Sentada frente al espejo en el cuarto del hotel Julia se reconoció entera.
Había pasado mucha agua bajo el puente pero había valido la pena.
Hoy, con 50 años recién cumplidos, se sabía mejor que nunca.
La semana pasada festejó sola la media centena, no porque no tuviese con quien compartirlos sino porque se le dio la gana.
Por la mañana llamó a la oficina y aviso que se tomaba el día libre.
Bajó a la cocina y se preparó su habitual café, sin el que no podía comenzar la jornada.
Se calentó en el horno unos minutos una medialuna de jamón y queso que había comprado en la panadería de la esquina la tarde anterior especialmente para la ocasión y se sentó sola en la cocina a degustar del día.
La cocina de Julia era pequeña pero acogedora decorada rústicamente con un estilo relajado y alejado de las modas.
Raúl ya había marchado al trabajo no sin antes darle un beso y decirle que estaba más linda que el día que la conoció hacía ya 30 primaveras.
No hubo regalo ni tarjeta, supuestamente porque no había encontrado aún nada que le convenciera para una fecha tan especial. No hubo enojos ni ofensas.
Así era Raúl y así lo quería.
Digamos que son los milagros del tiempo que hace que ya uno se tome las cosas con más calma y no espere peras del olmo.
El diario estaba abierto en las páginas económicas pero hoy Julia pasó de largo y se interesó solamente por el pronóstico del tiempo.
Saboreó cada migaja, cada sorbo, cada instante.
Saboreó el silencio y la soledad.
La madurez.
Se dejó llevar por la mañana y las ganas.
Se puso su jean favorito y una camisa suelta, se puso las botas de cuero marrones con taco que tanto le gustaban y se recogió el pelo en un moño desprolijo.
Agarró el paraguas y la gabardina y subió al Mazda6 como si fuese un carruaje.
La verdad es que las marcas en la piel le sentaban bien y ella lo sabía.
Le había llevado toda una vida saberse hermosa pero hoy lo sabía y sin soberbias ni groserías quería disfrutar de su nuevo descubrimiento.
Así que se fue de compras y entró a tiendas que siempre había visto desde lejos y se probó polleras y vestidos, descartó carteras y zapatos y accesorios y volvió a casa triunfante con dos jeans y dos camisas.
Es que uno no puede con su propio genio y Julia era al fin de cuentas lo que era. Como lo somos todos.
Esa tarde preparó su troll, puso algo de ropa y maquillaje y tal como lo había pensado escribió unas líneas a Raúl para que no se preocupase y tratase de tomarse la sorpresa con calma.
“Amor, no te hagas mala sangre con lo de mi regalo de cumpleaños que yo ya me encargué. Te llamo cuando llegue al hotel.
Me voy a Nueva York.
Tengo vuelo de regreso para dentro de 2 semanas.
Después te mando los datos para que si querés me pases a buscar al aeropuerto.
Te amo. Julia.”
Mandó un mail a la oficina avisando que en realidad el día libre se iba a extender a dos semanas, que había arreglado ya todo con sus clientes y que no llevaba el celular así que iban a tener que arreglarse sin ella.
Probablemente no les hiciera falta puesto que precavida como siempre había tomado las medidas necesarias y selló el mail con un “el cementerio está lleno de gente imprescindible y el Mundo sigue girando así que no hay de que preocuparse”.
Necesitaba tomar un poco de distancia, evaluar qué había hecho de su vida en estos años y sintió que irse a un lugar apartado de la civilización no iba con su carácter y que en realidad en lugar de hacerla sentir bien la iba a deprimir.
Nueva York se le antojo como el mejor destino para tal proyecto.
El viaje al aeropuerto lo hizo acompañada por el sonido de la lluvia sobre el techo del auto y una sonrisa fresca que le venía sola a la boca sin poder ni querer evitarlo. Tuvo un vuelo tranquilo, haciendo pasar el tiempo viendo una película tras otra pero sin terminar ninguna.
El hotel, el Park79, era un precioso hotel boutique en Manhattan bien ubicado y rodeado de buenos restaurantes, tiendas y museos.
Ya en su habitación Julia se quitó los zapatos y la ropa, sacó una lata de Coca del mini bar y se tiró en la cama.
Había tenido la precaución de pedir habitación para fumadores así que se prendió un cigarrillo y luego de un buen rato, tal como había prometido, llamó a Raúl.
Durante la primera semana se recorrió las calles neoyorquinas como una niña con un juguete nuevo, llena de emoción y encanto, dichosa de no tener nadie con quien coordinar tiempos y lugares ni a quien tomar en cuenta para cada decisión. Se hizo tiempo para pensar.
Pensar en los años que había dejado atrás, en las decisiones tomadas que la llevaron a ser la mujer que hoy era, con los defectos y las virtudes que siempre había llevado consigo.
En realidad la gente no cambia estaba convencida.
En el mejor de los casos madura.
Raúl había sido un gran compañero de ruta.
No siempre atento, no siempre exacto pero siempre suyo.
Fiel como un perro a las subidas y bajadas de su dueño.
Ella era consciente que vivir a su lado no siempre había sido fácil pero se sentía digna del hombre que tenía al lado.
Sabía que lo había hecho feliz a pesar de las dudas interminables y la necesidad de cambio constante que era el único componente estable en su vida.
Pensó hasta que no quedo nada sin repasar.
En los sueños no cumplidos y en los cumplidos, en los deseos que hubo que dejar de lado quien sabe por que miserias del destino, en la maternidad no siempre obvia, en los amigos que ya no estaban cerca y en todas las mujeres que hubiese querido haber sido y nunca fue.
En la condena del tiempo y del espacio y de las ganas de que alguien le dijese que cualquier camino distinto que hubiese tomado la habrían llevado a una vida menos gratificante.
Una vez quiso ser escritora.
También quiso ser artista pero la vida tiene esas cosas que uno no sabe definir muy bien que le llaman destino y que la llevaron a terminar siendo economista.
Le había ido muy bien en su carrera y le permitió muchos lujos pero siempre sintió que la pregunta al respecto de que hubiese sido si hubiese tomado otro camino quedó flotando en el aire.
Todavía hoy le quedaban varias respuestas pendientes que sabía iban a terminar con ella en su tumba. Hay cosas que solo Dios sabe; si es que tal cosa existe.
Le quedaba una semana de estadía en la gran manzana.
Realmente las tentaciones en esa ciudad eran infinitas y pecar era casi una necesidad.
Le venía bien el nombre que le habían dado.
Sentada frente al espejo en el cuarto del hotel Julia se reconoció entera.
Hermosa y más mujer que nunca.
La serenidad de aceptar era una conquista reciente y aprender a amarse un largo trayecto recorrido.
Ahora quedaba por ver qué misterios le tenía la vida preparada para las próximas décadas y estaba ansiosa por descubrirlo.
La tarde caía en Nueva York.
El cuarto estaba en tinieblas iluminado por la luz tenue de la lámpara de la mesita de luz.
Hacía frío pero Julia tenía la sangre tibia y en la habitación se estaba muy bien. Bajó al entrepiso donde estaba la dispensadora de hielo y volvió al cuarto.
Abrió un paquete de castañas de cajú y se sirvió tres dedos del Martini que había comprado en el supermercado esa mañana.
Prendió el televisor en un canal con música y Julia sintió esa fuerza mágica que hace mover el cuerpo no importa la edad que uno tenga.
Se paró sobre la cama y se puso a bailar.
Fue entonces, en ese preciso instante, que supo que nunca había sido tan joven y que todo, absolutamente todo, estaba aún por nacer.
viernes, 25 de noviembre de 2011
martes, 1 de noviembre de 2011
“la iletrada”
La mujer que no soy de la que les quiero contar hoy nació en Montevideo a principio de los años cincuenta bajo el nombre de Adelia Suárez pero se la conocía como “La Ile”, abreviación de “la iletrada” aunque de iletrada no tenía nada.
Adelia fue durante su infancia, y lo siguió siendo más tarde durante su adolescencia y madurez, una persona muy popular y querida.
Era lo que se dice una persona con carisma y, como a toda persona carismática no faltaba tampoco quienes le tuvieran envidia.
Parlanchina y alegre, rápida de pensamientos y directa a la hora de expresar lo que sentía, te podía dejar con la boca abierta con sus respuestas filosas o pensando una semana en lo que te había dicho sin ser consciente apenas del efecto de sus palabras en los demás.
Los chicos se peleaban por jugar con ella y luego fueron los hombres los que la adoraron en silencio.
La Ile, dueña de una belleza pocas veces vista y una sencillez que la hacían aún más hermosa, fue el motivo de varias rupturas amorosas sin percatarse nunca ni proponérselo siquiera.
Los comienzos de su apodo tienen origen en la escuela primaria cuando osada y caprichosa se negó a participar de la más básica actividad de aprendizaje conocida nunca y aquella que nadie pone en tela de juicio ni siquiera hoy en día: la escritura.
Adelia se negó a escribir.
Sin poder comprender los motivos de tal extravagancia y preocupados por el futuro de la niña, la llevaron sus progenitores a toda clase de médicos y galenos que le realizaron un sinfín de análisis de toda clase.
Los intentos desesperados de sus padres abarcaron desde llevarla a curanderas, curas, rabinos, hechiceros, adivinadores, y jorguines hasta el ofrecerle regalos descomunales.
Pintaron y forraron las paredes de su cuarto con papel blanco para que escribiera lo que se le viniera en gana, mandaron pintar las letras del abecedario en el techo y le mandaron traer de Europa los mejores y más exquisitos lápices habidos y por haber.
Cuando vieron que nada de esto daba resultado, la llevaron a España a que fuese tratada por uno de los mejores especialistas en tratamientos hipnóticos de la época, Alfonso Caycero, pero tampoco él pudo corregir este comportamiento de conducta tan inadecuado.
Dicen que no se puede hipnotizar a quien no quiere y tal vez este haya sido el caso. Lo único que pudieron concluir por unanimidad fue que la niña no sufría de ningún tipo de lesión cerebral ni motriz y que su desarrollo y capacidad intelectual y cognitiva estaban muy por encima de la norma.
En definitiva, sus padres tuvieron que hacerse a la idea de que mientras Adelita no quisiera escribir simplemente no iba a hacerlo.
Esta carencia parecía causarle pocos dolores de cabeza a la niña que no daba cuenta de la desesperación que causaba y no hacía el menor intento por escribir siquiera su propio nombre en un papel.
Pero leer ya era otra cosa. Libro que veía, libro que leía. Se acordaba de memoria de nombres y fechas de cada trozo de historia que llegara a sus manos y era una enciclopedia abierta en conocimientos generales.
Como Adelia venía de una familia muy influyente en la ciudad pudo seguir estudiando y consiguieron sus padres que no la expulsaran de las aulas, así que con el tiempo tanto los maestros y más tarde los profesores se fueron acostumbrando y adaptándose para tomarle los exámenes de forma oral y en horarios convenientes para ambas partes.
Por lo demás, la adoraban.
Decían que tomarle exámenes a la Ile era un placer y que siempre terminaban siendo ellos los que aprendían algo nuevo.
En más de una ocasión terminaban hablando de temas que no tenían relación alguna con la prueba en sí y perdiendo totalmente la noción del tiempo dejándose llevar por la magia de tan exquisitos y vastos conocimientos que dejaban atónito al más apático de los seres.
Adelia terminó el secundario con distinciones y para ese entonces fue cuando un poco en broma y otro poco en serio empezó a ser conocida como “La Ile”.
Una vez en la Universidad realizó estudios superiores en Filosofía y Letras y se dedicó a la enseñanza y la investigación por igual.
Fue reconocida con varios galardones por su labor intelectual y su aporte al mundo de las ciencias humanas. Sin embargo y, como es de suponer, nunca publicó ningún libro y todo lo que existe hoy en día de sus investigaciones son producto de apuntes y notas de sus alumnos o recopilaciones de discursos y conferencias que brindaba.
Alrededor de “la Ile” surgieron varias historias más o menos interesantes acerca de los motivos por los que no quería escribir.
Aunque a esas alturas ya nadie tenía claro si era que no quería o que no podía y ella jamás se molestó en dar explicaciones ni deshacer las intrigas que se crearon alrededor de su nombre.
Hubo quienes aseguraron que no escribía porque le habían roto el corazón de pena, enfermedades extrañas que atacaron su capacidad de dibujar las letras, otros decían que le habían echado una maldición, fantasmas que la perseguían, mal de ojo, promesas que le realizó a alguien y creencias extrañas en dioses inexistentes. Otros la acusaron de arrogante, de tener muy fea letra y toda sarta de barbaridades por el estilo.
No faltaron los que aprovecharon la oportunidad y se basaron en estas habladurías populares para escribir y publicar cuentos de gran capacidad imaginativa que causaron furor entre la gente y hacer así muy buena fortuna.
La Ile por su parte no tenía ninguna intensión en perder tiempo explicando y se dedicaba por completo a lo que más le gustaba hacer que era estudiar.
Nunca le entregó su amor más que a la vida, no formó un hogar, no se casó ni tuvo hijos.
Así llegó a hacerse conocer como una mujer distinta, valiente, interesante y por demás enigmática.
Tuvo pocas amigas cercanas y hasta a ellas les cambiaba de tema cuando le preguntaban algo, por mínimo que fuera, acerca de su negación a escribir.
El mismo día que la Ile cumplió 45 le diagnosticaron un cáncer galopante y le informaron que le quedaban entre 5 meses y un año de vida como mucho.
Llamó a quien había sido su mejor amiga por los últimos 20 años y le pidió que viniera a su casa.
Esta amiga resulté ser yo.
- ‘Decime una cosa Adelia, hay algo que siempre te quise preguntar y nunca me animé’, le dije temerosa de su reacción.
- ‘Que porqué nunca escribí’, se adelantó Adelia, ‘es lo que todos quieren saber’.
- ‘Exacto’.
- ‘¿Que importancia tiene?’
- ‘Curiosidad. No me vas a decir que no es extraño’, intenté convencerla.
- ‘Nunca tuve necesidad. Dije lo que tuve que decir en el momento que lo sentí necesario.
Escribir es como intentar ganarle a la muerte, tratar de estar presente cuando no lo estamos o dejar para cuando no estemos presentes parte de nosotros mismos.
Yo estoy presente en cuerpo y alma en cada momento de mi vida. Con eso me es suficiente.’
- ‘¿Y cuando ya no estés? ¿No querés dejar algo de vos misma?’
- ‘No’, me respondió segura de sí misma como siempre.
- ‘Muchos hubiesen querido poder leerte cuando ya no estés.’
- ‘Es problema de ellos, no el mío. Nunca sentí necesidad de hacerme cargo de los problemas ajenos.’
- ‘Pero la muerte...el aceptar que ya no vamos a estar....
¿es bastante injusto no?’
- ‘¿Y nacer?
Tampoco nadie te pregunta si querés nacer y nunca escuché a nadie decir que nacer sea una injusticia.
Supongo que habrá quienes lo sientan así y habrán decidido hacer justicia por sus propios medios porque nunca llegaron a contármelo.
Yo no juego a ser Dios.
Vine al mundo a vivir en este pequeño espacio de tiempo que me tocó vivir.
Cuando me haya ido no existirá el mundo para mí.
No me hará falta estar presente. Escribir hubiese sido para mí intentar ser inmortal, lo que por cierto no me llama la atención en lo más mínimo.’
- ‘¿Así tan simple?’, le pregunté incrédula una vez más.
- ‘Así tan simple y tan complejo.
Si yo hubiese escrito no hubiese sido “La Ile”, hubiese sido Adelia.
Uno es lo que es también por derecho a no ser lo que no es.’
Con esto dio por terminada la conversación sobre el tema y se fue a la cocina a traer un plato con galletitas dulces que ella sabía eran mi perdición.
A los siete meses Adelia, mi mejor amiga, falleció en silencio y con la misma sonrisa que la acompañó durante toda su vida.
Y como yo le temo a la mortalidad me tomé el atrevimiento de contar el cuento. Quizás como una forma de dejarla un poquito más cerca de mí, como jugar a ser dios como ella me dijo tan sabiamente.
Pero hay algo más que quiero contar.
Después que La Ile murió fui a su casa y empecé a buscar algo que me quede de recuerdo.
Entré en su cuarto y allí encontré debajo de su almohada un diario íntimo envuelto en papel de seda.
Ansiosa por descubrir algo nuevo y segura de que debía haber algo escrito, lo abrí. Me temblaban las manos y me comía la ansiedad por dentro.
En la primera hoja decía “Para Adelita con mucho amor, de tus padres, Feliz cumpleaños, 11 de Diciembre de 1958”.
Concluí que seguramente se trataba de uno de los regalos que le ofrecieron en esos intentos por llevarla a escribir.
Adjunto había un lápiz gastado que poco si le quedaban unos cinco centímetros de largo, cosa que no me explico puesto que allí no había más que lo que paso a contar.
Pasé y repasé una por una cada hoja de ese diario.
Miré a trasluz para intentar descubrir su secreto pero lo único que encontré fueron recortes desprolijos de letras de colores pegadas de manera suelta y discontinua que no parecían tener ningún sentido.
Tras una semana de juntar y desjuntar letras, de romperme la cabeza por encontrar algo más llegue a armar una frase de la que me consta no es ella la autora:
"La existencia precede a la esencia".
No sabré nunca si junté las letras en el sentido correcto ni tampoco si existió o existe un sentido en las mismas.
Tal vez yo fui una más de los que quisieron ver algo donde no lo hay.
Y si es así, que Dios me perdone. Y Sartre también.
Adelia fue durante su infancia, y lo siguió siendo más tarde durante su adolescencia y madurez, una persona muy popular y querida.
Era lo que se dice una persona con carisma y, como a toda persona carismática no faltaba tampoco quienes le tuvieran envidia.
Parlanchina y alegre, rápida de pensamientos y directa a la hora de expresar lo que sentía, te podía dejar con la boca abierta con sus respuestas filosas o pensando una semana en lo que te había dicho sin ser consciente apenas del efecto de sus palabras en los demás.
Los chicos se peleaban por jugar con ella y luego fueron los hombres los que la adoraron en silencio.
La Ile, dueña de una belleza pocas veces vista y una sencillez que la hacían aún más hermosa, fue el motivo de varias rupturas amorosas sin percatarse nunca ni proponérselo siquiera.
Los comienzos de su apodo tienen origen en la escuela primaria cuando osada y caprichosa se negó a participar de la más básica actividad de aprendizaje conocida nunca y aquella que nadie pone en tela de juicio ni siquiera hoy en día: la escritura.
Adelia se negó a escribir.
Sin poder comprender los motivos de tal extravagancia y preocupados por el futuro de la niña, la llevaron sus progenitores a toda clase de médicos y galenos que le realizaron un sinfín de análisis de toda clase.
Los intentos desesperados de sus padres abarcaron desde llevarla a curanderas, curas, rabinos, hechiceros, adivinadores, y jorguines hasta el ofrecerle regalos descomunales.
Pintaron y forraron las paredes de su cuarto con papel blanco para que escribiera lo que se le viniera en gana, mandaron pintar las letras del abecedario en el techo y le mandaron traer de Europa los mejores y más exquisitos lápices habidos y por haber.
Cuando vieron que nada de esto daba resultado, la llevaron a España a que fuese tratada por uno de los mejores especialistas en tratamientos hipnóticos de la época, Alfonso Caycero, pero tampoco él pudo corregir este comportamiento de conducta tan inadecuado.
Dicen que no se puede hipnotizar a quien no quiere y tal vez este haya sido el caso. Lo único que pudieron concluir por unanimidad fue que la niña no sufría de ningún tipo de lesión cerebral ni motriz y que su desarrollo y capacidad intelectual y cognitiva estaban muy por encima de la norma.
En definitiva, sus padres tuvieron que hacerse a la idea de que mientras Adelita no quisiera escribir simplemente no iba a hacerlo.
Esta carencia parecía causarle pocos dolores de cabeza a la niña que no daba cuenta de la desesperación que causaba y no hacía el menor intento por escribir siquiera su propio nombre en un papel.
Pero leer ya era otra cosa. Libro que veía, libro que leía. Se acordaba de memoria de nombres y fechas de cada trozo de historia que llegara a sus manos y era una enciclopedia abierta en conocimientos generales.
Como Adelia venía de una familia muy influyente en la ciudad pudo seguir estudiando y consiguieron sus padres que no la expulsaran de las aulas, así que con el tiempo tanto los maestros y más tarde los profesores se fueron acostumbrando y adaptándose para tomarle los exámenes de forma oral y en horarios convenientes para ambas partes.
Por lo demás, la adoraban.
Decían que tomarle exámenes a la Ile era un placer y que siempre terminaban siendo ellos los que aprendían algo nuevo.
En más de una ocasión terminaban hablando de temas que no tenían relación alguna con la prueba en sí y perdiendo totalmente la noción del tiempo dejándose llevar por la magia de tan exquisitos y vastos conocimientos que dejaban atónito al más apático de los seres.
Adelia terminó el secundario con distinciones y para ese entonces fue cuando un poco en broma y otro poco en serio empezó a ser conocida como “La Ile”.
Una vez en la Universidad realizó estudios superiores en Filosofía y Letras y se dedicó a la enseñanza y la investigación por igual.
Fue reconocida con varios galardones por su labor intelectual y su aporte al mundo de las ciencias humanas. Sin embargo y, como es de suponer, nunca publicó ningún libro y todo lo que existe hoy en día de sus investigaciones son producto de apuntes y notas de sus alumnos o recopilaciones de discursos y conferencias que brindaba.
Alrededor de “la Ile” surgieron varias historias más o menos interesantes acerca de los motivos por los que no quería escribir.
Aunque a esas alturas ya nadie tenía claro si era que no quería o que no podía y ella jamás se molestó en dar explicaciones ni deshacer las intrigas que se crearon alrededor de su nombre.
Hubo quienes aseguraron que no escribía porque le habían roto el corazón de pena, enfermedades extrañas que atacaron su capacidad de dibujar las letras, otros decían que le habían echado una maldición, fantasmas que la perseguían, mal de ojo, promesas que le realizó a alguien y creencias extrañas en dioses inexistentes. Otros la acusaron de arrogante, de tener muy fea letra y toda sarta de barbaridades por el estilo.
No faltaron los que aprovecharon la oportunidad y se basaron en estas habladurías populares para escribir y publicar cuentos de gran capacidad imaginativa que causaron furor entre la gente y hacer así muy buena fortuna.
La Ile por su parte no tenía ninguna intensión en perder tiempo explicando y se dedicaba por completo a lo que más le gustaba hacer que era estudiar.
Nunca le entregó su amor más que a la vida, no formó un hogar, no se casó ni tuvo hijos.
Así llegó a hacerse conocer como una mujer distinta, valiente, interesante y por demás enigmática.
Tuvo pocas amigas cercanas y hasta a ellas les cambiaba de tema cuando le preguntaban algo, por mínimo que fuera, acerca de su negación a escribir.
El mismo día que la Ile cumplió 45 le diagnosticaron un cáncer galopante y le informaron que le quedaban entre 5 meses y un año de vida como mucho.
Llamó a quien había sido su mejor amiga por los últimos 20 años y le pidió que viniera a su casa.
Esta amiga resulté ser yo.
- ‘Decime una cosa Adelia, hay algo que siempre te quise preguntar y nunca me animé’, le dije temerosa de su reacción.
- ‘Que porqué nunca escribí’, se adelantó Adelia, ‘es lo que todos quieren saber’.
- ‘Exacto’.
- ‘¿Que importancia tiene?’
- ‘Curiosidad. No me vas a decir que no es extraño’, intenté convencerla.
- ‘Nunca tuve necesidad. Dije lo que tuve que decir en el momento que lo sentí necesario.
Escribir es como intentar ganarle a la muerte, tratar de estar presente cuando no lo estamos o dejar para cuando no estemos presentes parte de nosotros mismos.
Yo estoy presente en cuerpo y alma en cada momento de mi vida. Con eso me es suficiente.’
- ‘¿Y cuando ya no estés? ¿No querés dejar algo de vos misma?’
- ‘No’, me respondió segura de sí misma como siempre.
- ‘Muchos hubiesen querido poder leerte cuando ya no estés.’
- ‘Es problema de ellos, no el mío. Nunca sentí necesidad de hacerme cargo de los problemas ajenos.’
- ‘Pero la muerte...el aceptar que ya no vamos a estar....
¿es bastante injusto no?’
- ‘¿Y nacer?
Tampoco nadie te pregunta si querés nacer y nunca escuché a nadie decir que nacer sea una injusticia.
Supongo que habrá quienes lo sientan así y habrán decidido hacer justicia por sus propios medios porque nunca llegaron a contármelo.
Yo no juego a ser Dios.
Vine al mundo a vivir en este pequeño espacio de tiempo que me tocó vivir.
Cuando me haya ido no existirá el mundo para mí.
No me hará falta estar presente. Escribir hubiese sido para mí intentar ser inmortal, lo que por cierto no me llama la atención en lo más mínimo.’
- ‘¿Así tan simple?’, le pregunté incrédula una vez más.
- ‘Así tan simple y tan complejo.
Si yo hubiese escrito no hubiese sido “La Ile”, hubiese sido Adelia.
Uno es lo que es también por derecho a no ser lo que no es.’
Con esto dio por terminada la conversación sobre el tema y se fue a la cocina a traer un plato con galletitas dulces que ella sabía eran mi perdición.
A los siete meses Adelia, mi mejor amiga, falleció en silencio y con la misma sonrisa que la acompañó durante toda su vida.
Y como yo le temo a la mortalidad me tomé el atrevimiento de contar el cuento. Quizás como una forma de dejarla un poquito más cerca de mí, como jugar a ser dios como ella me dijo tan sabiamente.
Pero hay algo más que quiero contar.
Después que La Ile murió fui a su casa y empecé a buscar algo que me quede de recuerdo.
Entré en su cuarto y allí encontré debajo de su almohada un diario íntimo envuelto en papel de seda.
Ansiosa por descubrir algo nuevo y segura de que debía haber algo escrito, lo abrí. Me temblaban las manos y me comía la ansiedad por dentro.
En la primera hoja decía “Para Adelita con mucho amor, de tus padres, Feliz cumpleaños, 11 de Diciembre de 1958”.
Concluí que seguramente se trataba de uno de los regalos que le ofrecieron en esos intentos por llevarla a escribir.
Adjunto había un lápiz gastado que poco si le quedaban unos cinco centímetros de largo, cosa que no me explico puesto que allí no había más que lo que paso a contar.
Pasé y repasé una por una cada hoja de ese diario.
Miré a trasluz para intentar descubrir su secreto pero lo único que encontré fueron recortes desprolijos de letras de colores pegadas de manera suelta y discontinua que no parecían tener ningún sentido.
Tras una semana de juntar y desjuntar letras, de romperme la cabeza por encontrar algo más llegue a armar una frase de la que me consta no es ella la autora:
"La existencia precede a la esencia".
No sabré nunca si junté las letras en el sentido correcto ni tampoco si existió o existe un sentido en las mismas.
Tal vez yo fui una más de los que quisieron ver algo donde no lo hay.
Y si es así, que Dios me perdone. Y Sartre también.
viernes, 7 de octubre de 2011
sentada en su terraza mirando
Isabel puede pasarse horas sentada en su terraza mirando a la gente pasar.
Ella dice que no se aburre.
Todos los días a las cuatro de la tarde se levanta de su siesta, se prepara un té y se sienta en la misma silla, ubicada en la zona más sur de su casa.
El primer y el tercer domingo de cada mes la familia viene de visita y su hogar se llena de ruidos de nietos y alegría.
Pero aún en estas ocasiones, a las cuatro de la tarde, pide disculpas y se retira a su terraza.
Hace ya años que se acostumbró a su rutina.
“Si mis hijos tienen tantas obligaciones que no pueden cambiar, pues yo también tengo las mías y no las pienso mover”, se confiesa a sí misma.
La idea de establecer los encuentros el primer y el tercer domingo de cada mes se debe, según ellos, a una cuestión puramente logística.
Hubo que explicarla a Isabel qué significaba la logística, puesto que no cuenta con registro alguno de dicho término entre lo que son para ella las habituales profesiones de su época.
Finalmente y luego de largas explicaciones, comprendió que dicho vocablo significa que con el fin de poder cumplir con todas las obligaciones habidas y por haber resulta más conveniente marcar de antemano los términos del contrato familiar y las visitas mínimas necesarias a fin de mantener las relaciones de una manera cómoda. Después de varios intentos frustrados de convencerlos a venir también sin más aviso que unas horas previas para que ella pudiese retocarse el peinado y comprar algunas galletitas y no recibirlos con las manos vacías, decidió ceder.
Qué no hace una madre por sus hijos y más aún por sus nietos.
Pero nunca le gustó la idea de tener que ser parte de las actividades agendadas de sus hijos.
Así que en parte por amor y en parte para devolverles el favor, a las cuatro de la tarde, sin fallas ni pretextos, aún en medio de un almuerzo familiar, una gripe o bajo un rayo, Isabel acude a su cita obligada sin descuido.
La terraza de Isabel es pequeña.
Su piso ornamentado con azulejos de cerámica azul, verde y blanco y un decorado estilo árabe ya está gastado y algunas baldosas rotas.
En la baranda aún se pueden ver restos de pintura que un día supo ser de color verde oscuro y que pide a gritos un retoque.
El óxido amenaza con terminar de cortar los bordes pero nadie más que ellos mismos parecen percatarse.
No hay allí más que una pequeña mesita con base de acero y tablero de vidrio, que conoció mejores épocas y dos sillas haciendo juego sin pintar.
Desde la calle se puede ver la terraza de Isabel con sus elegantes plantas colgantes ofreciendo sus enormes hojas verdes.
En ella abundan los helechos, las mala madre, amor de hombre y bacopas cubiertas con sus pequeñas y tiernas flores blancas.
En una época el amor de hombre se enfermó y no dio hojas, pero con los cuidados intensivos y las bondades de las manos de su dueña fue recuperando de a poco la energía y vitalidad y volvió a dar follaje casi por milagro.
Es que con amor, constancia y paciencia pocas son las cosas que uno no puede mejorar.
Isabel sabe con exactitud cuánta agua necesita cada una de ellas y cuándo están por enfermarse, sabe de sus antojos y sus pretensiones, de sus cortezas y de sus esencias y hasta cuál es su música predilecta para cada ocasión.
Durante las mañanas escuchan la radio con ella y por las tardes se deleitan con Wagner y Tchaikovski.
Son sus amigas y sus confesoras, las más etéreas extremidades de su alma.
Se entienden.
En la esquina del balcón hay un viejo gomero de tres metros de largo que ya ha sido curvado por su propio peso.
Una vez cada dos semanas Isabel limpia una por una las hojas del gomero con trozos de algodón embebido en agua fresca y en cada limpieza se le va un paquete entero y varias horas de arduo trabajo.
Hasta arriba no llega.
Pero Isabel no está sola con las plantas y el gomero.
Además está Manuelita, su gata siamés que se quedo ciega de tanto mirar por el balcón.
Así que como Manuelita no puede ver, ella le cuenta todo lo que ocurre abajo con lujo de detalles.
Hace siete años que están juntas.
La fecha exacta de nacimiento de Manuelita no se sabe.
En realidad no tiene trascendencia puesto que, como toda buena hembra, es de suponer que luego de ver salir sus primeras canas hubiese decidido sacarse algunos años de encima y el número siete es un buen número para una gata.
Manuelita es coqueta y juguetona y en sus mejores épocas se paseaba sugestivamente por las barandas del balcón.
Cuando este aún era de color verde oscuro.
El ronroneo de su cuerpo es el mejor calmante cuando Isabel se siente tensa y le late fuerte el corazón.
Entonces no tiene más que recostarse y Manuelita entiende.
Se sube a su regazo y acaricia el mismo con las piernas brindandole un suave masaje mientras acompaña el movimiento con un delicado y profundo ronroneo.
A los pocos minutos ya Isabel se siente como nueva y le devuelve el favor con un largo cepillado en el pelaje.
Hoy es tercer domingo del mes de Octubre y ya se siente el calorcito en el aire.
La familia debe de estar por llegar en cualquier momento.
Los olores impregnan la casa desde ayer por la tarde, momento en que Isabel comenzó con los preparativos.
Por la mañana fue a la feria y compró todo lo necesario para preparar sopa de cebolla a la crema, ravioles de ricota con salsa blanca y latarta de manzana que es su especialidad.
Si bien la cocina la deja exhausta, no hay forma de convencerla de que ellos vienen a verla a ella y que no hace falta que los reciba siempre con un almuerzo de película.
Ella insiste que así la educaron, así creció y así también quiere morir y que mientras le den las fuerzas no quiere tampoco que nadie traiga nada a su mesa. “Para mí es un placer verlos comer la comida que yo preparo”, contesta orgullosa ante los reclamos y pedidos de abstención de sus hijos, “estoy segura que mis nietos disfrutan de lo que les preparo y ese es para mí el mejor regalo que Dios me puede dar”.
Es que en realidad no hay nadie en el mundo capaz de preparar los platos de la abuela mejor que ella, no solo por el sabor sino también por los colores y los olores que de ellos emanan.
Hoy como siempre se encargó de poner impecablemente el mantel blanco de seda, un centro de mesa cargado de flores frescas, la loza de porcelana de hace 50 años que nadie se explica cómo consigue conservar intacta, los pesados cubiertos de plata, las copas de cristal que recibió de regalo para su quinto aniversario de casada tras suplicarle a Pedro que las comprara en la tienda del gallego Hermenegildo que estiró la pata una noche de lujuria con una mujer que no era la suya, la jarra gruesa de vidrio con agua mineral y la infaltable botella con soda para ella.
En el fondo de la mesa colgado sobre la pared en posición horizontal se halla un enorme espejo que tiene el efecto no solamente de agrandar el ambiente sino que también tiene la capacidad de potenciar los ruidos del salón.
El marco del espejo es de madera rústica y está trabajado a mano meticulosamente con exquisitos relieves y cubierto con laca color bronce. Isabel siempre se sienta espaldas a él porque sabe que si lo tiene en frente no podrá controlarse de la intensión continua de observarse y eso la vuelve torpe y le molesta.
Prefiere ver como su nuera queda atrapada cual Narciso en su propia imagen y al mantenerse ocupada en su reflejo se olvida de hacer esa clase de comentarios que la vuelven loca, como el último vestido que se compró en su último viaje a América, como ella suele decir olvidándose por completo que el país donde reside queda en este mismo continente, sólo que en la dirección contraria a la que hubiese deseado.
Isabel es orgullosa y nunca deja que la ayuden con nada.
A la única que la deja asistir en las nimiedades de los preparativos es a Beatríz, su nieta mayor que acaba de cumplir los doce.
Guarda la esperanza de que aprenda a atender bien una casa y pueda hacer uso de esos conocimientos cuando le haga falta.
Porque según la abuela una mujer debe saber atender a su marido y ocuparse de que nunca falte nada aún cuando quiera hacer carrera, que la casa es el reino y la carrera un espejismo según ella.
Y Beatríz no contesta. No niega ni acepta, sonríe porque quiere a la abuela y a su lado se siente en buenas manos.
Sabe ella a pesar de su corta edad que para éstas cosas no hay una respuesta única y que todavía no hay necesidad de decidir.
Así que se limita a disfrutar y aprender y tratar de aprehender cada gesto, cada detalle.
Si le preguntan a Bea como quien quiere ser cuando sea grande responde sin dudar que como la abuela Isa pero no sabe decir bien porqué.
Lo que Beatríz no sabe es que lo que quisiera tener es su seguridad y esa mezcla exacta de rudeza y ternura que hacen imposible que te enojes con ella.
Beatríz es en cambio tímida y se siente débil.
Pero la abuela sabe que el tiempo hace milagros porque también en su juventud supo ser frágil y llorona.
“Es que al final una se queda sin lagrimas”, le explica cuando Bea le pregunta "abui, como llegaste a ser así tan fuerte?".
"Una llora tanto tanto tanto que se queda seca por un tiempo.
Hasta la próxima lluvia que te moja el pelo y esas gotas que te tocan se hacen lágrimas nuevas.
Y con el tiempo el corazón se cura un poquito y otro y otro y cuando ya no necesitas más de esas lagrimas se las pasas a alguien para que las use", le contesta Isabel.
Antes Beatríz se quedaba a dormir en lo de la abuela y se leían cuentos. Se quedaban despiertas hasta altas horas de la noche hasta que caían las dos profundamente dormidas en la misma cama.
Pero cuando Bea cumplió los diez,
Isabel tuvo serios problemas de espalda y ya no la dejaron venir más.
"Para no cargar a la abuela", le decían, pero ninguna de las dos se quedó muy a gusto con la excusa.
De todas formas encontraban siempre la manera de escabullirse a solas y mantener sus tan gustosas conversaciones de adultas, en las que la abuela le contaba sus secretos y Bea absorbía cada dato como un manjar del cielo.
En unos instantes llegarían todos y comerían en media hora lo que Isabel había preparado durante un día entero.
Luego servirá la torta de manzana y ofrecerá café para todos.
Para ella se preparará un té porque según dice el café le cae mal. Sin embargo cuando le ataca el dolor de cabeza es lo único que se lo quita, un poco de cafeína como remedio que nadie más parece conocer pero tampoco le discuten.
Eso si, el té con cuatro cucharaditas de azúcar para que le endulce la vida un poco más. Nunca hay nada demasiado dulce asegura.
Es por esa misma razón que las tartas y los postres de la abuela son los favoritos de los chicos puesto que siempre agrega el doble de endulzante a lo establecido en las recetas.
Y como siempre, lo mejor quedará para el final.
Para las cuatro de la tarde, cuando ya todos estén tirados en el sillón con la barriga llena y el corazón contento y los más pequeños estén corriendo por los cuartos con los juguetes nuevos que la abuela les compra cada reunión.
Es entonces que Isabel acudirá a su cita pero esta vez acompañada por su nieta.
Beatríz estrenará un vestido nuevo de color pastel como es su costumbre y se sentará en una silla a la sombra del gomero. Isabel arrimará su té a la mesa y Manuelita se ubicará entre sus piernas esperando que le cuente lo que pasa alrededor, ronroneando sin molestar a las visitas.
Y así estarán horas, en silencio o charlando de mujer a mujer.
O simplemente, mirando a la gente pasar.
Ella dice que no se aburre.
Todos los días a las cuatro de la tarde se levanta de su siesta, se prepara un té y se sienta en la misma silla, ubicada en la zona más sur de su casa.
El primer y el tercer domingo de cada mes la familia viene de visita y su hogar se llena de ruidos de nietos y alegría.
Pero aún en estas ocasiones, a las cuatro de la tarde, pide disculpas y se retira a su terraza.
Hace ya años que se acostumbró a su rutina.
“Si mis hijos tienen tantas obligaciones que no pueden cambiar, pues yo también tengo las mías y no las pienso mover”, se confiesa a sí misma.
La idea de establecer los encuentros el primer y el tercer domingo de cada mes se debe, según ellos, a una cuestión puramente logística.
Hubo que explicarla a Isabel qué significaba la logística, puesto que no cuenta con registro alguno de dicho término entre lo que son para ella las habituales profesiones de su época.
Finalmente y luego de largas explicaciones, comprendió que dicho vocablo significa que con el fin de poder cumplir con todas las obligaciones habidas y por haber resulta más conveniente marcar de antemano los términos del contrato familiar y las visitas mínimas necesarias a fin de mantener las relaciones de una manera cómoda. Después de varios intentos frustrados de convencerlos a venir también sin más aviso que unas horas previas para que ella pudiese retocarse el peinado y comprar algunas galletitas y no recibirlos con las manos vacías, decidió ceder.
Qué no hace una madre por sus hijos y más aún por sus nietos.
Pero nunca le gustó la idea de tener que ser parte de las actividades agendadas de sus hijos.
Así que en parte por amor y en parte para devolverles el favor, a las cuatro de la tarde, sin fallas ni pretextos, aún en medio de un almuerzo familiar, una gripe o bajo un rayo, Isabel acude a su cita obligada sin descuido.
La terraza de Isabel es pequeña.
Su piso ornamentado con azulejos de cerámica azul, verde y blanco y un decorado estilo árabe ya está gastado y algunas baldosas rotas.
En la baranda aún se pueden ver restos de pintura que un día supo ser de color verde oscuro y que pide a gritos un retoque.
El óxido amenaza con terminar de cortar los bordes pero nadie más que ellos mismos parecen percatarse.
No hay allí más que una pequeña mesita con base de acero y tablero de vidrio, que conoció mejores épocas y dos sillas haciendo juego sin pintar.
Desde la calle se puede ver la terraza de Isabel con sus elegantes plantas colgantes ofreciendo sus enormes hojas verdes.
En ella abundan los helechos, las mala madre, amor de hombre y bacopas cubiertas con sus pequeñas y tiernas flores blancas.
En una época el amor de hombre se enfermó y no dio hojas, pero con los cuidados intensivos y las bondades de las manos de su dueña fue recuperando de a poco la energía y vitalidad y volvió a dar follaje casi por milagro.
Es que con amor, constancia y paciencia pocas son las cosas que uno no puede mejorar.
Isabel sabe con exactitud cuánta agua necesita cada una de ellas y cuándo están por enfermarse, sabe de sus antojos y sus pretensiones, de sus cortezas y de sus esencias y hasta cuál es su música predilecta para cada ocasión.
Durante las mañanas escuchan la radio con ella y por las tardes se deleitan con Wagner y Tchaikovski.
Son sus amigas y sus confesoras, las más etéreas extremidades de su alma.
Se entienden.
En la esquina del balcón hay un viejo gomero de tres metros de largo que ya ha sido curvado por su propio peso.
Una vez cada dos semanas Isabel limpia una por una las hojas del gomero con trozos de algodón embebido en agua fresca y en cada limpieza se le va un paquete entero y varias horas de arduo trabajo.
Hasta arriba no llega.
Pero Isabel no está sola con las plantas y el gomero.
Además está Manuelita, su gata siamés que se quedo ciega de tanto mirar por el balcón.
Así que como Manuelita no puede ver, ella le cuenta todo lo que ocurre abajo con lujo de detalles.
Hace siete años que están juntas.
La fecha exacta de nacimiento de Manuelita no se sabe.
En realidad no tiene trascendencia puesto que, como toda buena hembra, es de suponer que luego de ver salir sus primeras canas hubiese decidido sacarse algunos años de encima y el número siete es un buen número para una gata.
Manuelita es coqueta y juguetona y en sus mejores épocas se paseaba sugestivamente por las barandas del balcón.
Cuando este aún era de color verde oscuro.
El ronroneo de su cuerpo es el mejor calmante cuando Isabel se siente tensa y le late fuerte el corazón.
Entonces no tiene más que recostarse y Manuelita entiende.
Se sube a su regazo y acaricia el mismo con las piernas brindandole un suave masaje mientras acompaña el movimiento con un delicado y profundo ronroneo.
A los pocos minutos ya Isabel se siente como nueva y le devuelve el favor con un largo cepillado en el pelaje.
Hoy es tercer domingo del mes de Octubre y ya se siente el calorcito en el aire.
La familia debe de estar por llegar en cualquier momento.
Los olores impregnan la casa desde ayer por la tarde, momento en que Isabel comenzó con los preparativos.
Por la mañana fue a la feria y compró todo lo necesario para preparar sopa de cebolla a la crema, ravioles de ricota con salsa blanca y latarta de manzana que es su especialidad.
Si bien la cocina la deja exhausta, no hay forma de convencerla de que ellos vienen a verla a ella y que no hace falta que los reciba siempre con un almuerzo de película.
Ella insiste que así la educaron, así creció y así también quiere morir y que mientras le den las fuerzas no quiere tampoco que nadie traiga nada a su mesa. “Para mí es un placer verlos comer la comida que yo preparo”, contesta orgullosa ante los reclamos y pedidos de abstención de sus hijos, “estoy segura que mis nietos disfrutan de lo que les preparo y ese es para mí el mejor regalo que Dios me puede dar”.
Es que en realidad no hay nadie en el mundo capaz de preparar los platos de la abuela mejor que ella, no solo por el sabor sino también por los colores y los olores que de ellos emanan.
Hoy como siempre se encargó de poner impecablemente el mantel blanco de seda, un centro de mesa cargado de flores frescas, la loza de porcelana de hace 50 años que nadie se explica cómo consigue conservar intacta, los pesados cubiertos de plata, las copas de cristal que recibió de regalo para su quinto aniversario de casada tras suplicarle a Pedro que las comprara en la tienda del gallego Hermenegildo que estiró la pata una noche de lujuria con una mujer que no era la suya, la jarra gruesa de vidrio con agua mineral y la infaltable botella con soda para ella.
En el fondo de la mesa colgado sobre la pared en posición horizontal se halla un enorme espejo que tiene el efecto no solamente de agrandar el ambiente sino que también tiene la capacidad de potenciar los ruidos del salón.
El marco del espejo es de madera rústica y está trabajado a mano meticulosamente con exquisitos relieves y cubierto con laca color bronce. Isabel siempre se sienta espaldas a él porque sabe que si lo tiene en frente no podrá controlarse de la intensión continua de observarse y eso la vuelve torpe y le molesta.
Prefiere ver como su nuera queda atrapada cual Narciso en su propia imagen y al mantenerse ocupada en su reflejo se olvida de hacer esa clase de comentarios que la vuelven loca, como el último vestido que se compró en su último viaje a América, como ella suele decir olvidándose por completo que el país donde reside queda en este mismo continente, sólo que en la dirección contraria a la que hubiese deseado.
Isabel es orgullosa y nunca deja que la ayuden con nada.
A la única que la deja asistir en las nimiedades de los preparativos es a Beatríz, su nieta mayor que acaba de cumplir los doce.
Guarda la esperanza de que aprenda a atender bien una casa y pueda hacer uso de esos conocimientos cuando le haga falta.
Porque según la abuela una mujer debe saber atender a su marido y ocuparse de que nunca falte nada aún cuando quiera hacer carrera, que la casa es el reino y la carrera un espejismo según ella.
Y Beatríz no contesta. No niega ni acepta, sonríe porque quiere a la abuela y a su lado se siente en buenas manos.
Sabe ella a pesar de su corta edad que para éstas cosas no hay una respuesta única y que todavía no hay necesidad de decidir.
Así que se limita a disfrutar y aprender y tratar de aprehender cada gesto, cada detalle.
Si le preguntan a Bea como quien quiere ser cuando sea grande responde sin dudar que como la abuela Isa pero no sabe decir bien porqué.
Lo que Beatríz no sabe es que lo que quisiera tener es su seguridad y esa mezcla exacta de rudeza y ternura que hacen imposible que te enojes con ella.
Beatríz es en cambio tímida y se siente débil.
Pero la abuela sabe que el tiempo hace milagros porque también en su juventud supo ser frágil y llorona.
“Es que al final una se queda sin lagrimas”, le explica cuando Bea le pregunta "abui, como llegaste a ser así tan fuerte?".
"Una llora tanto tanto tanto que se queda seca por un tiempo.
Hasta la próxima lluvia que te moja el pelo y esas gotas que te tocan se hacen lágrimas nuevas.
Y con el tiempo el corazón se cura un poquito y otro y otro y cuando ya no necesitas más de esas lagrimas se las pasas a alguien para que las use", le contesta Isabel.
Antes Beatríz se quedaba a dormir en lo de la abuela y se leían cuentos. Se quedaban despiertas hasta altas horas de la noche hasta que caían las dos profundamente dormidas en la misma cama.
Pero cuando Bea cumplió los diez,
Isabel tuvo serios problemas de espalda y ya no la dejaron venir más.
"Para no cargar a la abuela", le decían, pero ninguna de las dos se quedó muy a gusto con la excusa.
De todas formas encontraban siempre la manera de escabullirse a solas y mantener sus tan gustosas conversaciones de adultas, en las que la abuela le contaba sus secretos y Bea absorbía cada dato como un manjar del cielo.
En unos instantes llegarían todos y comerían en media hora lo que Isabel había preparado durante un día entero.
Luego servirá la torta de manzana y ofrecerá café para todos.
Para ella se preparará un té porque según dice el café le cae mal. Sin embargo cuando le ataca el dolor de cabeza es lo único que se lo quita, un poco de cafeína como remedio que nadie más parece conocer pero tampoco le discuten.
Eso si, el té con cuatro cucharaditas de azúcar para que le endulce la vida un poco más. Nunca hay nada demasiado dulce asegura.
Es por esa misma razón que las tartas y los postres de la abuela son los favoritos de los chicos puesto que siempre agrega el doble de endulzante a lo establecido en las recetas.
Y como siempre, lo mejor quedará para el final.
Para las cuatro de la tarde, cuando ya todos estén tirados en el sillón con la barriga llena y el corazón contento y los más pequeños estén corriendo por los cuartos con los juguetes nuevos que la abuela les compra cada reunión.
Es entonces que Isabel acudirá a su cita pero esta vez acompañada por su nieta.
Beatríz estrenará un vestido nuevo de color pastel como es su costumbre y se sentará en una silla a la sombra del gomero. Isabel arrimará su té a la mesa y Manuelita se ubicará entre sus piernas esperando que le cuente lo que pasa alrededor, ronroneando sin molestar a las visitas.
Y así estarán horas, en silencio o charlando de mujer a mujer.
O simplemente, mirando a la gente pasar.
sábado, 17 de septiembre de 2011
robando sueños ajenos
Esta historia es la historia de una mujer que era tan pero tan pero tan pobre que ni sueños tenía.
Ella no sabía lo que era un sueño propio.
Sabe uno sin que se lo expliquen demasiado que los sueños son el alimento del alma y tan necesarios como un plato caliente una vez al día,
un techo más o menos fijo y algo de ropa que nos cubra el cuerpo.
Pero esta mujer, que se llamaba Marta era muy muy muy pobre.
Así que iba por la vida agarrándose de los sueños ajenos pensando que podía hacerlos suyos.
Robó sueños de gente que se descuidó , se llevó de mostradores sueños que ya estaban envueltos para regalo con tarjeta y todo,
pisoteó otros que encontró en su camino y que le parecieron insulsos y despreció a los que quisieron compartir con ella de buena fé.
Y todo eso al final para nada porque no importaba qué fueran ni para qué, no sabía ni siquiera cómo usarlos.
Pero un día pasó algo sorpresivo que cambió el rumbo de las cosas.
Ya cansada de ir tras sueños que no comprendía y de no encontrarles sentido, y además,con una frustración de novela,
salió Marta a despejarse un poco y a caminar sin rumbo.
Caminó y caminó y fue tanto lo que anduvo que llegó a un lugar en el que no había estado nunca.
Llegó al mar. Entonces tocó la arena y se mojó en el agua y se baño desnuda y se sintió hechizada.
Y de golpe se dió cuenta que ya no se sentía pobre.
Porque la pobreza en el caso de Martita era más bien un estado interior, que es la más cruda de todas las pobrezas.
Y se llenó de ganas, de deseo y de coraje y nadó.
Nadó hasta quedar agotada. Se tiró en la arena y se quedó dormida.
Y soñó dormida y soñó después también despierta.
Y se compró una casita chiquitita en la playa y ya nunca más tuvo necesidad de andar por la vida robando sueños ajenos ni pedirlos de prestado.
Ella no sabía lo que era un sueño propio.
Sabe uno sin que se lo expliquen demasiado que los sueños son el alimento del alma y tan necesarios como un plato caliente una vez al día,
un techo más o menos fijo y algo de ropa que nos cubra el cuerpo.
Pero esta mujer, que se llamaba Marta era muy muy muy pobre.
Así que iba por la vida agarrándose de los sueños ajenos pensando que podía hacerlos suyos.
Robó sueños de gente que se descuidó , se llevó de mostradores sueños que ya estaban envueltos para regalo con tarjeta y todo,
pisoteó otros que encontró en su camino y que le parecieron insulsos y despreció a los que quisieron compartir con ella de buena fé.
Y todo eso al final para nada porque no importaba qué fueran ni para qué, no sabía ni siquiera cómo usarlos.
Pero un día pasó algo sorpresivo que cambió el rumbo de las cosas.
Ya cansada de ir tras sueños que no comprendía y de no encontrarles sentido, y además,con una frustración de novela,
salió Marta a despejarse un poco y a caminar sin rumbo.
Caminó y caminó y fue tanto lo que anduvo que llegó a un lugar en el que no había estado nunca.
Llegó al mar. Entonces tocó la arena y se mojó en el agua y se baño desnuda y se sintió hechizada.
Y de golpe se dió cuenta que ya no se sentía pobre.
Porque la pobreza en el caso de Martita era más bien un estado interior, que es la más cruda de todas las pobrezas.
Y se llenó de ganas, de deseo y de coraje y nadó.
Nadó hasta quedar agotada. Se tiró en la arena y se quedó dormida.
Y soñó dormida y soñó después también despierta.
Y se compró una casita chiquitita en la playa y ya nunca más tuvo necesidad de andar por la vida robando sueños ajenos ni pedirlos de prestado.
jueves, 1 de septiembre de 2011
la bolsa negra de cuero
Estaba oscuro adentro de la bolsa negra de cuero pero ella no se daba cuenta.
Leticia estaba encandilada por los brillos que se veían dentro.
Llegó allí totalmente fascinada por los colores falsos de lo que pareció ser el mejor de los tesoros.
El hombre de la bolsa, le mostró uno a uno y estratégicamente sus caudales.
Al principio fue un pequeño anillo de dulzuras y una caja de bombones.
Luego un paseo a la luz de la luna con encajes de estrellitas.
Y más tarde regalos suculentos de cosas a las que ella no podía acceder tan facilmente.
A cambio le pidió la entrega de todo su tiempo y pensamientos.
La exclusividad sin distinciones en todos los aspectos.
Creyó Leticia que sus privaciones valían la pena, encandilada por el aspecto fuerte y seductor de quién parecía ser la perfecta imagen
de lo que toda mujer soñaba.
No vió que caía en una trampa y sin pensarlo dos veces se dejó llevar por la ilusión, por un deseo que se volvió obsesión al poco tiempo.
Sus días eran para esperar un llamado, un pedido, un encuentro.
La transformación fue paulatina pero notoria.
Para todos menos para ella. Y no quiso escuchar y se volvió sorda.
En su mundo no hubo más lugar, espacio ni aire que no fuese para él.
Tonta como una quinceañera sin experiencia quedó también ciega.
Le cubrieron los brillantes falsos la mirada.
La facilidad de conseguir respuestas le cubrieron los sentidos.
Y cayó dentro de aquel saco mareada de esperanzas. Necesitada y torpe.
Los días pasaron y empezó a sentir asfixia, el aire adentro de aquel saco de piedritas de colores no llegaba a sus pulmones y pidió salir pero nadie parecia escuchar su voz debilitada.
Su voz interna que en un principio le quiso avisar del peligro había quedado ronca. Ronca de gritar en vano.
Quiso abrir la bolsa y tomar un poco de aire pero no consiguió abrirla y pensó.
Entonces pensó. Hacía demasiado calor adentro y el aire era pesado y se sentía sin fuerzas.
Se miró las manos flacas de no haber comido varios días y vio que sus uñas estaban tan largas como garras.
Empezó a hacer cortes de a poquito para que él no se diera cuenta.
Sospechó que si su intento de escape era demasiado obvio otra bolsa más gruesa sería al único lugar al que llegaría y actuó con cuidado.
Cuando el agujero fue lo bastante grande como para salir de allí, esperó que el hombre de la bolsa se quedara dormido.
Entonces salió pero no se dio por satisfecha.
Cosió el saco para que quedara entero nuevamente y puso todos los brillantes, los diamantes y demás regalos dentro.
Lo ató entonces al cuello de aquel hombre con siete vueltas de hilo de plata, que no se puede cortar más que con la muerte,
para que sepa de por vida lo que pesan las falsas esperanzas.
Entonces sí salió por la puerta principal de aquella casa que nunca había sido suya, triste pero orgullosa de sí misma,
Jurándose que nunca más en lo que le quedara de vida volvería a reírse frente a alguien que le dijera que los cucos en realidad existen.
Leticia estaba encandilada por los brillos que se veían dentro.
Llegó allí totalmente fascinada por los colores falsos de lo que pareció ser el mejor de los tesoros.
El hombre de la bolsa, le mostró uno a uno y estratégicamente sus caudales.
Al principio fue un pequeño anillo de dulzuras y una caja de bombones.
Luego un paseo a la luz de la luna con encajes de estrellitas.
Y más tarde regalos suculentos de cosas a las que ella no podía acceder tan facilmente.
A cambio le pidió la entrega de todo su tiempo y pensamientos.
La exclusividad sin distinciones en todos los aspectos.
Creyó Leticia que sus privaciones valían la pena, encandilada por el aspecto fuerte y seductor de quién parecía ser la perfecta imagen
de lo que toda mujer soñaba.
No vió que caía en una trampa y sin pensarlo dos veces se dejó llevar por la ilusión, por un deseo que se volvió obsesión al poco tiempo.
Sus días eran para esperar un llamado, un pedido, un encuentro.
La transformación fue paulatina pero notoria.
Para todos menos para ella. Y no quiso escuchar y se volvió sorda.
En su mundo no hubo más lugar, espacio ni aire que no fuese para él.
Tonta como una quinceañera sin experiencia quedó también ciega.
Le cubrieron los brillantes falsos la mirada.
La facilidad de conseguir respuestas le cubrieron los sentidos.
Y cayó dentro de aquel saco mareada de esperanzas. Necesitada y torpe.
Los días pasaron y empezó a sentir asfixia, el aire adentro de aquel saco de piedritas de colores no llegaba a sus pulmones y pidió salir pero nadie parecia escuchar su voz debilitada.
Su voz interna que en un principio le quiso avisar del peligro había quedado ronca. Ronca de gritar en vano.
Quiso abrir la bolsa y tomar un poco de aire pero no consiguió abrirla y pensó.
Entonces pensó. Hacía demasiado calor adentro y el aire era pesado y se sentía sin fuerzas.
Se miró las manos flacas de no haber comido varios días y vio que sus uñas estaban tan largas como garras.
Empezó a hacer cortes de a poquito para que él no se diera cuenta.
Sospechó que si su intento de escape era demasiado obvio otra bolsa más gruesa sería al único lugar al que llegaría y actuó con cuidado.
Cuando el agujero fue lo bastante grande como para salir de allí, esperó que el hombre de la bolsa se quedara dormido.
Entonces salió pero no se dio por satisfecha.
Cosió el saco para que quedara entero nuevamente y puso todos los brillantes, los diamantes y demás regalos dentro.
Lo ató entonces al cuello de aquel hombre con siete vueltas de hilo de plata, que no se puede cortar más que con la muerte,
para que sepa de por vida lo que pesan las falsas esperanzas.
Entonces sí salió por la puerta principal de aquella casa que nunca había sido suya, triste pero orgullosa de sí misma,
Jurándose que nunca más en lo que le quedara de vida volvería a reírse frente a alguien que le dijera que los cucos en realidad existen.
jueves, 11 de agosto de 2011
esa loca que circulava por el barrio
En el barrio Pocitos cuando yo era una infante habían pocas personalidades que hoy recuerde como interesantes pero habían dos que me inquietaban en particular.
Una, era un niño con síndrome de Down que se paseaba a diario sólo por el barrio y nos miraba a todas las niñas con cara de libidinoso y se tocaba la verga al mismo instante.
Otra, era un mujer conocida por todos a la que le atribuíamos simplemente el apodo de "la loca del barrio".
La loca del barrio siempre estaba con zapatos rojos de taco alto.
Pero creo yo que tenía varios pares iguales puesto que siempre estaban relucientes e impecables como nuevos.
En invierno también usaba zapatos rojos de taco.
Cuando llovía también.
Quizás estaba tan ida de lo que eran los principios de la naturaleza, tan más allá del bien y del mal que ni siquiera era capáz de sentir frío.
Su ropa eran una mezcla extraña de colores vívidos y siempre andaba de pollera y con medias de nylon rasgadas.
Había una falda en particular que me gustaba mucho, lo recuerdo bien.
Era una falda larga con varios retazos como las de los dibujos de Sarah Kay de la que yo era fanática y tenía todas las figuritas y repetidas.
Creo que junté y completé unos tres álbumes y todos mis pocos ahorros se iban en ello.
No me acuerdo qué hice al final con tanta pegotina pero aún hoy me siguen emocionando esos dibujos inocentes y amorosos.
Tanto como Mafalda o como la Chacha Mama de Patoruzú.
Llevaba el pelo revuelto como si hubiese salido recién de una escena de amor pasional sin pasar antes por un espejo y los labios siempre embadurnados con un rouge carmesí más ardientes que el fuego mismo.
Toda ella era fuego.
Me daba tanto miedo como curiosidad.
Andaba por la vida cantando y hablando sola.
No sé si consigo misma o con algún ser imaginario o varios.
Y la mirada...la mirada perdida en un mundo al que sólo ella tenía acceso.
Me pregunto cómo serían los pájaros en aquel lugar y si habrían muchas mariposas amarillas.
"La loca" no miraba por dónde iba.
Era un milagro que no muriese atropellada por algún ómnibus.
Yo la miraba cruzar la calzada llena de miedo.
Por ella misma y por mí misma.
No quería ser testigo de tanto rojo esparcido frente a mis ojos ni que mi fuente de inspiración muriese de una forma tan humana.
Me inclinaba más bien a la idea de que un ser tan particular debería tener un final más romántico; como desaparecer o ser secuestrada por extraterrestres.
A veces se la veía en la playa divagando, juntando arena en bolsas.
Qué la llevó a tal estado no lo sabía entonces.
Se decía que copulaba con perros pero nunca la vi acompañada por estos encantadores cuadrúpedos.
Se decía que había sido víctima de una violación grupal que la dejó detenida un un lugar sin tiempo.
Yo le tenía lástima y también a mí misma por ser incapáz de comprender.
Un día, cuando terminé el sexto grado de la escuela primaria y volvía a casa tan sóla como ella me llené de coraje y la miré a los ojos, le sonreí y le dije un tímido "hola".
"La loca" se me quedó mirando totalmente anonadada y se acercó como para acariciarme la cara.
Me inundó el pavor y me alejé a pasos rápidos sin atreverme a no escuchar mis instintos de supervivencia.
Pude sentir su decepcion y me sentí cobarde.
Se dió la vuelta y retomó sus pasos en un tiempo que se me hizo como de cámara lenta, en esos segundo que demoran siglos.
Quise ir tras ella pero mis pies estaban pegados al asfalto y aún así pude escuchar desde dónde me encontraba que se fue cantando una canción de cuna.
Entonces comprendí que lo único quizás que puede dejar a una mujer en tal estado es la pérdida de algo más sagrado.
Y sentí que era yo la que me volvía loca.
De dolor.
Una, era un niño con síndrome de Down que se paseaba a diario sólo por el barrio y nos miraba a todas las niñas con cara de libidinoso y se tocaba la verga al mismo instante.
Otra, era un mujer conocida por todos a la que le atribuíamos simplemente el apodo de "la loca del barrio".
La loca del barrio siempre estaba con zapatos rojos de taco alto.
Pero creo yo que tenía varios pares iguales puesto que siempre estaban relucientes e impecables como nuevos.
En invierno también usaba zapatos rojos de taco.
Cuando llovía también.
Quizás estaba tan ida de lo que eran los principios de la naturaleza, tan más allá del bien y del mal que ni siquiera era capáz de sentir frío.
Su ropa eran una mezcla extraña de colores vívidos y siempre andaba de pollera y con medias de nylon rasgadas.
Había una falda en particular que me gustaba mucho, lo recuerdo bien.
Era una falda larga con varios retazos como las de los dibujos de Sarah Kay de la que yo era fanática y tenía todas las figuritas y repetidas.
Creo que junté y completé unos tres álbumes y todos mis pocos ahorros se iban en ello.
No me acuerdo qué hice al final con tanta pegotina pero aún hoy me siguen emocionando esos dibujos inocentes y amorosos.
Tanto como Mafalda o como la Chacha Mama de Patoruzú.
Llevaba el pelo revuelto como si hubiese salido recién de una escena de amor pasional sin pasar antes por un espejo y los labios siempre embadurnados con un rouge carmesí más ardientes que el fuego mismo.
Toda ella era fuego.
Me daba tanto miedo como curiosidad.
Andaba por la vida cantando y hablando sola.
No sé si consigo misma o con algún ser imaginario o varios.
Y la mirada...la mirada perdida en un mundo al que sólo ella tenía acceso.
Me pregunto cómo serían los pájaros en aquel lugar y si habrían muchas mariposas amarillas.
"La loca" no miraba por dónde iba.
Era un milagro que no muriese atropellada por algún ómnibus.
Yo la miraba cruzar la calzada llena de miedo.
Por ella misma y por mí misma.
No quería ser testigo de tanto rojo esparcido frente a mis ojos ni que mi fuente de inspiración muriese de una forma tan humana.
Me inclinaba más bien a la idea de que un ser tan particular debería tener un final más romántico; como desaparecer o ser secuestrada por extraterrestres.
A veces se la veía en la playa divagando, juntando arena en bolsas.
Qué la llevó a tal estado no lo sabía entonces.
Se decía que copulaba con perros pero nunca la vi acompañada por estos encantadores cuadrúpedos.
Se decía que había sido víctima de una violación grupal que la dejó detenida un un lugar sin tiempo.
Yo le tenía lástima y también a mí misma por ser incapáz de comprender.
Un día, cuando terminé el sexto grado de la escuela primaria y volvía a casa tan sóla como ella me llené de coraje y la miré a los ojos, le sonreí y le dije un tímido "hola".
"La loca" se me quedó mirando totalmente anonadada y se acercó como para acariciarme la cara.
Me inundó el pavor y me alejé a pasos rápidos sin atreverme a no escuchar mis instintos de supervivencia.
Pude sentir su decepcion y me sentí cobarde.
Se dió la vuelta y retomó sus pasos en un tiempo que se me hizo como de cámara lenta, en esos segundo que demoran siglos.
Quise ir tras ella pero mis pies estaban pegados al asfalto y aún así pude escuchar desde dónde me encontraba que se fue cantando una canción de cuna.
Entonces comprendí que lo único quizás que puede dejar a una mujer en tal estado es la pérdida de algo más sagrado.
Y sentí que era yo la que me volvía loca.
De dolor.
jueves, 21 de julio de 2011
el diablo disfrazado de rojo
Volvía yo de trabajar y estaba por sentarme a tomar algo fresco cuando golpearon a mi puerta.
Tres golpes secos me sobresaltaron.
Los chicos estaban en el cuarto armando un puzzle, por fin un poco de tranquilidad y yo ya me veía disfrutando de un poco de silencio.
Me acerqué a la puerta y miré por la rendija, que mi desconfianza no me permite a abrir la puerta ni a mi propia sombra.
Pero no era mi sombra la que estaba del otro lado sino una figura masculina de aspecto tentador vestida de rojo.
Pregunté quién era y la respuesta me sobresaltó aún más que los tres golpes secos anteriores de sus nudillos.
“Vengo de parte del diablo”, me dijo, “traigo un mensaje importante”.
Mi primer impulso fue agarrar a los niños y tirarme por la ventana del primer piso pero la curiosidad mató al gato y yo soy gato.
Así que abrí la puerta y él pasó.
Me miró con los ojos amarillos y me preguntó si podía pasar.
Pasó.
- Necesito informarle que por falta de presupuesto el infierno está en quiebra y ya no tendrá lugar en el mismo.
- ¿Cómo que el infierno? Si yo no le hecho mal a nadie, pregunté sorprendidísima.
- Eso es lo que usted cree. A nosotros nos ha llegado información fidedigna de que ha actuado en forma desconsiderada en numerosas ocasiones.
- A ver si me explica porque no le entiendo.
- Decir la verdad no siempre es bien recibido y además se le acusa de holgazana, inconformista, feminista, izquierdista y otros istas que en este momento no recuerdo. La lista es larga.
- Menos mal que no soy negra homosexual porque de lo contrario directamente me mandaban a la mierda en lugar de al infierno.
Al menos en algún lugar estaban dispuestos a darme cobijo una vez muerta, respondí enojada y confirmando que las acusaciones hacia mi persona eran ciertas.
- Sí, pero usted sabe como son estas cosas.
Con el dinero del clero se mantiene el Paraíso y algo queda para el Purgatorio.
Nosotros vivimos de donaciones y este año con lo mal que está la mala situación mundial a nivel económico no hemos tenido más remedio que declararnos en quiebra.
(Al menos era sincero. Eso me gustaba)
- Supongo que tendrán algún plan alternativo para estos casos…, consulté.
- La verdad es que no. Por eso estoy yendo casa por casa para ver si pueden ayudar con algún aporte,
una cómoda mensualidad que nos permita darle refugio a tanta gente que está en la misma situación.
- ¿Y el diablo no tiene contactos por algún lado en el Paraíso?
- Ya ha golpeado todas las puertas posibles sin resultado. Esta es nuestra última opción.
- Pues lamento decepcionarlo pero este año es imposible. A mi marido lo despidieron y a duras penas llegamos a fin de mes.
- Bueno mire, yo le dejo mi número de celular. Cualquier cosa usted me llama.
De todas maneras desde ya le digo que como usted me ha caído muy bien voy a ver qué puedo hacer para conseguirle un lugar en el purgatorio,
que al paraíso no entra seguro. Allí van nomás los que tienen cuña con algún ángel o a lo sumo arcángeles.
Yo la pongo al tanto apenas sepa algo. O en lista de espera.
Usted no se preocupe que yo me hago cargo y los gastos corren por mi cuenta.
- No sabe cuánto se lo agradezco. Todos tenemos derecho a un hogar ¿no?
- Ya lo creo. Cuídese.
Cuando se fue vi que mi niña miraba desde el pasillo la escena con ojos asustados.
- Mamá, ¿quién era ese hombre?
- Un amigo de mamá, le respondí segura de mi respuesta.
- ¡ Pero tiene cara de malo!
- Ay, mi amor, no te dejes lleva por las apariencias. Las apariencias
engañan.
Tres golpes secos me sobresaltaron.
Los chicos estaban en el cuarto armando un puzzle, por fin un poco de tranquilidad y yo ya me veía disfrutando de un poco de silencio.
Me acerqué a la puerta y miré por la rendija, que mi desconfianza no me permite a abrir la puerta ni a mi propia sombra.
Pero no era mi sombra la que estaba del otro lado sino una figura masculina de aspecto tentador vestida de rojo.
Pregunté quién era y la respuesta me sobresaltó aún más que los tres golpes secos anteriores de sus nudillos.
“Vengo de parte del diablo”, me dijo, “traigo un mensaje importante”.
Mi primer impulso fue agarrar a los niños y tirarme por la ventana del primer piso pero la curiosidad mató al gato y yo soy gato.
Así que abrí la puerta y él pasó.
Me miró con los ojos amarillos y me preguntó si podía pasar.
Pasó.
- Necesito informarle que por falta de presupuesto el infierno está en quiebra y ya no tendrá lugar en el mismo.
- ¿Cómo que el infierno? Si yo no le hecho mal a nadie, pregunté sorprendidísima.
- Eso es lo que usted cree. A nosotros nos ha llegado información fidedigna de que ha actuado en forma desconsiderada en numerosas ocasiones.
- A ver si me explica porque no le entiendo.
- Decir la verdad no siempre es bien recibido y además se le acusa de holgazana, inconformista, feminista, izquierdista y otros istas que en este momento no recuerdo. La lista es larga.
- Menos mal que no soy negra homosexual porque de lo contrario directamente me mandaban a la mierda en lugar de al infierno.
Al menos en algún lugar estaban dispuestos a darme cobijo una vez muerta, respondí enojada y confirmando que las acusaciones hacia mi persona eran ciertas.
- Sí, pero usted sabe como son estas cosas.
Con el dinero del clero se mantiene el Paraíso y algo queda para el Purgatorio.
Nosotros vivimos de donaciones y este año con lo mal que está la mala situación mundial a nivel económico no hemos tenido más remedio que declararnos en quiebra.
(Al menos era sincero. Eso me gustaba)
- Supongo que tendrán algún plan alternativo para estos casos…, consulté.
- La verdad es que no. Por eso estoy yendo casa por casa para ver si pueden ayudar con algún aporte,
una cómoda mensualidad que nos permita darle refugio a tanta gente que está en la misma situación.
- ¿Y el diablo no tiene contactos por algún lado en el Paraíso?
- Ya ha golpeado todas las puertas posibles sin resultado. Esta es nuestra última opción.
- Pues lamento decepcionarlo pero este año es imposible. A mi marido lo despidieron y a duras penas llegamos a fin de mes.
- Bueno mire, yo le dejo mi número de celular. Cualquier cosa usted me llama.
De todas maneras desde ya le digo que como usted me ha caído muy bien voy a ver qué puedo hacer para conseguirle un lugar en el purgatorio,
que al paraíso no entra seguro. Allí van nomás los que tienen cuña con algún ángel o a lo sumo arcángeles.
Yo la pongo al tanto apenas sepa algo. O en lista de espera.
Usted no se preocupe que yo me hago cargo y los gastos corren por mi cuenta.
- No sabe cuánto se lo agradezco. Todos tenemos derecho a un hogar ¿no?
- Ya lo creo. Cuídese.
Cuando se fue vi que mi niña miraba desde el pasillo la escena con ojos asustados.
- Mamá, ¿quién era ese hombre?
- Un amigo de mamá, le respondí segura de mi respuesta.
- ¡ Pero tiene cara de malo!
- Ay, mi amor, no te dejes lleva por las apariencias. Las apariencias
engañan.
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