domingo, 11 de marzo de 2012

MAX AUB Y EL COJO

MAX AUB Y EL COJO
– Estamos de cuentos y quiero aprovechar para comentar otro que, desde que lo leí, hace algunos años,
no deja de rondarme de vez en cuando, o de cuando en vez.
Se llama "El cojo" y es de Max Aub, uno de los grandes, realmente grandes escritores españoles.
Está ambientado en la Guerra Civil y cuenta que a un hombre cojo, como indica el titulo (no demasiado afortunado, todo hay que decirlo),
un tipo pobre de toda la vida, la República le concede unas tierras expropiadas a un ricachon.
La guerra avanza, los franquistas cercan el pueblo y el cojo, hasta allí reacio,
se ve obligado a tomar el fúsil con verdadera fe para defender la tierra que le han dado y poder el día de mañana dejársela a sus hijos,
y estos a sus nietos, y que de este modo la familia nunca vuelva a pasar hambre.

El cuento es emotivo y lo parece tanto más porque maneja una verdad sencilla y apela a una justicia simple,
arraigada en la tierra y que parece propia de los viejos tiempos del Dios del Sinaí.
Sin embargo, al poco de leerla, me asaltó la duda.

Frente al cojo que defiende la parcela, está, en persona y también fusil en ristre, aquel ricachon al que le expropiaron y que quiere recuperar su finca.
También a su familia, en algún momento, quizás en el Medievo, le concedió el rey aquellas tierras,
también su tatarabuelo luchó por conservarlas y dejarlas en herencia a sus descendientes,
para que, poco a poco, fueran prosperando.
También a él, si bien se mira, le asiste la razón.

Mucho me temo que acabarán mis días sin que le haya encontrado la solución a este cuento.
Lo más parecido a ella me la ofreció cierto día un compañero del trabajo, exaltado no recuerdo ahora mismo por qué.
“Odio a los ricos”, proclamaba, “odio a los ricos”.
“¿Por qué?”,
le pregunté.
“Porque yo no lo soy”.

viernes, 17 de febrero de 2012

TARDE EN EL PARQUE Y UN CUENTO

TARDE EN EL PARQUE Y UN CUENTO



Por pura casualidad, el otro día leí un cuento maravilloso.
Se trataba de algo así como un experimento literario y hacía tiempo que unas líneas no me dejaban maravillado por su originalidad y su construcción.
El otro día, sin embargo, se dieron una serie de coincidencias y, como resultado de ellas,
acabé por cerrar un libro fascinado por un verdadero prodigio de las letras.
Un milagro de la imaginación.
Pero vamos por partes:
Todo empieza porque yo ando estos días melancólico y porque siempre me ha gustado pasear por los parques…

Cerca de mi casa hay un parque muy hermoso, la Quinta de los Molinos, antiguo lugar privado, allá por el XIX,
de unos aristócratas o de unos grandes burgueses que al final, por una serie de vicisitudes, ruinas, malas inversiones y deudas en el juego,
ha venido a quedar en parque público para uso y disfrute del pueblo de Madrid.
¡Que se jodan!, pienso mientras paseo por aquellos lugares donde aún, entre las sobras del botellón, se ven los restos del pabellón chino,
de la casa del reloj, del invernadero, del campo de tenis, de la fuente de la ninfa…
Hay un estanque con cuatro patos gordos a los que los niños ceban con gusanitos de maíz,
unos chavales juegan a un gol regañado y la portería está puesta entre la estatua de Hércules y la de Diana cazadora,
a un tío que pasa haciendo footing le ha dado un sofoco y ha echado un lapo así de gordo en el canal de los nenúfares…
No pienses, sin embargo,amigo bloguero,que esto me parece mal.
Me pone triste, pero me parece cojonudo.
¿Para qué otra cosa sirven las estatuas de Diana?,
¿dónde iban a estar los patos mejor alimentados?...

…Pero a lo que iba, que me disperso.
El caso es que siempre que paseo por un parque bonito me da por ponerme excelso.
Pienso en los universales humanos, en las grandes obras de la sensibilidad, en los capítulos memorables del arte,en las más altas arquitecturas…
Me pongo como sublime y operístico.
Con la cual sublimidad en la cabeza cayó la tarde y volví a mi casa.
Sobre la mesilla, me aguardaba la continuación de El ocho, que llevaba varios días pensándome muy seriamente en dejar a medias;
en la tele estrenaban esa noche una nueva edición de Supervivientes; y para cenar había pizza cuatro quesos precocinada.
Antes de subir abrí el buzón y me encontré un ejemplar de SIE7E, la revista literaria que edita el Ayuntamiento de Coslada y que me mandan en consideración a que una vez participé en un concurso.
El día que se cansen de mí o haya suscriptores más interesados, imagino que dejarán de enviármela.

Yo, lo confieso, le echo a la tal revista un vistazo rápido.
Paso todas las páginas de poesía, empiezo a leer algún artículo pero lo dejo en cuanto se pone pesado, me detengo ante algún cuento...
En este número viene uno que se llama Mediodía en Parque Requet…

Hombre, qué casualidad. Un parque, como del que acabo de venir y sólo por eso le prestè una especial atención en cuanto llegué a casa.

No voy a transcribir el cuento, entre otras cosas porque no creo que me esté permitido por Ramoncín, pero va de lo siguiente (es muy sencillo):
un hombre entra en un parque y comienza a pasear por él.
Transcribo:
"...sombra sobre los edificios que incómodos se estiran fuera de la valla.
La valla hace de frontera: a un lado la ciudad con su hormigón homogéneo,los automóviles histéricos y la sucesión infinita de minutos rancios:
al otro lado, el Paraíso.
El Paraíso es verde.
Verde en las ramas de los árboles, verde en lo setos del Laberinto, verde en los tallos de los rosales,
verde en las briznas del césped y verde en las pinturas de las farolas.
Las farolas sólo se encienden al atardecer..."

¿Te has dado ya cuenta, amigo bloguero?
Pues hábil tú, si lo has hecho a la primera.
A mí algo me sonaba algo raro, armoniosamente raro, y sólo a la tercera lectura lo descubrí:
El autor se detiene, sí, se detiene mucho.
Tras unas cuantas palabras, a veces tras cuatro solamente, se detiene.
Un momento. Punto y seguido.
Luego vuelve a empezar retomando la última o las dos últimas palabras.
Es, en fin, el movimiento natural de un hombre que pasea sin rumbo y se detienen a observar las cosas a su alrededor.
Sencillamente formidable.
Pero la cosa no acaba aquí.
De esta manera, el hombre se va internando poco a poco en el parque:
pasa por delante de la fuente, de la glorieta:
"...El agua pierde la dirección expandiéndose por toda la glorieta.
La glorieta rodea la fuente con bancos de maderaen sus laterales para que desde todas partes pueda verse el espectáculo.
El espectáculo lo están dando..."
En un momento dado, el hombre llega al fondo del parque y, de pronto, contempla un asesinato.
Echa entonces a correr en busca de la salida.
La frase cambia porque ahora el hombre está huyendo y al principio corre sin rumbo, como perdido, pero en un momento determinado encuentra la glorieta
y entonces vuelve hacia atrás por camino conocido, en dirección a la puerta de salida.
"...Azota el viento el agua que brota de las bocas de las trompetas de los querubines dela fuente.
La fuente también recibe el orín...".
Pasa de nuevo por todo frente a lo que ha paseado pero esta vez a toda velocidad y deteniéndose sólo unos segundos a recuperar el aliento.
Al final ve la salida al fondo de la página.
El paso se calma, está cansado y por las frases se le siente respirar ansioso en busca de aire.
"...las sombras de las nubes.
Las nubes gordas y grises en un cielo azul.
Azul". Y así concluye.

miércoles, 11 de enero de 2012

destino o bien casualidad

destino o bien casualidad: Tengo una amiga que está obsesionada con el número 32. Lo ve por todas partes. Si mira el reloj son y 32, si abre un libro es la página 32, si sale a la calle y pasa un autobús es el 32, las matrículas de los coches acaban en 32, habla con alguien que tiene 32 años, faltan 32 día para irse a tal sitio, o 32 kilómetros para llegar a tal otro. Y así con millones de cosas. Es como si el 32 estuviera siempre con ella. Yo no creo que el 32 la esté persiguiendo, lo que pasa es que por algún motivo ella está obcecada con ese número y ya no ve ninguno más. A lo largo de su vida se han cruzado en su camino miles de números, pero no les ha prestado atención porque ella sólo quiere ver el 32. Continuamente pienso en ello y a veces quiero decirle que no significa nada, simplemente es un número como otro cualquiera. Aunque ella no sé porqué, cree que siempre estaba presente en su vida, y puede ser, pero del mismo modo que pueden estar el 1 el 35 o el 73. Un día, mientras daba vueltas al asunto, le propuse hacer un pequeño juego que se me había ocurrido: durante una semana, yo iba a elegir un número, que al final decidimos que fuera el 11, y tenía que apuntar en un papel cuantas veces me había encontrado con ese número. Ella tenía que hacer lo mismo con el 32. Lo que quería demostrarle es que si una persona está siempre pensando en lo mismo, al final lo acaba viendo en todos los sitos. Pero en realidad, no es más la presencia de ese número en su vida, como lo puede ser cualquier otro. Mi experimento no funcionó. Durante esa semana ni me acordaba del número 11, pero cada vez que veía un 32 automáticamente me acordaba de ella. Entonces ¿puede que realmente tenga razón, tanta que incluso yo también estoy siendo víctima de sus pensamientos?. No, no puedo rendirme, no quiero, y me niego a creer en el destino. Me gustan las casualidades, los hechos fortuitos que suceden porque sí y sin que tengan explicación. ¿Por qué nos empeñamos en querer definirlo todo? Con lo bien que sienta vivir el momento y no pensar, sólo actuar. Antiguamente se creía que el rey tenía origen divino. “Su destino es ser el rey porque así lo manda Dios”, pero nadie podía afirmar con seguridad la existencia de un Dios, ni siquiera hoy en día lo estamos, aunque lo creamos. A sí que aceptar que el 32 está ahí de una forma especial es como afirmar que nuestro destino está escrito, que alguien lo ha puesto ahí por algo, y que nos envía señales para que sepamos que aún sigue en marcha, que no ha cambiado y sobre todo, que no vamos a poder escapar. Pero eso hoy en día ya no tendría ningún sentido… ¿O sí?

sábado, 17 de diciembre de 2011

Fue solo una noche pero unica

La última vez que lo vio lo único que el llevaba puesto era su olor, el de ella.

De esto pasaron ya mas de 4 años y su recuerdo seguía intacto en la memoria negandose a partir al país del olvido, ese lugar pacífico donde permanecen las cosas poco importantes; o demasiado como para llevarlas con uno a todos lados.

Fue solo una noche pero unica.
Se encontraron casualmente, si es que la casualidad existe, en un bar cualquiera a medianoche.
Era una noche clara y la brisa era agradable al cuerpo.
Ella llevaba una musculosa blanca que resaltaba sus pequeños dotes femeninos y el largo pelo negro suelto y mal peinado.
No tenia mayores intensiones que tomar un trago e irse a casa y desear que mañana fuese un mejor dia.
Estaba cansada de un trabajo que no le aportaba mas que lo necesario para vivir dia a dia, agotada de discutir por lo que consideraba sus derechos basicos y agobiada de sentir que la ciudad se le habia convertido en un lugar inhospito.
Perdida y dividida entre sus pasiones, que ya no recordaba bien cuales eran, y sus necesidades se pidio una cerveza y luego otra.
Estaba alli hacia ya mas de una hora y no lo vio venir.
No era de esa clase de hombre que con solo mirar se te hierve la sangre.
Simple, demasiado comun y demasiado alto.

"Te puedo invitar una cerveza?"
" mmmm....acabo de tomarme dos.
No respondo por mi si sigo de largo"
" te pido otra entonces" y sonrio
Pero una sonrisa asi no se ve todos los dias y se dejo llevar quien sabe por que instinto.
A la cuarta cerveza ya se sintio mas suelta y el le parecio mas sabio que todos los hombres que habia conocido hasta entonces y se encontro en su casa, en su cama y en sus brazos.
Hasta aca no habia nada nuevo.

Pero la sorpresa fue la de sus piernas cuando se abrieron tiernas a la entrega y disfruto de un roce incomparable que la llevo a lugares no habitados.
Se permitio el placer de la lujuria que uno se permite a veces solamente con un desconocido y no quedo rincon del cuerpo sin tocar ni besos sin destino.
Lo vio mirarla con la mirada fija y tensa mientras la comia entera a carne viva. Relamio sus labios y su vientre muchas veces mas de las posibles mientras cabalgaba por praderas infinitas y tocaba el infinito sin saberlo.
Los senos rigidos se adormecieron luego y la risa vino sola y espontanea como respuesta unica posible a esa magia inigualable de la que no habia sido participe hasta entonces.
El problema fue que se apago la risa cuando se dio cuenta que no iba a olvidarse tan facil de esa noche, de esos toques, de esos ojos.
Y mucho menos aun de esa sonrisa.
Se vistio y partio, como correspondia, sin nombre ni mas datos que una direccion cualquiera a la que no tendria derecho a recurrir.
El se paro sin apuro ni tardanzas a cerrarle la puerta y darle un beso.
Y asi quedo enganchada en una historia que bien podria haber soñado y no vivido, pero al haberla vivido condenada a buscar esos brazos.

viernes, 25 de noviembre de 2011

"Don't know why" julia

Sentada frente al espejo en el cuarto del hotel Julia se reconoció entera.
Había pasado mucha agua bajo el puente pero había valido la pena.
Hoy, con 50 años recién cumplidos, se sabía mejor que nunca.
La semana pasada festejó sola la media centena, no porque no tuviese con quien compartirlos sino porque se le dio la gana.
Por la mañana llamó a la oficina y aviso que se tomaba el día libre.
Bajó a la cocina y se preparó su habitual café, sin el que no podía comenzar la jornada.
Se calentó en el horno unos minutos una medialuna de jamón y queso que había comprado en la panadería de la esquina la tarde anterior especialmente para la ocasión y se sentó sola en la cocina a degustar del día.
La cocina de Julia era pequeña pero acogedora decorada rústicamente con un estilo relajado y alejado de las modas.
Raúl ya había marchado al trabajo no sin antes darle un beso y decirle que estaba más linda que el día que la conoció hacía ya 30 primaveras.
No hubo regalo ni tarjeta, supuestamente porque no había encontrado aún nada que le convenciera para una fecha tan especial. No hubo enojos ni ofensas.
Así era Raúl y así lo quería.
Digamos que son los milagros del tiempo que hace que ya uno se tome las cosas con más calma y no espere peras del olmo.
El diario estaba abierto en las páginas económicas pero hoy Julia pasó de largo y se interesó solamente por el pronóstico del tiempo.
Saboreó cada migaja, cada sorbo, cada instante.
Saboreó el silencio y la soledad.
La madurez.
Se dejó llevar por la mañana y las ganas.
Se puso su jean favorito y una camisa suelta, se puso las botas de cuero marrones con taco que tanto le gustaban y se recogió el pelo en un moño desprolijo.
Agarró el paraguas y la gabardina y subió al Mazda6 como si fuese un carruaje.
La verdad es que las marcas en la piel le sentaban bien y ella lo sabía.
Le había llevado toda una vida saberse hermosa pero hoy lo sabía y sin soberbias ni groserías quería disfrutar de su nuevo descubrimiento.
Así que se fue de compras y entró a tiendas que siempre había visto desde lejos y se probó polleras y vestidos, descartó carteras y zapatos y accesorios y volvió a casa triunfante con dos jeans y dos camisas.
Es que uno no puede con su propio genio y Julia era al fin de cuentas lo que era. Como lo somos todos.
Esa tarde preparó su troll, puso algo de ropa y maquillaje y tal como lo había pensado escribió unas líneas a Raúl para que no se preocupase y tratase de tomarse la sorpresa con calma.
“Amor, no te hagas mala sangre con lo de mi regalo de cumpleaños que yo ya me encargué. Te llamo cuando llegue al hotel.
Me voy a Nueva York.
Tengo vuelo de regreso para dentro de 2 semanas.
Después te mando los datos para que si querés me pases a buscar al aeropuerto.
Te amo. Julia.”
Mandó un mail a la oficina avisando que en realidad el día libre se iba a extender a dos semanas, que había arreglado ya todo con sus clientes y que no llevaba el celular así que iban a tener que arreglarse sin ella.
Probablemente no les hiciera falta puesto que precavida como siempre había tomado las medidas necesarias y selló el mail con un “el cementerio está lleno de gente imprescindible y el Mundo sigue girando así que no hay de que preocuparse”.
Necesitaba tomar un poco de distancia, evaluar qué había hecho de su vida en estos años y sintió que irse a un lugar apartado de la civilización no iba con su carácter y que en realidad en lugar de hacerla sentir bien la iba a deprimir.
Nueva York se le antojo como el mejor destino para tal proyecto.
El viaje al aeropuerto lo hizo acompañada por el sonido de la lluvia sobre el techo del auto y una sonrisa fresca que le venía sola a la boca sin poder ni querer evitarlo. Tuvo un vuelo tranquilo, haciendo pasar el tiempo viendo una película tras otra pero sin terminar ninguna.
El hotel, el Park79, era un precioso hotel boutique en Manhattan bien ubicado y rodeado de buenos restaurantes, tiendas y museos.
Ya en su habitación Julia se quitó los zapatos y la ropa, sacó una lata de Coca del mini bar y se tiró en la cama.
Había tenido la precaución de pedir habitación para fumadores así que se prendió un cigarrillo y luego de un buen rato, tal como había prometido, llamó a Raúl.
Durante la primera semana se recorrió las calles neoyorquinas como una niña con un juguete nuevo, llena de emoción y encanto, dichosa de no tener nadie con quien coordinar tiempos y lugares ni a quien tomar en cuenta para cada decisión. Se hizo tiempo para pensar.
Pensar en los años que había dejado atrás, en las decisiones tomadas que la llevaron a ser la mujer que hoy era, con los defectos y las virtudes que siempre había llevado consigo.
En realidad la gente no cambia estaba convencida.
En el mejor de los casos madura.
Raúl había sido un gran compañero de ruta.
No siempre atento, no siempre exacto pero siempre suyo.
Fiel como un perro a las subidas y bajadas de su dueño.
Ella era consciente que vivir a su lado no siempre había sido fácil pero se sentía digna del hombre que tenía al lado.
Sabía que lo había hecho feliz a pesar de las dudas interminables y la necesidad de cambio constante que era el único componente estable en su vida.
Pensó hasta que no quedo nada sin repasar.
En los sueños no cumplidos y en los cumplidos, en los deseos que hubo que dejar de lado quien sabe por que miserias del destino, en la maternidad no siempre obvia, en los amigos que ya no estaban cerca y en todas las mujeres que hubiese querido haber sido y nunca fue.
En la condena del tiempo y del espacio y de las ganas de que alguien le dijese que cualquier camino distinto que hubiese tomado la habrían llevado a una vida menos gratificante.
Una vez quiso ser escritora.
También quiso ser artista pero la vida tiene esas cosas que uno no sabe definir muy bien que le llaman destino y que la llevaron a terminar siendo economista.
Le había ido muy bien en su carrera y le permitió muchos lujos pero siempre sintió que la pregunta al respecto de que hubiese sido si hubiese tomado otro camino quedó flotando en el aire.
Todavía hoy le quedaban varias respuestas pendientes que sabía iban a terminar con ella en su tumba. Hay cosas que solo Dios sabe; si es que tal cosa existe.
Le quedaba una semana de estadía en la gran manzana.
Realmente las tentaciones en esa ciudad eran infinitas y pecar era casi una necesidad.
Le venía bien el nombre que le habían dado.


Sentada frente al espejo en el cuarto del hotel Julia se reconoció entera.
Hermosa y más mujer que nunca.
La serenidad de aceptar era una conquista reciente y aprender a amarse un largo trayecto recorrido.
Ahora quedaba por ver qué misterios le tenía la vida preparada para las próximas décadas y estaba ansiosa por descubrirlo.
La tarde caía en Nueva York.
El cuarto estaba en tinieblas iluminado por la luz tenue de la lámpara de la mesita de luz.
Hacía frío pero Julia tenía la sangre tibia y en la habitación se estaba muy bien. Bajó al entrepiso donde estaba la dispensadora de hielo y volvió al cuarto.
Abrió un paquete de castañas de cajú y se sirvió tres dedos del Martini que había comprado en el supermercado esa mañana.
Prendió el televisor en un canal con música y Julia sintió esa fuerza mágica que hace mover el cuerpo no importa la edad que uno tenga.
Se paró sobre la cama y se puso a bailar.
Fue entonces, en ese preciso instante, que supo que nunca había sido tan joven y que todo, absolutamente todo, estaba aún por nacer.

martes, 1 de noviembre de 2011

“la iletrada”

La mujer que no soy de la que les quiero contar hoy nació en Montevideo a principio de los años cincuenta bajo el nombre de Adelia Suárez pero se la conocía como “La Ile”, abreviación de “la iletrada” aunque de iletrada no tenía nada.

Adelia fue durante su infancia, y lo siguió siendo más tarde durante su adolescencia y madurez, una persona muy popular y querida.
Era lo que se dice una persona con carisma y, como a toda persona carismática no faltaba tampoco quienes le tuvieran envidia.
Parlanchina y alegre, rápida de pensamientos y directa a la hora de expresar lo que sentía, te podía dejar con la boca abierta con sus respuestas filosas o pensando una semana en lo que te había dicho sin ser consciente apenas del efecto de sus palabras en los demás.
Los chicos se peleaban por jugar con ella y luego fueron los hombres los que la adoraron en silencio.
La Ile, dueña de una belleza pocas veces vista y una sencillez que la hacían aún más hermosa, fue el motivo de varias rupturas amorosas sin percatarse nunca ni proponérselo siquiera.

Los comienzos de su apodo tienen origen en la escuela primaria cuando osada y caprichosa se negó a participar de la más básica actividad de aprendizaje conocida nunca y aquella que nadie pone en tela de juicio ni siquiera hoy en día: la escritura.
Adelia se negó a escribir.
Sin poder comprender los motivos de tal extravagancia y preocupados por el futuro de la niña, la llevaron sus progenitores a toda clase de médicos y galenos que le realizaron un sinfín de análisis de toda clase.
Los intentos desesperados de sus padres abarcaron desde llevarla a curanderas, curas, rabinos, hechiceros, adivinadores, y jorguines hasta el ofrecerle regalos descomunales.
Pintaron y forraron las paredes de su cuarto con papel blanco para que escribiera lo que se le viniera en gana, mandaron pintar las letras del abecedario en el techo y le mandaron traer de Europa los mejores y más exquisitos lápices habidos y por haber.
Cuando vieron que nada de esto daba resultado, la llevaron a España a que fuese tratada por uno de los mejores especialistas en tratamientos hipnóticos de la época, Alfonso Caycero, pero tampoco él pudo corregir este comportamiento de conducta tan inadecuado.
Dicen que no se puede hipnotizar a quien no quiere y tal vez este haya sido el caso. Lo único que pudieron concluir por unanimidad fue que la niña no sufría de ningún tipo de lesión cerebral ni motriz y que su desarrollo y capacidad intelectual y cognitiva estaban muy por encima de la norma.

En definitiva, sus padres tuvieron que hacerse a la idea de que mientras Adelita no quisiera escribir simplemente no iba a hacerlo.
Esta carencia parecía causarle pocos dolores de cabeza a la niña que no daba cuenta de la desesperación que causaba y no hacía el menor intento por escribir siquiera su propio nombre en un papel.

Pero leer ya era otra cosa. Libro que veía, libro que leía. Se acordaba de memoria de nombres y fechas de cada trozo de historia que llegara a sus manos y era una enciclopedia abierta en conocimientos generales.
Como Adelia venía de una familia muy influyente en la ciudad pudo seguir estudiando y consiguieron sus padres que no la expulsaran de las aulas, así que con el tiempo tanto los maestros y más tarde los profesores se fueron acostumbrando y adaptándose para tomarle los exámenes de forma oral y en horarios convenientes para ambas partes.
Por lo demás, la adoraban.
Decían que tomarle exámenes a la Ile era un placer y que siempre terminaban siendo ellos los que aprendían algo nuevo.
En más de una ocasión terminaban hablando de temas que no tenían relación alguna con la prueba en sí y perdiendo totalmente la noción del tiempo dejándose llevar por la magia de tan exquisitos y vastos conocimientos que dejaban atónito al más apático de los seres.

Adelia terminó el secundario con distinciones y para ese entonces fue cuando un poco en broma y otro poco en serio empezó a ser conocida como “La Ile”.
Una vez en la Universidad realizó estudios superiores en Filosofía y Letras y se dedicó a la enseñanza y la investigación por igual.
Fue reconocida con varios galardones por su labor intelectual y su aporte al mundo de las ciencias humanas. Sin embargo y, como es de suponer, nunca publicó ningún libro y todo lo que existe hoy en día de sus investigaciones son producto de apuntes y notas de sus alumnos o recopilaciones de discursos y conferencias que brindaba.

Alrededor de “la Ile” surgieron varias historias más o menos interesantes acerca de los motivos por los que no quería escribir.
Aunque a esas alturas ya nadie tenía claro si era que no quería o que no podía y ella jamás se molestó en dar explicaciones ni deshacer las intrigas que se crearon alrededor de su nombre.
Hubo quienes aseguraron que no escribía porque le habían roto el corazón de pena, enfermedades extrañas que atacaron su capacidad de dibujar las letras, otros decían que le habían echado una maldición, fantasmas que la perseguían, mal de ojo, promesas que le realizó a alguien y creencias extrañas en dioses inexistentes. Otros la acusaron de arrogante, de tener muy fea letra y toda sarta de barbaridades por el estilo.
No faltaron los que aprovecharon la oportunidad y se basaron en estas habladurías populares para escribir y publicar cuentos de gran capacidad imaginativa que causaron furor entre la gente y hacer así muy buena fortuna.
La Ile por su parte no tenía ninguna intensión en perder tiempo explicando y se dedicaba por completo a lo que más le gustaba hacer que era estudiar.
Nunca le entregó su amor más que a la vida, no formó un hogar, no se casó ni tuvo hijos.
Así llegó a hacerse conocer como una mujer distinta, valiente, interesante y por demás enigmática.
Tuvo pocas amigas cercanas y hasta a ellas les cambiaba de tema cuando le preguntaban algo, por mínimo que fuera, acerca de su negación a escribir.

El mismo día que la Ile cumplió 45 le diagnosticaron un cáncer galopante y le informaron que le quedaban entre 5 meses y un año de vida como mucho.
Llamó a quien había sido su mejor amiga por los últimos 20 años y le pidió que viniera a su casa.
Esta amiga resulté ser yo.

- ‘Decime una cosa Adelia, hay algo que siempre te quise preguntar y nunca me animé’, le dije temerosa de su reacción.
- ‘Que porqué nunca escribí’, se adelantó Adelia, ‘es lo que todos quieren saber’.
- ‘Exacto’.
- ‘¿Que importancia tiene?’
- ‘Curiosidad. No me vas a decir que no es extraño’, intenté convencerla.
- ‘Nunca tuve necesidad. Dije lo que tuve que decir en el momento que lo sentí necesario.
Escribir es como intentar ganarle a la muerte, tratar de estar presente cuando no lo estamos o dejar para cuando no estemos presentes parte de nosotros mismos.
Yo estoy presente en cuerpo y alma en cada momento de mi vida. Con eso me es suficiente.’
- ‘¿Y cuando ya no estés? ¿No querés dejar algo de vos misma?’
- ‘No’, me respondió segura de sí misma como siempre.
- ‘Muchos hubiesen querido poder leerte cuando ya no estés.’
- ‘Es problema de ellos, no el mío. Nunca sentí necesidad de hacerme cargo de los problemas ajenos.’
- ‘Pero la muerte...el aceptar que ya no vamos a estar....
¿es bastante injusto no?’
- ‘¿Y nacer?
Tampoco nadie te pregunta si querés nacer y nunca escuché a nadie decir que nacer sea una injusticia.
Supongo que habrá quienes lo sientan así y habrán decidido hacer justicia por sus propios medios porque nunca llegaron a contármelo.
Yo no juego a ser Dios.
Vine al mundo a vivir en este pequeño espacio de tiempo que me tocó vivir.
Cuando me haya ido no existirá el mundo para mí.
No me hará falta estar presente. Escribir hubiese sido para mí intentar ser inmortal, lo que por cierto no me llama la atención en lo más mínimo.’
- ‘¿Así tan simple?’, le pregunté incrédula una vez más.
- ‘Así tan simple y tan complejo.
Si yo hubiese escrito no hubiese sido “La Ile”, hubiese sido Adelia.
Uno es lo que es también por derecho a no ser lo que no es.’

Con esto dio por terminada la conversación sobre el tema y se fue a la cocina a traer un plato con galletitas dulces que ella sabía eran mi perdición.

A los siete meses Adelia, mi mejor amiga, falleció en silencio y con la misma sonrisa que la acompañó durante toda su vida.
Y como yo le temo a la mortalidad me tomé el atrevimiento de contar el cuento. Quizás como una forma de dejarla un poquito más cerca de mí, como jugar a ser dios como ella me dijo tan sabiamente.

Pero hay algo más que quiero contar.
Después que La Ile murió fui a su casa y empecé a buscar algo que me quede de recuerdo.
Entré en su cuarto y allí encontré debajo de su almohada un diario íntimo envuelto en papel de seda.
Ansiosa por descubrir algo nuevo y segura de que debía haber algo escrito, lo abrí. Me temblaban las manos y me comía la ansiedad por dentro.
En la primera hoja decía “Para Adelita con mucho amor, de tus padres, Feliz cumpleaños, 11 de Diciembre de 1958”.
Concluí que seguramente se trataba de uno de los regalos que le ofrecieron en esos intentos por llevarla a escribir.
Adjunto había un lápiz gastado que poco si le quedaban unos cinco centímetros de largo, cosa que no me explico puesto que allí no había más que lo que paso a contar.
Pasé y repasé una por una cada hoja de ese diario.
Miré a trasluz para intentar descubrir su secreto pero lo único que encontré fueron recortes desprolijos de letras de colores pegadas de manera suelta y discontinua que no parecían tener ningún sentido.
Tras una semana de juntar y desjuntar letras, de romperme la cabeza por encontrar algo más llegue a armar una frase de la que me consta no es ella la autora:
"La existencia precede a la esencia".

No sabré nunca si junté las letras en el sentido correcto ni tampoco si existió o existe un sentido en las mismas.
Tal vez yo fui una más de los que quisieron ver algo donde no lo hay.
Y si es así, que Dios me perdone. Y Sartre también.

viernes, 7 de octubre de 2011

sentada en su terraza mirando

Isabel puede pasarse horas sentada en su terraza mirando a la gente pasar.
Ella dice que no se aburre.
Todos los días a las cuatro de la tarde se levanta de su siesta, se prepara un té y se sienta en la misma silla, ubicada en la zona más sur de su casa.

El primer y el tercer domingo de cada mes la familia viene de visita y su hogar se llena de ruidos de nietos y alegría.
Pero aún en estas ocasiones, a las cuatro de la tarde, pide disculpas y se retira a su terraza.
Hace ya años que se acostumbró a su rutina.
“Si mis hijos tienen tantas obligaciones que no pueden cambiar, pues yo también tengo las mías y no las pienso mover”, se confiesa a sí misma.

La idea de establecer los encuentros el primer y el tercer domingo de cada mes se debe, según ellos, a una cuestión puramente logística.
Hubo que explicarla a Isabel qué significaba la logística, puesto que no cuenta con registro alguno de dicho término entre lo que son para ella las habituales profesiones de su época.
Finalmente y luego de largas explicaciones, comprendió que dicho vocablo significa que con el fin de poder cumplir con todas las obligaciones habidas y por haber resulta más conveniente marcar de antemano los términos del contrato familiar y las visitas mínimas necesarias a fin de mantener las relaciones de una manera cómoda. Después de varios intentos frustrados de convencerlos a venir también sin más aviso que unas horas previas para que ella pudiese retocarse el peinado y comprar algunas galletitas y no recibirlos con las manos vacías, decidió ceder.
Qué no hace una madre por sus hijos y más aún por sus nietos.
Pero nunca le gustó la idea de tener que ser parte de las actividades agendadas de sus hijos.
Así que en parte por amor y en parte para devolverles el favor, a las cuatro de la tarde, sin fallas ni pretextos, aún en medio de un almuerzo familiar, una gripe o bajo un rayo, Isabel acude a su cita obligada sin descuido.

La terraza de Isabel es pequeña.
Su piso ornamentado con azulejos de cerámica azul, verde y blanco y un decorado estilo árabe ya está gastado y algunas baldosas rotas.
En la baranda aún se pueden ver restos de pintura que un día supo ser de color verde oscuro y que pide a gritos un retoque.
El óxido amenaza con terminar de cortar los bordes pero nadie más que ellos mismos parecen percatarse.
No hay allí más que una pequeña mesita con base de acero y tablero de vidrio, que conoció mejores épocas y dos sillas haciendo juego sin pintar.
Desde la calle se puede ver la terraza de Isabel con sus elegantes plantas colgantes ofreciendo sus enormes hojas verdes.
En ella abundan los helechos, las mala madre, amor de hombre y bacopas cubiertas con sus pequeñas y tiernas flores blancas.
En una época el amor de hombre se enfermó y no dio hojas, pero con los cuidados intensivos y las bondades de las manos de su dueña fue recuperando de a poco la energía y vitalidad y volvió a dar follaje casi por milagro.
Es que con amor, constancia y paciencia pocas son las cosas que uno no puede mejorar.
Isabel sabe con exactitud cuánta agua necesita cada una de ellas y cuándo están por enfermarse, sabe de sus antojos y sus pretensiones, de sus cortezas y de sus esencias y hasta cuál es su música predilecta para cada ocasión.
Durante las mañanas escuchan la radio con ella y por las tardes se deleitan con Wagner y Tchaikovski.
Son sus amigas y sus confesoras, las más etéreas extremidades de su alma.
Se entienden.
En la esquina del balcón hay un viejo gomero de tres metros de largo que ya ha sido curvado por su propio peso.
Una vez cada dos semanas Isabel limpia una por una las hojas del gomero con trozos de algodón embebido en agua fresca y en cada limpieza se le va un paquete entero y varias horas de arduo trabajo.
Hasta arriba no llega.
Pero Isabel no está sola con las plantas y el gomero.
Además está Manuelita, su gata siamés que se quedo ciega de tanto mirar por el balcón.
Así que como Manuelita no puede ver, ella le cuenta todo lo que ocurre abajo con lujo de detalles.
Hace siete años que están juntas.
La fecha exacta de nacimiento de Manuelita no se sabe.
En realidad no tiene trascendencia puesto que, como toda buena hembra, es de suponer que luego de ver salir sus primeras canas hubiese decidido sacarse algunos años de encima y el número siete es un buen número para una gata.
Manuelita es coqueta y juguetona y en sus mejores épocas se paseaba sugestivamente por las barandas del balcón.
Cuando este aún era de color verde oscuro.
El ronroneo de su cuerpo es el mejor calmante cuando Isabel se siente tensa y le late fuerte el corazón.
Entonces no tiene más que recostarse y Manuelita entiende.
Se sube a su regazo y acaricia el mismo con las piernas brindandole un suave masaje mientras acompaña el movimiento con un delicado y profundo ronroneo.
A los pocos minutos ya Isabel se siente como nueva y le devuelve el favor con un largo cepillado en el pelaje.

Hoy es tercer domingo del mes de Octubre y ya se siente el calorcito en el aire.
La familia debe de estar por llegar en cualquier momento.
Los olores impregnan la casa desde ayer por la tarde, momento en que Isabel comenzó con los preparativos.
Por la mañana fue a la feria y compró todo lo necesario para preparar sopa de cebolla a la crema, ravioles de ricota con salsa blanca y latarta de manzana que es su especialidad.
Si bien la cocina la deja exhausta, no hay forma de convencerla de que ellos vienen a verla a ella y que no hace falta que los reciba siempre con un almuerzo de película.
Ella insiste que así la educaron, así creció y así también quiere morir y que mientras le den las fuerzas no quiere tampoco que nadie traiga nada a su mesa. “Para mí es un placer verlos comer la comida que yo preparo”, contesta orgullosa ante los reclamos y pedidos de abstención de sus hijos, “estoy segura que mis nietos disfrutan de lo que les preparo y ese es para mí el mejor regalo que Dios me puede dar”.
Es que en realidad no hay nadie en el mundo capaz de preparar los platos de la abuela mejor que ella, no solo por el sabor sino también por los colores y los olores que de ellos emanan.
Hoy como siempre se encargó de poner impecablemente el mantel blanco de seda, un centro de mesa cargado de flores frescas, la loza de porcelana de hace 50 años que nadie se explica cómo consigue conservar intacta, los pesados cubiertos de plata, las copas de cristal que recibió de regalo para su quinto aniversario de casada tras suplicarle a Pedro que las comprara en la tienda del gallego Hermenegildo que estiró la pata una noche de lujuria con una mujer que no era la suya, la jarra gruesa de vidrio con agua mineral y la infaltable botella con soda para ella.
En el fondo de la mesa colgado sobre la pared en posición horizontal se halla un enorme espejo que tiene el efecto no solamente de agrandar el ambiente sino que también tiene la capacidad de potenciar los ruidos del salón.
El marco del espejo es de madera rústica y está trabajado a mano meticulosamente con exquisitos relieves y cubierto con laca color bronce. Isabel siempre se sienta espaldas a él porque sabe que si lo tiene en frente no podrá controlarse de la intensión continua de observarse y eso la vuelve torpe y le molesta.
Prefiere ver como su nuera queda atrapada cual Narciso en su propia imagen y al mantenerse ocupada en su reflejo se olvida de hacer esa clase de comentarios que la vuelven loca, como el último vestido que se compró en su último viaje a América, como ella suele decir olvidándose por completo que el país donde reside queda en este mismo continente, sólo que en la dirección contraria a la que hubiese deseado.
Isabel es orgullosa y nunca deja que la ayuden con nada.
A la única que la deja asistir en las nimiedades de los preparativos es a Beatríz, su nieta mayor que acaba de cumplir los doce.
Guarda la esperanza de que aprenda a atender bien una casa y pueda hacer uso de esos conocimientos cuando le haga falta.
Porque según la abuela una mujer debe saber atender a su marido y ocuparse de que nunca falte nada aún cuando quiera hacer carrera, que la casa es el reino y la carrera un espejismo según ella.
Y Beatríz no contesta. No niega ni acepta, sonríe porque quiere a la abuela y a su lado se siente en buenas manos.
Sabe ella a pesar de su corta edad que para éstas cosas no hay una respuesta única y que todavía no hay necesidad de decidir.
Así que se limita a disfrutar y aprender y tratar de aprehender cada gesto, cada detalle.
Si le preguntan a Bea como quien quiere ser cuando sea grande responde sin dudar que como la abuela Isa pero no sabe decir bien porqué.
Lo que Beatríz no sabe es que lo que quisiera tener es su seguridad y esa mezcla exacta de rudeza y ternura que hacen imposible que te enojes con ella.
Beatríz es en cambio tímida y se siente débil.
Pero la abuela sabe que el tiempo hace milagros porque también en su juventud supo ser frágil y llorona.
“Es que al final una se queda sin lagrimas”, le explica cuando Bea le pregunta "abui, como llegaste a ser así tan fuerte?".
"Una llora tanto tanto tanto que se queda seca por un tiempo.
Hasta la próxima lluvia que te moja el pelo y esas gotas que te tocan se hacen lágrimas nuevas.
Y con el tiempo el corazón se cura un poquito y otro y otro y cuando ya no necesitas más de esas lagrimas se las pasas a alguien para que las use", le contesta Isabel.

Antes Beatríz se quedaba a dormir en lo de la abuela y se leían cuentos. Se quedaban despiertas hasta altas horas de la noche hasta que caían las dos profundamente dormidas en la misma cama.
Pero cuando Bea cumplió los diez,
Isabel tuvo serios problemas de espalda y ya no la dejaron venir más.
"Para no cargar a la abuela", le decían, pero ninguna de las dos se quedó muy a gusto con la excusa.
De todas formas encontraban siempre la manera de escabullirse a solas y mantener sus tan gustosas conversaciones de adultas, en las que la abuela le contaba sus secretos y Bea absorbía cada dato como un manjar del cielo.

En unos instantes llegarían todos y comerían en media hora lo que Isabel había preparado durante un día entero.
Luego servirá la torta de manzana y ofrecerá café para todos.
Para ella se preparará un té porque según dice el café le cae mal. Sin embargo cuando le ataca el dolor de cabeza es lo único que se lo quita, un poco de cafeína como remedio que nadie más parece conocer pero tampoco le discuten.
Eso si, el té con cuatro cucharaditas de azúcar para que le endulce la vida un poco más. Nunca hay nada demasiado dulce asegura.
Es por esa misma razón que las tartas y los postres de la abuela son los favoritos de los chicos puesto que siempre agrega el doble de endulzante a lo establecido en las recetas.
Y como siempre, lo mejor quedará para el final.
Para las cuatro de la tarde, cuando ya todos estén tirados en el sillón con la barriga llena y el corazón contento y los más pequeños estén corriendo por los cuartos con los juguetes nuevos que la abuela les compra cada reunión.
Es entonces que Isabel acudirá a su cita pero esta vez acompañada por su nieta.
Beatríz estrenará un vestido nuevo de color pastel como es su costumbre y se sentará en una silla a la sombra del gomero. Isabel arrimará su té a la mesa y Manuelita se ubicará entre sus piernas esperando que le cuente lo que pasa alrededor, ronroneando sin molestar a las visitas.
Y así estarán horas, en silencio o charlando de mujer a mujer.
O simplemente, mirando a la gente pasar.