viernes, 11 de mayo de 2012

nada que decir, nada que callar

nada que decir, nada que callar
Cuando era pequeña pensaba que la voz se gastaba, que llegaría un momento en el que de tanto hablar me quedaría muda, porque la voz dura un tiempo, y yo estaba malgastándola con palabras sin sentido que no decían nada importante.
A sí que durante unos días decidí hablar poco, casi nada.
Tenía que pensar bien cada palabra y cada frase, no quería quedarme sin voz antes de decir todo lo que tenía que decir.
Y… la inspiración no llegaba.
Pensaba mucho, si, pero todo se quedaba dentro de mi cabeza porque no encontraba las palabras adecuadas para expresarlo.
Aproximadamente tardé una semana en darme cuenta de que aquello no tenía ningún sentido, porque la gente, en general, suele hablar mucho y decir poco.
A sí que yo, cansada de tanto silencio, decidí volver a malgastar mis palabras esta vez, sin temor a perderlas. Lo bueno de todo esto es que aprendí una cosa: a escuchar, y eso al parecer sí era importante.
Pero por aquél entonces yo, que sólo era una niña, pensaba que la vida era mucho más que todo eso y que sólo tendría que esperar a crecer y hacerme mayor para encontrar las respuestas de todas las preguntas que me hacía y que nunca había sabido responder.
A sí que durante mucho tiempo, decidí no preocuparme por nada y esperar a que las cosas ocurriesen por sí solas, a que las palabras, las de verdad, saliesen por mi boca como si nada.
Pero el tiempo pasó, pasó y pasó tanto que me hice mayor, tan mayor que ya era tarde para hacer todo lo que tenía que hacer y decir todo lo que tenía que decir.
Y ahora me encuentro sentada en este sofá, intentando responder las mismas preguntas que se hacía aquella niña hace hoy ya tantos años.
El tiempo ha pasado tan deprisa que no me he dado ni cuenta, vaya.
Y tiene que ser hoy, justamente hoy, cuando me doy cuenta de que esta vida no se puede rebobinar.

miércoles, 11 de abril de 2012

el jugador

Este es el relato premiado.
Espero que os guste, aunque el estilo es muy diferente.
También espero que no os resulte demasiado largo.
Muchas gracias por vuestro interés

Yo ya sé que resulto desagradable y que, cuando entro en un casino, los rostros se vuelven, ceñudos, hacia mí.
Todos los que son alguien en este mundillo, hasta los croupiers, me conocen y no se molestan en disimular su tirria.
Incluso he visto a alguno que, al pasar yo a su lado, escupía despectivamente por un lado de la boca. Sin embargo, no me pueden impedir la entrada.
Ya quisieran, pero en ninguna regla, ningún estatuto, ninguna base se dice nada contra mi forma de jugar.

Cruzo, pues, la sala entre la mirada punzante de los jugadores y me siento a la mesa más poblada de texas hold´em.
La mayoría, entonces, aunque vayan ganando, recoge sus fichas, se levanta de la silla y se traslada a otra mesa.
“Se acabó la diversión”, mascullan entre dientes.
Pero algunos, los pocos que aún no me conocen, o los que, pese a todo, confían en derrotarme, se quedan.
Reconstruyen sus montones de fichas y, pasándose una entre los nudillos, como corresponde a jugadores experimentados, aguardan expectantes a que el croupier reparta.

Yo coloco mis dos manos, abiertas y hacia abajo, sobre el tapete, y con indiferencia aguardo a que caigan las dos cartas antes mí. No las miro.
Nunca las he mirado.
Eso es lo que pone nerviosos a mis contrincantes: mientras ellos agarran los naipes y echan una mirada rápida, casi furtiva, con el mayor sigilo, a la suerte que les ha tocado, yo ni siquiera toco mis cartas.
Les miro a ellos.
Observo sus reacciones, escruto sus gestos, analizo el brillo de decepción en sus ojos o sus ímprobos esfuerzos por permanecer tranquilos y disimular.
Es más, ni siquiera contemplo cómo se desarrolla la jugada, cómo el croupier va disponiendo sobre el tapete el resto de los naipes.

Solo miro a los otros, a los de enfrente.

Y aun escondidos tras gorras y gafas de sol, aun abrazados a las caderas de una señorita, aun borrachos y caóticos, e incluso a los profesionales del hieratismo, les adivino su jugada.
Quiero decir: sé si están convencidos de ganar, en cuyo caso me retiro de la mano con una sonrisa; o sé si albergan dudas, si piensan que van a perder, y en tal caso, sin dejar de mirar a mi oponente, doy dos golpes en la mesa.
“Veo”, y sostengo la apuesta.
A veces empujan con las dos manos su montón hacia el centro del tapete.
“Mi resto”, dicen.
Pero yo no dudo ni un momento ante el farol.
Asiento con la cabeza, cuento con calma las fichas del órdago y en montones rectos y estables las deposito con cuidado junto a la montonera de fichas del centro. Descubre entonces el otro sus dos cartas y yo hago lo propio con las mías, pero ni aún así las miro.
Nunca las miro.
Nunca he sabido cuál es mi jugada.
Me limito a seguir con la vista fija en mi contrincante y escucho entonces el “¡oh!” de admiración de quienes se han ido juntando en torno de la mesa, mientras, invariablemente, el croupier reúne las fichas y las empuja hacia mi dirección.

A lo largo de estos años, he visto todo tipo de reacciones en el de enfrente.
Desde arrojar la gorra o las gafas, airado, sobre el tapete, a extenderme la mano con una sonrisa.
Los borrachos suelen balbucir un “enhorabuena”, y los que jugaban abrazados a las caderas de una señorita me guiñan un ojo, en reconocimiento de mi triunfo. Los profesionales suelen tomar peor su derrota.
Mientras ordeno mis montones de fichas, alguno se acerca para decirme que esa no es manera de jugar.
“El póker no es un juego de azar, tío.
Cómprate un décimo de lotería, o cuélgate de la palanca de una tragaperras, pero aquí no vengas a joder.
El póker es un deporte de paciencia, inteligencia, cálculo, memoria…”.
Yo les escucho mientras reconstruyo mis montones.
En silencio.
Sin hacer apenas un gesto.
“Algún día se te acabará la suerte”, es costumbre que concluyan, mientras me señalan amenazadoramente con el dedo.

Ha comenzado una nueva partida.

—Veo —y vuelvo a empujar un montón hacia delante, mis dos cartas frente a mí, siempre boca abajo, sin que haya puesto siquiera un dedo sobre ellas.
La vista fija en el contrario.

—¿Dónde aprendiste a jugar así?
—me preguntó cierto día un compañero de mesa, un joven vestido de traje, con el cabello cuidadosamente peinado, los zapatos lustrosos, reloj de esfera dorado, un joven novato al que acababa de desplumar.
No preguntaba con ánimo insidioso; la suya era pura curiosidad.

Me resultaría difícil explicarlo, en caso que quisiera.
Largo y difícil sería hablarle de aquellos años en que andaba con la pandilla, chavales del barrio que no teníamos el menor interés en estudiar.
Nuestros padres tampoco parecían preocuparse por el asunto y nosotros, chicos fogosos, matábamos el tiempo merodeando por la estación de autobuses, un sitio lleno de oportunidades para el que tiene un poco de vista: aglomeraciones, escaleras, ascensores, bolsos descuidados sobre los respaldos, maletas que se abandonan un momento para hacer una llamada, móviles que se dejan sobre el mostrador para buscar el billete….

De todo ello podía uno escabullirse cargado de relojes, tarjetas, carteras.

Yo, sin embargo, prefería aguardar agazapado entre las columnas de la estación.
Los autobuses se detenían con un bufido neumático, abrían las puertas y los pasajeros comenzaban a descender en compacto tropel.
Tenía que surgir alguna buena oportunidad. Tenía que surgir.
Uno de mis compañeros, agazapado él también tras una columna, había abandonado ya su refugio y se colaba entre los viajeros.
Estos, en vocinglero tumulto, bajaban sus pertenencias del maletero y las dejaban en el andén, para agacharse a por más.
Yo veía la cabeza de mi compañero entre la masa de la gente y, de pronto un grito, una voz ronca que suelta una imprecación, una pequeña ebullición en el centro de la muchedumbre.
Ruido de carreras, gritos de “¡eh, al ladrón!” que retumban por los pasillos.
Todo el mundo, alarmado por el incidente, entre asustado y curioso, gira la cabeza en la dirección de las voces.
Todo el mundo queda en suspenso durante varios segundos, momento en que yo aprovecho para salir de detrás de mi columna y dirigirme, aparentando también perplejidad, al montón de sus pertenencias…

—¿Dónde aprendiste a jugar así? —insiste el joven de los zapatos lustrosos y el reloj dorado.

Me resultaría difícil explicarle, aunque quisiera, la satisfacción con la que entraba en el bar, el bolsillo lleno de billetes. Algunos habían sido directamente trasegados desde las carteras; otros los había obtenido después de una venta rápida en el lugar de costumbre, un estanco a cuya trasera una señora gorda y vestida de negro “recepcionaba el material”; así se dice, al menos, en la jerga de la policía. Entraba en el bar y allí al fondo, detrás de una cortina, mi padre y otros tres expelían humo en abundancia, en torno a una mesa redonda.
Descorría la cortina y mi padre me saludaba con una voz extemporánea:
“Hola, hijo”, por ejemplo.
A veces “hola, chaval”. Y luego me decía:
“Siéntate a mi lado, que me traes suerte”.
A veces me alborotaba el cabello por la parte de la nuca, en señal de bienvenida.

No era mal tipo mi padre.
Yo, con el mayor disimulo, le deslizaba en el bolsillo los billetes que acababa de conseguir.
Mi padre procuraba poner cara indiferente mientras “recepcionaba el material” Sin embargo, nunca era tan hábil como para que los de enfrente dejaran de percibir sus movimientos.
A veces ligaba una buena jugada, y desplegaba entonces sus naipes sobre la mesa, con expresión triunfante, pero apenas conseguía arrebañar unos cuantos billetes del bote.
En las jugadas reñidas, cuando el ambiente se espesaba, mi padre luchaba por parecer desinteresado, despistado incluso, y miraba su jugada de continuo, como si de puro mala se le hubiese olvidado.
Yo advertía entonces el brillo fiero en los ojos del de enfrente, la sonrisa de delectación, en ocasiones tan clara que le tiraba a mi padre de la manga. “Déjame, joder”, se sacudía él; y me decía luego por lo bajo: “Nunca vuelvas a hacer eso, sé lo que me hago”, y tiraba las cartas sobre la mesa, con arrogancia.
“Full”, decía, por ejemplo, y se frotaba las manos.
Pero cuando iba a recoger los billetes, una mano le atenazaba la muñeca y una risotada retumbaba en el local.
“¿Dónde vas, pardillo?”.

Cierta vez (pero yo sabía que iba a ocurrir) se lo dejó todo en la última jugada, mientras su contrario simulaba estar demasiado entretenido en la contemplación de sus uñas.
Todo significaba el coche, significaba el piso, significaba incluso el único traje que tenía para ir a trabajar.
“Muéstralas tú primero”, dijo el de enfrente, con una sonrisa irónica e infinitamente cruel.
Porque sabía —él y yo sabíamos— que iba a ganar.

El chaval del traje y el reloj de oro al que acabo de desplumar espera una respuesta.
Yo me encojo de hombros y sigo el curso de la jugada en la que estoy inmerso.

Aquella noche, la que lo perdió todo, volvíamos a casa en silencio.
Al ir a cruzar una calle, tropecé y no sabría decir cómo se me desprendió una suela del zapato.
Mi padre se agachó a recogerla con un bufido y se levantó con una furia desconocida.
Me empujó hacia delante, “imbécil, a ver si miras por dónde andas” y me acorraló contra una pared.
“Ahora va a haber que comprarte unos zapatos, subnormal”, y me dio la vuelta a manotazos, me agarró del cuello y armó un puño frente a mi cara.
Un puño que temblaba, como a punto de ser descargado sobre mí.
“Subnormal”, no paraba de decirme.

Pero yo le miraba a los ojos y, aunque amedrentado yo y enfurecido él, alcancé a discernir que, pese a todo, nunca descargaría el puño sobre mí.

No era mal tipo mi padre. Pero no sabía ir de farol.

Es por eso —sería largo de explicar al joven arruinado— que yo no miro mis cartas. Nunca miro mis cartas.
Sólo miro a los ojos del contrario y sé si puede ganársele, en cuyo caso cubro las apuestas, o si están convencidos de su victoria y vienen a destrozarme.
En ese caso, con la sonrisa más humilde y más sumisa que puedo desplegar, me retiro.

Todo depende de un brillo de los ojos, o de un leve rictus de los labios.
No es difícil de identificar.

domingo, 11 de marzo de 2012

MAX AUB Y EL COJO

MAX AUB Y EL COJO
– Estamos de cuentos y quiero aprovechar para comentar otro que, desde que lo leí, hace algunos años,
no deja de rondarme de vez en cuando, o de cuando en vez.
Se llama "El cojo" y es de Max Aub, uno de los grandes, realmente grandes escritores españoles.
Está ambientado en la Guerra Civil y cuenta que a un hombre cojo, como indica el titulo (no demasiado afortunado, todo hay que decirlo),
un tipo pobre de toda la vida, la República le concede unas tierras expropiadas a un ricachon.
La guerra avanza, los franquistas cercan el pueblo y el cojo, hasta allí reacio,
se ve obligado a tomar el fúsil con verdadera fe para defender la tierra que le han dado y poder el día de mañana dejársela a sus hijos,
y estos a sus nietos, y que de este modo la familia nunca vuelva a pasar hambre.

El cuento es emotivo y lo parece tanto más porque maneja una verdad sencilla y apela a una justicia simple,
arraigada en la tierra y que parece propia de los viejos tiempos del Dios del Sinaí.
Sin embargo, al poco de leerla, me asaltó la duda.

Frente al cojo que defiende la parcela, está, en persona y también fusil en ristre, aquel ricachon al que le expropiaron y que quiere recuperar su finca.
También a su familia, en algún momento, quizás en el Medievo, le concedió el rey aquellas tierras,
también su tatarabuelo luchó por conservarlas y dejarlas en herencia a sus descendientes,
para que, poco a poco, fueran prosperando.
También a él, si bien se mira, le asiste la razón.

Mucho me temo que acabarán mis días sin que le haya encontrado la solución a este cuento.
Lo más parecido a ella me la ofreció cierto día un compañero del trabajo, exaltado no recuerdo ahora mismo por qué.
“Odio a los ricos”, proclamaba, “odio a los ricos”.
“¿Por qué?”,
le pregunté.
“Porque yo no lo soy”.

viernes, 17 de febrero de 2012

TARDE EN EL PARQUE Y UN CUENTO

TARDE EN EL PARQUE Y UN CUENTO



Por pura casualidad, el otro día leí un cuento maravilloso.
Se trataba de algo así como un experimento literario y hacía tiempo que unas líneas no me dejaban maravillado por su originalidad y su construcción.
El otro día, sin embargo, se dieron una serie de coincidencias y, como resultado de ellas,
acabé por cerrar un libro fascinado por un verdadero prodigio de las letras.
Un milagro de la imaginación.
Pero vamos por partes:
Todo empieza porque yo ando estos días melancólico y porque siempre me ha gustado pasear por los parques…

Cerca de mi casa hay un parque muy hermoso, la Quinta de los Molinos, antiguo lugar privado, allá por el XIX,
de unos aristócratas o de unos grandes burgueses que al final, por una serie de vicisitudes, ruinas, malas inversiones y deudas en el juego,
ha venido a quedar en parque público para uso y disfrute del pueblo de Madrid.
¡Que se jodan!, pienso mientras paseo por aquellos lugares donde aún, entre las sobras del botellón, se ven los restos del pabellón chino,
de la casa del reloj, del invernadero, del campo de tenis, de la fuente de la ninfa…
Hay un estanque con cuatro patos gordos a los que los niños ceban con gusanitos de maíz,
unos chavales juegan a un gol regañado y la portería está puesta entre la estatua de Hércules y la de Diana cazadora,
a un tío que pasa haciendo footing le ha dado un sofoco y ha echado un lapo así de gordo en el canal de los nenúfares…
No pienses, sin embargo,amigo bloguero,que esto me parece mal.
Me pone triste, pero me parece cojonudo.
¿Para qué otra cosa sirven las estatuas de Diana?,
¿dónde iban a estar los patos mejor alimentados?...

…Pero a lo que iba, que me disperso.
El caso es que siempre que paseo por un parque bonito me da por ponerme excelso.
Pienso en los universales humanos, en las grandes obras de la sensibilidad, en los capítulos memorables del arte,en las más altas arquitecturas…
Me pongo como sublime y operístico.
Con la cual sublimidad en la cabeza cayó la tarde y volví a mi casa.
Sobre la mesilla, me aguardaba la continuación de El ocho, que llevaba varios días pensándome muy seriamente en dejar a medias;
en la tele estrenaban esa noche una nueva edición de Supervivientes; y para cenar había pizza cuatro quesos precocinada.
Antes de subir abrí el buzón y me encontré un ejemplar de SIE7E, la revista literaria que edita el Ayuntamiento de Coslada y que me mandan en consideración a que una vez participé en un concurso.
El día que se cansen de mí o haya suscriptores más interesados, imagino que dejarán de enviármela.

Yo, lo confieso, le echo a la tal revista un vistazo rápido.
Paso todas las páginas de poesía, empiezo a leer algún artículo pero lo dejo en cuanto se pone pesado, me detengo ante algún cuento...
En este número viene uno que se llama Mediodía en Parque Requet…

Hombre, qué casualidad. Un parque, como del que acabo de venir y sólo por eso le prestè una especial atención en cuanto llegué a casa.

No voy a transcribir el cuento, entre otras cosas porque no creo que me esté permitido por Ramoncín, pero va de lo siguiente (es muy sencillo):
un hombre entra en un parque y comienza a pasear por él.
Transcribo:
"...sombra sobre los edificios que incómodos se estiran fuera de la valla.
La valla hace de frontera: a un lado la ciudad con su hormigón homogéneo,los automóviles histéricos y la sucesión infinita de minutos rancios:
al otro lado, el Paraíso.
El Paraíso es verde.
Verde en las ramas de los árboles, verde en lo setos del Laberinto, verde en los tallos de los rosales,
verde en las briznas del césped y verde en las pinturas de las farolas.
Las farolas sólo se encienden al atardecer..."

¿Te has dado ya cuenta, amigo bloguero?
Pues hábil tú, si lo has hecho a la primera.
A mí algo me sonaba algo raro, armoniosamente raro, y sólo a la tercera lectura lo descubrí:
El autor se detiene, sí, se detiene mucho.
Tras unas cuantas palabras, a veces tras cuatro solamente, se detiene.
Un momento. Punto y seguido.
Luego vuelve a empezar retomando la última o las dos últimas palabras.
Es, en fin, el movimiento natural de un hombre que pasea sin rumbo y se detienen a observar las cosas a su alrededor.
Sencillamente formidable.
Pero la cosa no acaba aquí.
De esta manera, el hombre se va internando poco a poco en el parque:
pasa por delante de la fuente, de la glorieta:
"...El agua pierde la dirección expandiéndose por toda la glorieta.
La glorieta rodea la fuente con bancos de maderaen sus laterales para que desde todas partes pueda verse el espectáculo.
El espectáculo lo están dando..."
En un momento dado, el hombre llega al fondo del parque y, de pronto, contempla un asesinato.
Echa entonces a correr en busca de la salida.
La frase cambia porque ahora el hombre está huyendo y al principio corre sin rumbo, como perdido, pero en un momento determinado encuentra la glorieta
y entonces vuelve hacia atrás por camino conocido, en dirección a la puerta de salida.
"...Azota el viento el agua que brota de las bocas de las trompetas de los querubines dela fuente.
La fuente también recibe el orín...".
Pasa de nuevo por todo frente a lo que ha paseado pero esta vez a toda velocidad y deteniéndose sólo unos segundos a recuperar el aliento.
Al final ve la salida al fondo de la página.
El paso se calma, está cansado y por las frases se le siente respirar ansioso en busca de aire.
"...las sombras de las nubes.
Las nubes gordas y grises en un cielo azul.
Azul". Y así concluye.

miércoles, 11 de enero de 2012

destino o bien casualidad

destino o bien casualidad: Tengo una amiga que está obsesionada con el número 32. Lo ve por todas partes. Si mira el reloj son y 32, si abre un libro es la página 32, si sale a la calle y pasa un autobús es el 32, las matrículas de los coches acaban en 32, habla con alguien que tiene 32 años, faltan 32 día para irse a tal sitio, o 32 kilómetros para llegar a tal otro. Y así con millones de cosas. Es como si el 32 estuviera siempre con ella. Yo no creo que el 32 la esté persiguiendo, lo que pasa es que por algún motivo ella está obcecada con ese número y ya no ve ninguno más. A lo largo de su vida se han cruzado en su camino miles de números, pero no les ha prestado atención porque ella sólo quiere ver el 32. Continuamente pienso en ello y a veces quiero decirle que no significa nada, simplemente es un número como otro cualquiera. Aunque ella no sé porqué, cree que siempre estaba presente en su vida, y puede ser, pero del mismo modo que pueden estar el 1 el 35 o el 73. Un día, mientras daba vueltas al asunto, le propuse hacer un pequeño juego que se me había ocurrido: durante una semana, yo iba a elegir un número, que al final decidimos que fuera el 11, y tenía que apuntar en un papel cuantas veces me había encontrado con ese número. Ella tenía que hacer lo mismo con el 32. Lo que quería demostrarle es que si una persona está siempre pensando en lo mismo, al final lo acaba viendo en todos los sitos. Pero en realidad, no es más la presencia de ese número en su vida, como lo puede ser cualquier otro. Mi experimento no funcionó. Durante esa semana ni me acordaba del número 11, pero cada vez que veía un 32 automáticamente me acordaba de ella. Entonces ¿puede que realmente tenga razón, tanta que incluso yo también estoy siendo víctima de sus pensamientos?. No, no puedo rendirme, no quiero, y me niego a creer en el destino. Me gustan las casualidades, los hechos fortuitos que suceden porque sí y sin que tengan explicación. ¿Por qué nos empeñamos en querer definirlo todo? Con lo bien que sienta vivir el momento y no pensar, sólo actuar. Antiguamente se creía que el rey tenía origen divino. “Su destino es ser el rey porque así lo manda Dios”, pero nadie podía afirmar con seguridad la existencia de un Dios, ni siquiera hoy en día lo estamos, aunque lo creamos. A sí que aceptar que el 32 está ahí de una forma especial es como afirmar que nuestro destino está escrito, que alguien lo ha puesto ahí por algo, y que nos envía señales para que sepamos que aún sigue en marcha, que no ha cambiado y sobre todo, que no vamos a poder escapar. Pero eso hoy en día ya no tendría ningún sentido… ¿O sí?

sábado, 17 de diciembre de 2011

Fue solo una noche pero unica

La última vez que lo vio lo único que el llevaba puesto era su olor, el de ella.

De esto pasaron ya mas de 4 años y su recuerdo seguía intacto en la memoria negandose a partir al país del olvido, ese lugar pacífico donde permanecen las cosas poco importantes; o demasiado como para llevarlas con uno a todos lados.

Fue solo una noche pero unica.
Se encontraron casualmente, si es que la casualidad existe, en un bar cualquiera a medianoche.
Era una noche clara y la brisa era agradable al cuerpo.
Ella llevaba una musculosa blanca que resaltaba sus pequeños dotes femeninos y el largo pelo negro suelto y mal peinado.
No tenia mayores intensiones que tomar un trago e irse a casa y desear que mañana fuese un mejor dia.
Estaba cansada de un trabajo que no le aportaba mas que lo necesario para vivir dia a dia, agotada de discutir por lo que consideraba sus derechos basicos y agobiada de sentir que la ciudad se le habia convertido en un lugar inhospito.
Perdida y dividida entre sus pasiones, que ya no recordaba bien cuales eran, y sus necesidades se pidio una cerveza y luego otra.
Estaba alli hacia ya mas de una hora y no lo vio venir.
No era de esa clase de hombre que con solo mirar se te hierve la sangre.
Simple, demasiado comun y demasiado alto.

"Te puedo invitar una cerveza?"
" mmmm....acabo de tomarme dos.
No respondo por mi si sigo de largo"
" te pido otra entonces" y sonrio
Pero una sonrisa asi no se ve todos los dias y se dejo llevar quien sabe por que instinto.
A la cuarta cerveza ya se sintio mas suelta y el le parecio mas sabio que todos los hombres que habia conocido hasta entonces y se encontro en su casa, en su cama y en sus brazos.
Hasta aca no habia nada nuevo.

Pero la sorpresa fue la de sus piernas cuando se abrieron tiernas a la entrega y disfruto de un roce incomparable que la llevo a lugares no habitados.
Se permitio el placer de la lujuria que uno se permite a veces solamente con un desconocido y no quedo rincon del cuerpo sin tocar ni besos sin destino.
Lo vio mirarla con la mirada fija y tensa mientras la comia entera a carne viva. Relamio sus labios y su vientre muchas veces mas de las posibles mientras cabalgaba por praderas infinitas y tocaba el infinito sin saberlo.
Los senos rigidos se adormecieron luego y la risa vino sola y espontanea como respuesta unica posible a esa magia inigualable de la que no habia sido participe hasta entonces.
El problema fue que se apago la risa cuando se dio cuenta que no iba a olvidarse tan facil de esa noche, de esos toques, de esos ojos.
Y mucho menos aun de esa sonrisa.
Se vistio y partio, como correspondia, sin nombre ni mas datos que una direccion cualquiera a la que no tendria derecho a recurrir.
El se paro sin apuro ni tardanzas a cerrarle la puerta y darle un beso.
Y asi quedo enganchada en una historia que bien podria haber soñado y no vivido, pero al haberla vivido condenada a buscar esos brazos.

viernes, 25 de noviembre de 2011

"Don't know why" julia

Sentada frente al espejo en el cuarto del hotel Julia se reconoció entera.
Había pasado mucha agua bajo el puente pero había valido la pena.
Hoy, con 50 años recién cumplidos, se sabía mejor que nunca.
La semana pasada festejó sola la media centena, no porque no tuviese con quien compartirlos sino porque se le dio la gana.
Por la mañana llamó a la oficina y aviso que se tomaba el día libre.
Bajó a la cocina y se preparó su habitual café, sin el que no podía comenzar la jornada.
Se calentó en el horno unos minutos una medialuna de jamón y queso que había comprado en la panadería de la esquina la tarde anterior especialmente para la ocasión y se sentó sola en la cocina a degustar del día.
La cocina de Julia era pequeña pero acogedora decorada rústicamente con un estilo relajado y alejado de las modas.
Raúl ya había marchado al trabajo no sin antes darle un beso y decirle que estaba más linda que el día que la conoció hacía ya 30 primaveras.
No hubo regalo ni tarjeta, supuestamente porque no había encontrado aún nada que le convenciera para una fecha tan especial. No hubo enojos ni ofensas.
Así era Raúl y así lo quería.
Digamos que son los milagros del tiempo que hace que ya uno se tome las cosas con más calma y no espere peras del olmo.
El diario estaba abierto en las páginas económicas pero hoy Julia pasó de largo y se interesó solamente por el pronóstico del tiempo.
Saboreó cada migaja, cada sorbo, cada instante.
Saboreó el silencio y la soledad.
La madurez.
Se dejó llevar por la mañana y las ganas.
Se puso su jean favorito y una camisa suelta, se puso las botas de cuero marrones con taco que tanto le gustaban y se recogió el pelo en un moño desprolijo.
Agarró el paraguas y la gabardina y subió al Mazda6 como si fuese un carruaje.
La verdad es que las marcas en la piel le sentaban bien y ella lo sabía.
Le había llevado toda una vida saberse hermosa pero hoy lo sabía y sin soberbias ni groserías quería disfrutar de su nuevo descubrimiento.
Así que se fue de compras y entró a tiendas que siempre había visto desde lejos y se probó polleras y vestidos, descartó carteras y zapatos y accesorios y volvió a casa triunfante con dos jeans y dos camisas.
Es que uno no puede con su propio genio y Julia era al fin de cuentas lo que era. Como lo somos todos.
Esa tarde preparó su troll, puso algo de ropa y maquillaje y tal como lo había pensado escribió unas líneas a Raúl para que no se preocupase y tratase de tomarse la sorpresa con calma.
“Amor, no te hagas mala sangre con lo de mi regalo de cumpleaños que yo ya me encargué. Te llamo cuando llegue al hotel.
Me voy a Nueva York.
Tengo vuelo de regreso para dentro de 2 semanas.
Después te mando los datos para que si querés me pases a buscar al aeropuerto.
Te amo. Julia.”
Mandó un mail a la oficina avisando que en realidad el día libre se iba a extender a dos semanas, que había arreglado ya todo con sus clientes y que no llevaba el celular así que iban a tener que arreglarse sin ella.
Probablemente no les hiciera falta puesto que precavida como siempre había tomado las medidas necesarias y selló el mail con un “el cementerio está lleno de gente imprescindible y el Mundo sigue girando así que no hay de que preocuparse”.
Necesitaba tomar un poco de distancia, evaluar qué había hecho de su vida en estos años y sintió que irse a un lugar apartado de la civilización no iba con su carácter y que en realidad en lugar de hacerla sentir bien la iba a deprimir.
Nueva York se le antojo como el mejor destino para tal proyecto.
El viaje al aeropuerto lo hizo acompañada por el sonido de la lluvia sobre el techo del auto y una sonrisa fresca que le venía sola a la boca sin poder ni querer evitarlo. Tuvo un vuelo tranquilo, haciendo pasar el tiempo viendo una película tras otra pero sin terminar ninguna.
El hotel, el Park79, era un precioso hotel boutique en Manhattan bien ubicado y rodeado de buenos restaurantes, tiendas y museos.
Ya en su habitación Julia se quitó los zapatos y la ropa, sacó una lata de Coca del mini bar y se tiró en la cama.
Había tenido la precaución de pedir habitación para fumadores así que se prendió un cigarrillo y luego de un buen rato, tal como había prometido, llamó a Raúl.
Durante la primera semana se recorrió las calles neoyorquinas como una niña con un juguete nuevo, llena de emoción y encanto, dichosa de no tener nadie con quien coordinar tiempos y lugares ni a quien tomar en cuenta para cada decisión. Se hizo tiempo para pensar.
Pensar en los años que había dejado atrás, en las decisiones tomadas que la llevaron a ser la mujer que hoy era, con los defectos y las virtudes que siempre había llevado consigo.
En realidad la gente no cambia estaba convencida.
En el mejor de los casos madura.
Raúl había sido un gran compañero de ruta.
No siempre atento, no siempre exacto pero siempre suyo.
Fiel como un perro a las subidas y bajadas de su dueño.
Ella era consciente que vivir a su lado no siempre había sido fácil pero se sentía digna del hombre que tenía al lado.
Sabía que lo había hecho feliz a pesar de las dudas interminables y la necesidad de cambio constante que era el único componente estable en su vida.
Pensó hasta que no quedo nada sin repasar.
En los sueños no cumplidos y en los cumplidos, en los deseos que hubo que dejar de lado quien sabe por que miserias del destino, en la maternidad no siempre obvia, en los amigos que ya no estaban cerca y en todas las mujeres que hubiese querido haber sido y nunca fue.
En la condena del tiempo y del espacio y de las ganas de que alguien le dijese que cualquier camino distinto que hubiese tomado la habrían llevado a una vida menos gratificante.
Una vez quiso ser escritora.
También quiso ser artista pero la vida tiene esas cosas que uno no sabe definir muy bien que le llaman destino y que la llevaron a terminar siendo economista.
Le había ido muy bien en su carrera y le permitió muchos lujos pero siempre sintió que la pregunta al respecto de que hubiese sido si hubiese tomado otro camino quedó flotando en el aire.
Todavía hoy le quedaban varias respuestas pendientes que sabía iban a terminar con ella en su tumba. Hay cosas que solo Dios sabe; si es que tal cosa existe.
Le quedaba una semana de estadía en la gran manzana.
Realmente las tentaciones en esa ciudad eran infinitas y pecar era casi una necesidad.
Le venía bien el nombre que le habían dado.


Sentada frente al espejo en el cuarto del hotel Julia se reconoció entera.
Hermosa y más mujer que nunca.
La serenidad de aceptar era una conquista reciente y aprender a amarse un largo trayecto recorrido.
Ahora quedaba por ver qué misterios le tenía la vida preparada para las próximas décadas y estaba ansiosa por descubrirlo.
La tarde caía en Nueva York.
El cuarto estaba en tinieblas iluminado por la luz tenue de la lámpara de la mesita de luz.
Hacía frío pero Julia tenía la sangre tibia y en la habitación se estaba muy bien. Bajó al entrepiso donde estaba la dispensadora de hielo y volvió al cuarto.
Abrió un paquete de castañas de cajú y se sirvió tres dedos del Martini que había comprado en el supermercado esa mañana.
Prendió el televisor en un canal con música y Julia sintió esa fuerza mágica que hace mover el cuerpo no importa la edad que uno tenga.
Se paró sobre la cama y se puso a bailar.
Fue entonces, en ese preciso instante, que supo que nunca había sido tan joven y que todo, absolutamente todo, estaba aún por nacer.