que en un principio le quiso avisar del peligro había quedado ronca. Ronca de gritar en vano.
Quiso abrir la bolsa y tomar un poco de aire pero no consiguió abrirla y pensó.
Entonces pensó. Hacía demasiado calor adentro y el aire era pesado y se sentía sin fuerzas.
Se miró las manos flacas de no haber comido varios días y vio que sus uñas estaban tan largas como garras.
Empezó a hacer cortes de a poquito para que él no se diera cuenta.
Sospechó que si su intento de escape era demasiado obvio otra bolsa más gruesa sería al único lugar al que llegaría y actuó con cuidado.
Cuando el agujero fue lo bastante grande como para salir de allí, esperó que el hombre de la bolsa se quedara dormido.
Entonces salió pero no se dio por satisfecha.
Cosió el saco para que quedara entero nuevamente y puso todos los brillantes, los diamantes y demás regalos dentro.
Lo ató entonces al cuello de aquel hombre con siete vueltas de hilo de plata, que no se puede cortar más que con la muerte,
para que sepa de por vida lo que pesan las falsas esperanzas.
Entonces sí salió por la puerta principal de aquella casa que nunca había sido suya, triste pero orgullosa de sí misma,
Jurándose que nunca más en lo que le quedara de vida volvería a reírse frente a alguien que le dijera que los cucos en realidad existen.
jueves, 11 de agosto de 2011
esa loca que circulava por el barrio
En el barrio Pocitos cuando yo era una infante habían pocas personalidades que hoy recuerde como interesantes pero habían dos que me inquietaban en particular.
Una, era un niño con síndrome de Down que se paseaba a diario sólo por el barrio y nos miraba a todas las niñas con cara de libidinoso y se tocaba la verga al mismo instante.
Otra, era un mujer conocida por todos a la que le atribuíamos simplemente el apodo de "la loca del barrio".
La loca del barrio siempre estaba con zapatos rojos de taco alto.
Pero creo yo que tenía varios pares iguales puesto que siempre estaban relucientes e impecables como nuevos.
En invierno también usaba zapatos rojos de taco.
Cuando llovía también.
Quizás estaba tan ida de lo que eran los principios de la naturaleza, tan más allá del bien y del mal que ni siquiera era capáz de sentir frío.
Su ropa eran una mezcla extraña de colores vívidos y siempre andaba de pollera y con medias de nylon rasgadas.
Había una falda en particular que me gustaba mucho, lo recuerdo bien.
Era una falda larga con varios retazos como las de los dibujos de Sarah Kay de la que yo era fanática y tenía todas las figuritas y repetidas.
Creo que junté y completé unos tres álbumes y todos mis pocos ahorros se iban en ello.
No me acuerdo qué hice al final con tanta pegotina pero aún hoy me siguen emocionando esos dibujos inocentes y amorosos.
Tanto como Mafalda o como la Chacha Mama de Patoruzú.
Llevaba el pelo revuelto como si hubiese salido recién de una escena de amor pasional sin pasar antes por un espejo y los labios siempre embadurnados con un rouge carmesí más ardientes que el fuego mismo.
Toda ella era fuego.
Me daba tanto miedo como curiosidad.
Andaba por la vida cantando y hablando sola.
No sé si consigo misma o con algún ser imaginario o varios.
Y la mirada...la mirada perdida en un mundo al que sólo ella tenía acceso.
Me pregunto cómo serían los pájaros en aquel lugar y si habrían muchas mariposas amarillas.
"La loca" no miraba por dónde iba.
Era un milagro que no muriese atropellada por algún ómnibus.
Yo la miraba cruzar la calzada llena de miedo.
Por ella misma y por mí misma.
No quería ser testigo de tanto rojo esparcido frente a mis ojos ni que mi fuente de inspiración muriese de una forma tan humana.
Me inclinaba más bien a la idea de que un ser tan particular debería tener un final más romántico; como desaparecer o ser secuestrada por extraterrestres.
A veces se la veía en la playa divagando, juntando arena en bolsas.
Qué la llevó a tal estado no lo sabía entonces.
Se decía que copulaba con perros pero nunca la vi acompañada por estos encantadores cuadrúpedos.
Se decía que había sido víctima de una violación grupal que la dejó detenida un un lugar sin tiempo.
Yo le tenía lástima y también a mí misma por ser incapáz de comprender.
Un día, cuando terminé el sexto grado de la escuela primaria y volvía a casa tan sóla como ella me llené de coraje y la miré a los ojos, le sonreí y le dije un tímido "hola".
"La loca" se me quedó mirando totalmente anonadada y se acercó como para acariciarme la cara.
Me inundó el pavor y me alejé a pasos rápidos sin atreverme a no escuchar mis instintos de supervivencia.
Pude sentir su decepcion y me sentí cobarde.
Se dió la vuelta y retomó sus pasos en un tiempo que se me hizo como de cámara lenta, en esos segundo que demoran siglos.
Quise ir tras ella pero mis pies estaban pegados al asfalto y aún así pude escuchar desde dónde me encontraba que se fue cantando una canción de cuna.
Entonces comprendí que lo único quizás que puede dejar a una mujer en tal estado es la pérdida de algo más sagrado.
Y sentí que era yo la que me volvía loca.
De dolor.
Una, era un niño con síndrome de Down que se paseaba a diario sólo por el barrio y nos miraba a todas las niñas con cara de libidinoso y se tocaba la verga al mismo instante.
Otra, era un mujer conocida por todos a la que le atribuíamos simplemente el apodo de "la loca del barrio".
La loca del barrio siempre estaba con zapatos rojos de taco alto.
Pero creo yo que tenía varios pares iguales puesto que siempre estaban relucientes e impecables como nuevos.
En invierno también usaba zapatos rojos de taco.
Cuando llovía también.
Quizás estaba tan ida de lo que eran los principios de la naturaleza, tan más allá del bien y del mal que ni siquiera era capáz de sentir frío.
Su ropa eran una mezcla extraña de colores vívidos y siempre andaba de pollera y con medias de nylon rasgadas.
Había una falda en particular que me gustaba mucho, lo recuerdo bien.
Era una falda larga con varios retazos como las de los dibujos de Sarah Kay de la que yo era fanática y tenía todas las figuritas y repetidas.
Creo que junté y completé unos tres álbumes y todos mis pocos ahorros se iban en ello.
No me acuerdo qué hice al final con tanta pegotina pero aún hoy me siguen emocionando esos dibujos inocentes y amorosos.
Tanto como Mafalda o como la Chacha Mama de Patoruzú.
Llevaba el pelo revuelto como si hubiese salido recién de una escena de amor pasional sin pasar antes por un espejo y los labios siempre embadurnados con un rouge carmesí más ardientes que el fuego mismo.
Toda ella era fuego.
Me daba tanto miedo como curiosidad.
Andaba por la vida cantando y hablando sola.
No sé si consigo misma o con algún ser imaginario o varios.
Y la mirada...la mirada perdida en un mundo al que sólo ella tenía acceso.
Me pregunto cómo serían los pájaros en aquel lugar y si habrían muchas mariposas amarillas.
"La loca" no miraba por dónde iba.
Era un milagro que no muriese atropellada por algún ómnibus.
Yo la miraba cruzar la calzada llena de miedo.
Por ella misma y por mí misma.
No quería ser testigo de tanto rojo esparcido frente a mis ojos ni que mi fuente de inspiración muriese de una forma tan humana.
Me inclinaba más bien a la idea de que un ser tan particular debería tener un final más romántico; como desaparecer o ser secuestrada por extraterrestres.
A veces se la veía en la playa divagando, juntando arena en bolsas.
Qué la llevó a tal estado no lo sabía entonces.
Se decía que copulaba con perros pero nunca la vi acompañada por estos encantadores cuadrúpedos.
Se decía que había sido víctima de una violación grupal que la dejó detenida un un lugar sin tiempo.
Yo le tenía lástima y también a mí misma por ser incapáz de comprender.
Un día, cuando terminé el sexto grado de la escuela primaria y volvía a casa tan sóla como ella me llené de coraje y la miré a los ojos, le sonreí y le dije un tímido "hola".
"La loca" se me quedó mirando totalmente anonadada y se acercó como para acariciarme la cara.
Me inundó el pavor y me alejé a pasos rápidos sin atreverme a no escuchar mis instintos de supervivencia.
Pude sentir su decepcion y me sentí cobarde.
Se dió la vuelta y retomó sus pasos en un tiempo que se me hizo como de cámara lenta, en esos segundo que demoran siglos.
Quise ir tras ella pero mis pies estaban pegados al asfalto y aún así pude escuchar desde dónde me encontraba que se fue cantando una canción de cuna.
Entonces comprendí que lo único quizás que puede dejar a una mujer en tal estado es la pérdida de algo más sagrado.
Y sentí que era yo la que me volvía loca.
De dolor.
viernes, 1 de julio de 2011
ese amor ciego
Yo sabía muy bien lo que hacía cuando me acerqué a la escuela de entrenamiento de perros para ciegos,
lo que no sabía era lo que iba a pasar a raíz de todo esto.
Estuve durante mucho tiempo viendo, reparando, sopesando y calculando los pros y los contras de meterme en tal aventura para al final
decidir que ya era suficiente andar por la vida como si una fórmula matemática me fuese a dar las respuestas exactas a mis preguntas pendientes.
Así que me tiré de cabeza y la sorpresa fue mayor de lo que yo hubiese imaginado nunca.
El entrenamiento exigía de mucha disciplina, constancia, voluntad y amor.
Pero sobre todo, ser capaz de tener presente a cada instante que al año, cuando Dandy estuviese listo,
yo debería entregarlo al que salga sorteado para ser su dueño.
Me enamoré de él al primer olfato, su suave pelaje crema, su sonrisa perruna inmediata, el golpe seguro de su cola y su forma de lamerme la cara
sin pudor ni permiso me hicieron sucumbir de inmediato.
A partir de allí Dandy fue una sombra fiel a cada paso.
Iba conmigo a donde fuera que fuese y lo que fuese que hiciera.
Era parte del trato.
Los amantes de los cuadrúpedos pueden ser muy tediosos ante un labrador encantador, no importa qué cara les pongas cuando se acercan a acariciar
lo que consideran tierra de nadie o algo parecido.
El año se fue volando y así como comenzó la aventura había llegado el momento de entregar a Dandy a su futura dueña que había resultado
ser una muchacha mujer de 30 años,
edad en la que hoy en día no está muy definido el adjetivo adecuado para una fémina que no está ni en la edad de la adolescencia y difícilmente
haya alcanzado la plenitud de su vida.
Es un estadio, como decirlo, de entretanto, algo así como un entremedio inexplicable entre los sueños de niña y las agallas de la experiencia.
En síntesis, que Camila tenía esa edad misteriosa en la que cada quién ve en ellas lo que más le plazca.
Cuando la ví acercarse sentí que estaba siendo testigo de la encarnación de la aurora boreal,
sin el frío de Alaska pero tan inalcanzablemente hermosa
Algo en su sonrisa me hizo sentir así puesto que sus ojos estaban muertos pero los movimientos ondulantes de su pollera acompasando su cuerpo frágil
al acercarse a Dandy me dejaron sin habla.
Casi ciego hasta diría Y luego su risa de felicidad absoluta cuando acarició a quien sería su escudo ante el mundo que ella no podía ver.
Y es cierto que no podía verlo pero supe al poco tiempo que sus manos sentían cosas que mis ojos jamás llegarían a comprender.
Ese primer encuentro no fue el último. A partir de allí y con la excusa de que me había encariñado con el chicho y no me imaginaba mi vida
sin volverlo a ver, cosa que era por demás cierta, nos empezamos a ver una o dos veces por semana.
Dandy me recibía con un calor que no reconocí nunca en ninguno de mis amigos y Camila, bueno, Camila es otra historia.
El calor de Camila estaba en el descubrir a cada paso con ella lugares y personas que no sabía que estaban a mi alrededor.
Cuando salíamos de paseo yo le describía cosas en las que jamás antes había tenido necesidad de reparar,
la cara de la gente cuando lee el diario y cómo le van cambiando las expresiones y las líneas del rostro.
Me hice un experto en comprender miradas, adivinar si el lector estaba leyendo algo terrible, morboso, excitante o gracioso.
Me convertí en un entendido del cielo y sus colores, en describir la forma de las estrellas, en adivinar piedras antes de pisarlas.
Ante mi imposibilidad verbal de detallar el mundo que me rodeaba ella estallaba en carcajadas y se divertía escuchándome inventar palabras
para intentar darle nombre a lo que yo creí hasta entonces casi inexistente.
Me di cuenta de cuán limitado era mi vocabulario al momento de intentar describir cosas obvias para mí,
cosas que jamás había tenido necesidad de explicar.
Se reía, se reía con una fuerza capaz de hacerme sentir que el amor se apoderaba de cada una de mis células hasta convertirme en un ser sin masa,
volátil, libre de toda voluntad.
Pero lo mejor era ir con ella a algún museo y doblegarme ante su pedido de deshacerme de todos mis prejuicios y recorrer esculturas con los ojos cerrados,
palpando cada rincón de aquellas piedras, mármoles y vidrios y sentir la diferencia entre un simple trozo de materia y el arte.
Experimentar la divinidad en todas sus dimensiones posibles.
Una noche me invitó a quedarme a dormir en su casa y mi intención era tan torpe y tan inútil que no se me pasó por la cabeza más que verla dormir,
entregada a sus sueños más oscuros y a la vez saber qué ella era capaz de soñar con cosas que yo jamás vería.
El mundo de la imaginación ardiente, de la pasión ciega que no sabe de permisos absurdos.
Recorrer su rostro con mis manos fue todo lo que me animé pero ella fue más lejos que yo cuando se despertó al roce de mis dedos torpes.
Los suyos resultaron ser suavemente inagotables y su fragilidad tan fuerte como mi deseo.
Nos demoramos un siglo en descubrirnos y no hice más que entregarme a sus caricias, tan tiernas como rosas, tan sabrosa como el más dulce caramelo
de la mejor repostería no inventada.
Nada, nada igual había yo sentido hasta ese entonces.
Se quitó la blusa con la parsimonia de quien sabe a ciencia cierta lo que hace,con la misma paciencia de quien descorcha un buen vino
que estuvo esperando el momento adecuado y se deja respirar para hacer más intenso cada aroma.
Sin decoro, sin prisas, sin consuelo ni vacilaciones.
Dandy nos miraba de costado desinteresado totalmente en lo que estaba aconteciendo.
Él sabía que yo estaba en buenas manos. Y yo comprendí mejor que nunca que a través de la ceguera de esta mujer había yo aprendido a ver el mundo.
lo que no sabía era lo que iba a pasar a raíz de todo esto.
Estuve durante mucho tiempo viendo, reparando, sopesando y calculando los pros y los contras de meterme en tal aventura para al final
decidir que ya era suficiente andar por la vida como si una fórmula matemática me fuese a dar las respuestas exactas a mis preguntas pendientes.
Así que me tiré de cabeza y la sorpresa fue mayor de lo que yo hubiese imaginado nunca.
El entrenamiento exigía de mucha disciplina, constancia, voluntad y amor.
Pero sobre todo, ser capaz de tener presente a cada instante que al año, cuando Dandy estuviese listo,
yo debería entregarlo al que salga sorteado para ser su dueño.
Me enamoré de él al primer olfato, su suave pelaje crema, su sonrisa perruna inmediata, el golpe seguro de su cola y su forma de lamerme la cara
sin pudor ni permiso me hicieron sucumbir de inmediato.
A partir de allí Dandy fue una sombra fiel a cada paso.
Iba conmigo a donde fuera que fuese y lo que fuese que hiciera.
Era parte del trato.
Los amantes de los cuadrúpedos pueden ser muy tediosos ante un labrador encantador, no importa qué cara les pongas cuando se acercan a acariciar
lo que consideran tierra de nadie o algo parecido.
El año se fue volando y así como comenzó la aventura había llegado el momento de entregar a Dandy a su futura dueña que había resultado
ser una muchacha mujer de 30 años,
edad en la que hoy en día no está muy definido el adjetivo adecuado para una fémina que no está ni en la edad de la adolescencia y difícilmente
haya alcanzado la plenitud de su vida.
Es un estadio, como decirlo, de entretanto, algo así como un entremedio inexplicable entre los sueños de niña y las agallas de la experiencia.
En síntesis, que Camila tenía esa edad misteriosa en la que cada quién ve en ellas lo que más le plazca.
Cuando la ví acercarse sentí que estaba siendo testigo de la encarnación de la aurora boreal,
sin el frío de Alaska pero tan inalcanzablemente hermosa
Algo en su sonrisa me hizo sentir así puesto que sus ojos estaban muertos pero los movimientos ondulantes de su pollera acompasando su cuerpo frágil
al acercarse a Dandy me dejaron sin habla.
Casi ciego hasta diría Y luego su risa de felicidad absoluta cuando acarició a quien sería su escudo ante el mundo que ella no podía ver.
Y es cierto que no podía verlo pero supe al poco tiempo que sus manos sentían cosas que mis ojos jamás llegarían a comprender.
Ese primer encuentro no fue el último. A partir de allí y con la excusa de que me había encariñado con el chicho y no me imaginaba mi vida
sin volverlo a ver, cosa que era por demás cierta, nos empezamos a ver una o dos veces por semana.
Dandy me recibía con un calor que no reconocí nunca en ninguno de mis amigos y Camila, bueno, Camila es otra historia.
El calor de Camila estaba en el descubrir a cada paso con ella lugares y personas que no sabía que estaban a mi alrededor.
Cuando salíamos de paseo yo le describía cosas en las que jamás antes había tenido necesidad de reparar,
la cara de la gente cuando lee el diario y cómo le van cambiando las expresiones y las líneas del rostro.
Me hice un experto en comprender miradas, adivinar si el lector estaba leyendo algo terrible, morboso, excitante o gracioso.
Me convertí en un entendido del cielo y sus colores, en describir la forma de las estrellas, en adivinar piedras antes de pisarlas.
Ante mi imposibilidad verbal de detallar el mundo que me rodeaba ella estallaba en carcajadas y se divertía escuchándome inventar palabras
para intentar darle nombre a lo que yo creí hasta entonces casi inexistente.
Me di cuenta de cuán limitado era mi vocabulario al momento de intentar describir cosas obvias para mí,
cosas que jamás había tenido necesidad de explicar.
Se reía, se reía con una fuerza capaz de hacerme sentir que el amor se apoderaba de cada una de mis células hasta convertirme en un ser sin masa,
volátil, libre de toda voluntad.
Pero lo mejor era ir con ella a algún museo y doblegarme ante su pedido de deshacerme de todos mis prejuicios y recorrer esculturas con los ojos cerrados,
palpando cada rincón de aquellas piedras, mármoles y vidrios y sentir la diferencia entre un simple trozo de materia y el arte.
Experimentar la divinidad en todas sus dimensiones posibles.
Una noche me invitó a quedarme a dormir en su casa y mi intención era tan torpe y tan inútil que no se me pasó por la cabeza más que verla dormir,
entregada a sus sueños más oscuros y a la vez saber qué ella era capaz de soñar con cosas que yo jamás vería.
El mundo de la imaginación ardiente, de la pasión ciega que no sabe de permisos absurdos.
Recorrer su rostro con mis manos fue todo lo que me animé pero ella fue más lejos que yo cuando se despertó al roce de mis dedos torpes.
Los suyos resultaron ser suavemente inagotables y su fragilidad tan fuerte como mi deseo.
Nos demoramos un siglo en descubrirnos y no hice más que entregarme a sus caricias, tan tiernas como rosas, tan sabrosa como el más dulce caramelo
de la mejor repostería no inventada.
Nada, nada igual había yo sentido hasta ese entonces.
Se quitó la blusa con la parsimonia de quien sabe a ciencia cierta lo que hace,con la misma paciencia de quien descorcha un buen vino
que estuvo esperando el momento adecuado y se deja respirar para hacer más intenso cada aroma.
Sin decoro, sin prisas, sin consuelo ni vacilaciones.
Dandy nos miraba de costado desinteresado totalmente en lo que estaba aconteciendo.
Él sabía que yo estaba en buenas manos. Y yo comprendí mejor que nunca que a través de la ceguera de esta mujer había yo aprendido a ver el mundo.
viernes, 17 de junio de 2011
una mueca burlona
Era la segunda vez, en ese mes que los vecinos me llamaban.
se encontraron alarmados por los gritos y me pidieron que fuera a poner un poco de calma.
Me subí al mi auto y viaje lo más rápido que pude sin imaginar que me iba a encontrar en semejante situación.
Rocío me abrió la puerta y todo parecía normal pero era obvio que no me lo esperaba.
Mi alegría duró poco, en su mano derecha sostenía el cuchillo que chorreaba aún ese líquido rojo y espeso que define nuestra existencia.
Había demasiado silencio, miré alrededor pero no vi más que gotas y gotas de sangre en el piso.
Me fijé de que se apoyaba con dificultad y que sus pasos eran torpes.
- ¿Porqué caminas así?
- Es que ayer llegué tarde - contestó, dibujada en su boca una mueca burlona, estática, que me pareció casi orgullosa.
En el brazo izquierdo tenía también varios moratones.
Me senté en un sillón sin decir palabra mientras me miraba con esos ojos fríos y distantes que me atravesaban, sin hacer foco en mi persona.
Creo que lo que más me llamó la atención fue que no temblara y traté de imaginarme cómo estaría yo en su lugar.
No nos dijimos nada, no pregunté nada más, no sé si por miedo a escuchar la respuesta o porque realmente no era capaz de abrir la boca.
Hubiese deseado que pasara más tiempo antes de que llegara la policía.
Entraron sin golpear pues la puerta había quedado abierta y la casa se llenó de ruido.
Enseguida emprendieron con una serie de preguntas que pude responder sólo parcialmente pues era poco lo que sabía y menos lo que quería saber.
Rocío seguía con ese gesto extraño esbozado en su rostro y me dieron ganas de abofetearla para que reaccionara pero yo estaba más petrificada que ella.
Los agentes recorrieron la casa, tomaron muestras y, a duras penas, le quitaron el cuchillo de la mano.
A ella se la llevaron esposada y a mí a los empujones.
Recuerdo que cuando nos estaban metiendo dentro de la camioneta que nos llevaría a la comisaría me dijo mientras me guiñaba un ojo,
“Dios ha muerto",¿Yo fui quien le maté.?
A la noche, luego de varios interrogatorios y horas de espera, me soltaron y me fui a casa.
No pude pegar un ojo en toda la noche, las imagenes de lo que no había visto me perseguían.
Es extraño la claridad con que uno puede ver cosas que jamás vio.
Estaba llena de preguntas de qué hubiese pasado si hubiera llegado antes o si Rocío hubiese aceptado el puesto que le propusieron en Caracas el año anterior.
Era inútil plantearse ahora todo eso pero también inevitable.
De alguna manera me sentía culpable.
Yo podría haberle dicho a Rocío lo que sabía, porqué mi madre se había ido, pero ella siempre se preocupó tanto por mí que no me animé.
Quise creer que entre ellos sería distinto, que con el tiempo las cosas podían cambiar, que la gente aprende.
Luego de eso estuvo internada durante un año en un hospital siquiátrico, incapáz de responder por sí misma y mis visitas, que al principio eran casi diarias, se fueron espaciando.
No fui capáz de ver en su rostro esa mueca indeleble, insoportable, inacabable,
que me hacía revivir una y otra vez el mismísimo instante en el que me abrió la puerta sosteniendo el cuchillo manchado con la sangre del que había sido mi padre.
se encontraron alarmados por los gritos y me pidieron que fuera a poner un poco de calma.
Me subí al mi auto y viaje lo más rápido que pude sin imaginar que me iba a encontrar en semejante situación.
Rocío me abrió la puerta y todo parecía normal pero era obvio que no me lo esperaba.
Mi alegría duró poco, en su mano derecha sostenía el cuchillo que chorreaba aún ese líquido rojo y espeso que define nuestra existencia.
Había demasiado silencio, miré alrededor pero no vi más que gotas y gotas de sangre en el piso.
Me fijé de que se apoyaba con dificultad y que sus pasos eran torpes.
- ¿Porqué caminas así?
- Es que ayer llegué tarde - contestó, dibujada en su boca una mueca burlona, estática, que me pareció casi orgullosa.
En el brazo izquierdo tenía también varios moratones.
Me senté en un sillón sin decir palabra mientras me miraba con esos ojos fríos y distantes que me atravesaban, sin hacer foco en mi persona.
Creo que lo que más me llamó la atención fue que no temblara y traté de imaginarme cómo estaría yo en su lugar.
No nos dijimos nada, no pregunté nada más, no sé si por miedo a escuchar la respuesta o porque realmente no era capaz de abrir la boca.
Hubiese deseado que pasara más tiempo antes de que llegara la policía.
Entraron sin golpear pues la puerta había quedado abierta y la casa se llenó de ruido.
Enseguida emprendieron con una serie de preguntas que pude responder sólo parcialmente pues era poco lo que sabía y menos lo que quería saber.
Rocío seguía con ese gesto extraño esbozado en su rostro y me dieron ganas de abofetearla para que reaccionara pero yo estaba más petrificada que ella.
Los agentes recorrieron la casa, tomaron muestras y, a duras penas, le quitaron el cuchillo de la mano.
A ella se la llevaron esposada y a mí a los empujones.
Recuerdo que cuando nos estaban metiendo dentro de la camioneta que nos llevaría a la comisaría me dijo mientras me guiñaba un ojo,
“Dios ha muerto",¿Yo fui quien le maté.?
A la noche, luego de varios interrogatorios y horas de espera, me soltaron y me fui a casa.
No pude pegar un ojo en toda la noche, las imagenes de lo que no había visto me perseguían.
Es extraño la claridad con que uno puede ver cosas que jamás vio.
Estaba llena de preguntas de qué hubiese pasado si hubiera llegado antes o si Rocío hubiese aceptado el puesto que le propusieron en Caracas el año anterior.
Era inútil plantearse ahora todo eso pero también inevitable.
De alguna manera me sentía culpable.
Yo podría haberle dicho a Rocío lo que sabía, porqué mi madre se había ido, pero ella siempre se preocupó tanto por mí que no me animé.
Quise creer que entre ellos sería distinto, que con el tiempo las cosas podían cambiar, que la gente aprende.
Luego de eso estuvo internada durante un año en un hospital siquiátrico, incapáz de responder por sí misma y mis visitas, que al principio eran casi diarias, se fueron espaciando.
No fui capáz de ver en su rostro esa mueca indeleble, insoportable, inacabable,
que me hacía revivir una y otra vez el mismísimo instante en el que me abrió la puerta sosteniendo el cuchillo manchado con la sangre del que había sido mi padre.
martes, 15 de febrero de 2011
El signo de lo hispano: Ulises
Nacemos bajo los auspicios de comadronas y ginecólogos algunos controladores de natalidad,
menos mal que a muchos no los vendieron y sus padres pudieron disfrutar, con mucha preocupación, de sus hazañas; fueron trescientos mil.
Después, caímos en manos de los educadores del Régimen y controlaron nuestra educación bajo los lemas del Nacional-Catolicismo, y tuvimos suerte de librarnos del rapto, del hospicio, de la pederastia eclesiástica o no y del Auxilio Social; fueron doce mil.
Pero se sufrió para superar educación tan decadente y cruel.
Más tarde, los controladores de la Paz nos obligaron a manejar las pistolas que tanto daño hicieron a las familias con las tragedias que ocasionaron; algunos se libraron de las cunetas, aunque los Objetores de conciencia fueron a parar a la cárcel; los que cayeron también fueron centenares de miles.
—Mi esposa dice que, dada su presumible ideología política y religiosa, quizás prefirieran seguir junto a sus compañeros muertos en las cunetas por los ideales compartidos, y que nosotros deberíamos de respetar esas cunetas elevándolas a la categoría de monumento a la humanidad y llenarlas para siempre de flores y jardines en su recuerdo—.
A renglón seguido ingresamos en el sufrido gremio de los asalariados y los controladores financieros que, con sus préstamos e hipotecas, manejaron los salarios y nos pusieron a trabajar para ellos; ahora somos millones.
Pasadas unas décadas nos jubilamos y los controladores de la jubilación con sus fondos de inversión ,puede leerse por ejemplo Forum Filatélico, rapiñaron nuestros ahorros cuando ya somos nadie y no hay posibilidad de recuperar con más trabajo lo perdido; también se cuentan por centenares de miles.
Y cuando comenzamos a disfrutar de decir lo que nos da la gana y sin miedo, se nos ocurre gritar como el cíclope herido y ciego de Ulises:
«¡Nadie¡, ¡el responsable de los quebrantos fue Nadie¡» y, como al cíclope, no nos hacen ningún caso y, como Ulises, los financieros repletos de plata escaparon con la argucia de la Justicia también herida y ciega como el cíclope.
Ahora, cuando hemos conseguido reahorrar unos euros para disfrutar unos días, vienen los controladores del trasporte, cierran el espacio aéreo y nos encierran en las cuadras del aeropuerto con la intención de desprestigiar a un país en aras de no sé qué derecho, o aún peor, para ganar unas elecciones y controlar un país con neoliberalismo fracasado y trasnochado. Parece que irán a la cárcel y devolverán con su patrimonio lo desbastado y esquilmado.
Ya veremos, porque si nos fijamos en los controladores de más enjundia que han perjudicado mucho más y durante toda la vida como los de la paz, los financieros, los de la educación y sexo etc. que hoy ocupan grades palacios o disfrutan de los paraísos fiscales por causa del grito: ¡Fue Nadie¡, resulta que son muchos “Nadie” de Ulises los que gritamos al cabo de nuestra vidas para que los controladores de Todo escapen de la Justicia.
Los del transporte, por decir algo, podrían transitar este conocido y trillado camino.
Dinero tienen.
El control es del Pueblo y lo delega en su Parlamento y Gobierno y, como se ve, están agobiados de trabajo para llevar a las cárceles a los controladores en los que no se ha delegado potestad alguna y, aún insatisfechos, quieren más y de mejor calidad.
Como dicen los del fútbol: «¡A por ellos¡».
Pero ojo, curemos antes la ceguera del cíclope y nunca jamás en el Año Nuevo que estrenamos gritemos: «!Fue Nadie¡», para que nuestros Controladores no puedan escapar de la sanada Justicia del buen ogro que nosotros somos. Sea Paz.
Rafael Ruiz
menos mal que a muchos no los vendieron y sus padres pudieron disfrutar, con mucha preocupación, de sus hazañas; fueron trescientos mil.
Después, caímos en manos de los educadores del Régimen y controlaron nuestra educación bajo los lemas del Nacional-Catolicismo, y tuvimos suerte de librarnos del rapto, del hospicio, de la pederastia eclesiástica o no y del Auxilio Social; fueron doce mil.
Pero se sufrió para superar educación tan decadente y cruel.
Más tarde, los controladores de la Paz nos obligaron a manejar las pistolas que tanto daño hicieron a las familias con las tragedias que ocasionaron; algunos se libraron de las cunetas, aunque los Objetores de conciencia fueron a parar a la cárcel; los que cayeron también fueron centenares de miles.
—Mi esposa dice que, dada su presumible ideología política y religiosa, quizás prefirieran seguir junto a sus compañeros muertos en las cunetas por los ideales compartidos, y que nosotros deberíamos de respetar esas cunetas elevándolas a la categoría de monumento a la humanidad y llenarlas para siempre de flores y jardines en su recuerdo—.
A renglón seguido ingresamos en el sufrido gremio de los asalariados y los controladores financieros que, con sus préstamos e hipotecas, manejaron los salarios y nos pusieron a trabajar para ellos; ahora somos millones.
Pasadas unas décadas nos jubilamos y los controladores de la jubilación con sus fondos de inversión ,puede leerse por ejemplo Forum Filatélico, rapiñaron nuestros ahorros cuando ya somos nadie y no hay posibilidad de recuperar con más trabajo lo perdido; también se cuentan por centenares de miles.
Y cuando comenzamos a disfrutar de decir lo que nos da la gana y sin miedo, se nos ocurre gritar como el cíclope herido y ciego de Ulises:
«¡Nadie¡, ¡el responsable de los quebrantos fue Nadie¡» y, como al cíclope, no nos hacen ningún caso y, como Ulises, los financieros repletos de plata escaparon con la argucia de la Justicia también herida y ciega como el cíclope.
Ahora, cuando hemos conseguido reahorrar unos euros para disfrutar unos días, vienen los controladores del trasporte, cierran el espacio aéreo y nos encierran en las cuadras del aeropuerto con la intención de desprestigiar a un país en aras de no sé qué derecho, o aún peor, para ganar unas elecciones y controlar un país con neoliberalismo fracasado y trasnochado. Parece que irán a la cárcel y devolverán con su patrimonio lo desbastado y esquilmado.
Ya veremos, porque si nos fijamos en los controladores de más enjundia que han perjudicado mucho más y durante toda la vida como los de la paz, los financieros, los de la educación y sexo etc. que hoy ocupan grades palacios o disfrutan de los paraísos fiscales por causa del grito: ¡Fue Nadie¡, resulta que son muchos “Nadie” de Ulises los que gritamos al cabo de nuestra vidas para que los controladores de Todo escapen de la Justicia.
Los del transporte, por decir algo, podrían transitar este conocido y trillado camino.
Dinero tienen.
El control es del Pueblo y lo delega en su Parlamento y Gobierno y, como se ve, están agobiados de trabajo para llevar a las cárceles a los controladores en los que no se ha delegado potestad alguna y, aún insatisfechos, quieren más y de mejor calidad.
Como dicen los del fútbol: «¡A por ellos¡».
Pero ojo, curemos antes la ceguera del cíclope y nunca jamás en el Año Nuevo que estrenamos gritemos: «!Fue Nadie¡», para que nuestros Controladores no puedan escapar de la sanada Justicia del buen ogro que nosotros somos. Sea Paz.
Rafael Ruiz
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